Ixthus, El Llamado

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A la mañana siguiente su hambre no se había ido, probablemente fue ella quien lo había despertado; pero el desayuno aún no llegaba. El rayo de luz que alcanzaba a colarse por la ventana indicaba que no pasaban de ser las siete am. Así que aún debía esperar mínimo dos horas más.

Se levantó buscando algo con que entretenerse, y lo único que encontró fue su rutina de ejercicio; sin embargo, la curiosidad por mirar por la ventana lo inquietó cuando usaba el barrote de hierro. Quería saber que había fuera, por lo que se balanceó una y otra vez sobre el tubo para lanzarse hacia la ventana, pues no podía llegar a ella desde el suelo.

Varias veces se dio de lleno contra la pared; pero no se rindió y siguió intentándolo hasta que finalmente lo logró, sus manos se aferraron al borde de la ventana y su pie encontró apoyo en una piedra que salía de la pared. Era bueno ver un poco de luz, aunque al principio le lastimó los ojos, pero una vez que se adaptaron a ella pudo ver el por qué había tan poca luz en su celda.

Una pared de ladrillos se alzaba justo frente a la ventana, y dejaba tan sólo un reducido pasillo entre una pared y otra, cuando mucho había espacio para que una persona pasara de lado. A los pocos minutos sus brazos comenzaron a arderle por el esfuerzo y regresó a su cama, feliz de haber visto la luz del día por lo menos unos minutos.

Ya en la tarde el guardia se apiadó de él y le llevó otra manta, aunque siguió ignorando sus suplicas para hablar con alguien; pero Naín no estaba del todo desanimado, al menos la manta extra le hizo los siguientes días más llevaderos.

La semana siguiente el ortán finalmente fue a verlo.

—Naín ¿estás despierto?

—Sí señor, lo estoy—respondió Naín aliviado de escuchar otra voz que no fuera la suya.

—Qué bien ¿Cómo estás?                     

— ¿Debo responder?—Naín sabía muy bien con quién estaba hablando, pero después de tanto tiempo aislado, los buenos modales eran lo último que deseaba practicar.

—Lamento tanto esta situación, de verdad.          

Naín suspiró, sabía que no era culpa del ortán todo lo que le estaba sucediendo y que no era justo hacerle pagar por su situación.

— ¿Qué noticias me trae señor? ¿Por qué no he hablado con nadie? ¡No ha venido siquiera un abogado a verme!

—La situación es un poco más complicada que en un inicio, las investigaciones han arrojado más datos sobre este asunto; al parecer hay más soldados involucrados en esto, por lo que el consejo desea mantenerlo lo más en secreto posible, por eso aunque no hay cargos formales en tu contra debes quedarte otro rato aquí. Se le ha dicho a todos que se te permitieron unas vacaciones para explicar tu ausencia.

— ¡A quién le importa lo que piensen los demás! Quieren que me quede aquí sin cargos. No pienso quedarme otro momento más aquí, no sin cargos.

—Se valiente Naín por favor, aguanta un momento más, todo se resolverá muy pronto.

— ¡No! Ustedes no tienen idea de lo que es estar encerrado aquí en el frío y la oscuridad sin hacer nada ¡Me volveré loco!

—Míralo como un favor que le haces al consejo.

— ¿Y qué hará el estúpido consejo por mí?

— ¿Está siendo un insubordinado soldado?

—No señor—respondió Naín con un suspiro.

—Qué bien, porque ya no es más un favor, ahora te ordeno que te quedes aquí por el bien de todos.

Un intenso calor comenzó a subir por las mejillas de Naín. Aquello era el colmo, quedarse en esa mazmorra para salvar el trasero de personas que ni conocía.

—Rodaría tu cabeza también Naín—dijo el ortán con voz más suave.

—Siempre he sido muy celoso de la ley señor ¿Por qué a mí?—dijo Naín serenándose.

—Esta es la primera vez que tenemos una situación como esta, y sabes, agradezco que nos haya pasado contigo; porque eres el único con el temple para soportar esto con valentía, eres fuerte y lo sé de sobra. Nuestro sistema tiene fallas, esta es una de ellas, pero tú nos ayudarás a corregirla si soportas hasta el final ¿Lo harás Naín? ¿Me ayudarás?



Elizabeth Pineda

Editado: 20.02.2018

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