Ixthus, El Llamado

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Naín era de esas personas que solían preferir el frío antes que el calor. Los veranos eran agradables, sí, pero tenía mejores recuerdos del invierno, jugando en la nieve y tratando con el frío, sin embargo, en esos momentos hubiera dado lo que fuera por un cálido verano.

Se envolvió en la manta y se acurrucó en una esquina recordando su sueño. Había sido muy reconfortante poder llorar con su hermano y decirle de esa manera cuanto le quería, pero ahora que despertaba, sentía un poco más ese vacío que había dejado al morir. Antes había llorado de alegría al verlo, ahora quería llorar de dolor.

Se mantuvo acurrucado en la manta un rato hasta que el intenso frío le obligó a levantarse y caminar alrededor de la celda para ver si así generaba un poco de calor, sin embargo, eso no era suficiente, su cuerpo necesitaba aún más calor. Se arriesgó a llamar al guardia para ver si conseguía una manta extra, pero el guardia se empeñaba en ignorarlo, Naín no podía verlo, pero al menos escuchaba que alguien se encontraba fuera y ese alguien no hacía el menor caso de sus suplicas.

Decidió que lo mejor sería practicar algunos ejercicios para calentarse. Comenzó con cosas sencillas como abdominales, lagartijas y sentadillas y luego de un rato descubrió un barrote de hierro que atravesaba su celda y lo usó para levantar su propio peso en repetidas veces, luego de unas horas terminó exhausto y se recostó en la cama. Estaba aburrido, la oscuridad le hacía perder la noción del tiempo así que por primera vez quiso saber qué hora era. Ahora entendía por qué los presos solían marcar las paredes con líneas que indicaban los días que pasaban en la celda, sonrió cuando la idea de hacer lo mismo llego hasta su mente; pero considerando que como máximo estaría llegando la primera noche de su encierro eso aún no era posible. Y ya que llegaba al tema de la noche se preguntaba a qué hora le llevarían la cena. Su estómago enserio gruñía de hambre, su último alimento había sido el desayuno, el cual había tomado muy temprano esa mañana. Afortunadamente no tuvo que esperar demasiado, un fuerte chirrido metálico lo sobresaltó, alguien había abierto la pequeña puerta de servicio y deslizado una bandeja con comida en ella.

—Oiga espere—Antes de considerar tocar su comida Naín quería hablar con el guardia—. Oiga, estoy seguro que ya pasaron más de seis horas desde mi arresto ¿Cuándo podré hablar con alguien?

Unos pasos alejándose resonaron por el pasillo.

—Al menos podría darme otra manta, hace mucho frío aquí ¿Hola?

Los pasos del guardia sonaban cada vez más lejos, no había hecho siquiera una pausa para escucharlo.

Naín suspiró, sabía que era inútil tratar de llamar la atención del guardia una vez que se decidía a ignorarlo. Se inclinó sobre el suelo y palpo el piso para tratar de encontrar la bandeja, una vez que la encontró se sentó en su cama.

—Que sorpresa—exclamó con sarcasmo—. Pan y agua para cenar, genial.

Comenzó a comer con desgana, aunque el hambre que traía fue suficiente para mejorar el sabor de su cena, sin embargo a las pocas horas empezó a tener hambre otra vez y vencido por ella, se quedó profundamente dormido.

 



Elizabeth Pineda

Editado: 20.02.2018

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