Ixthus, El Llamado

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— ¡Ixthus! Claro, debía haberlo sabido.

—Espera, calma, recuerda que me prometiste estar tranquilo—Le recordó Vasti—, déjanos explicarte todo.

—No hay nada que explicar, ni piensen que podrán retenerme aquí. Tengo la autoridad suficiente para llevármelos a todos a la cárcel así que déjenme salir o aténgase a las consecuencias.

— ¿Enserio crees que podrás?—intervino Alef, que hasta entonces había pasado desapercibido recargado junto a la puerta—Me parece que no has escuchado las últimas noticias gallito.

Se acercó con paso firme hacia Naín y le tiró un afiche con su rostro en él.

—Ahora eres uno de los más buscados—continuó—, luego de que escaparas muy astutamente de la cárcel hace tres días, las autoridades te acusaron de asesinar a Andrés para tratar de encubrir tus conexiones con nosotros los ixthus; como si nosotros tuviéramos amistad con semejantes personas.

Naín se quedó completamente mudo ante aquella noticia, ni siquiera prestó atención al último comentario de Alef.

Todo estaba mal, el jamás había escapado, jamás había estado involucrado con los ixthus y por su puesto tampoco había asesinado a Andrés, además ¿Cómo es que decía que había escapado hacía tres días? Tan solo habían pasado cuando mucho un par de horas desde que había abandonado la celda.

Una repentina rabia comenzó a surgir desde su interior, en la mente de Naín, los ixthus eran de nuevo los culpables de su desgracia.

— ¡Ustedes son los únicos culpables de todo esto! Déjenme salir ahora mismo, arreglaré todo este mal entendido y entonces volveré por ustedes.

—Si ya he escuchado eso antes, la verdad es…

— ¡Suficiente Alef!—Lo interrumpió Lael—Mira Naín, no podrás arreglar nada, la mejor opción para ti ahora es que te quedes y nos escuches.

— ¿Qué clase de opción es esa? ¿Cómo te atreves si quiera a sugerir que me quede con ustedes? Jamás aceptaría la ayuda de unos criminales.

—Mira, tan solo te digo que eso es lo único inteligente que puedes hacer, pero si no quieres, la salida está al alcance de tu mano.

—Por supuesto que no quiero, dime donde está la salida.

—Ya te lo dije, está en tu mano.

Naín bajó la mirada hacia su mano y se percató de que el sello aún seguía allí.

—Tan solo apriétalo muy fuerte y te llevará a donde tengas que estar – le indicó Lael.

Naín pasó el sello de una mano a otra. Si el sello ya lo había transportado hasta allí, seguro tenía el poder de llevarlo de vuelta, fuera como fuera que lo hubiera hecho; sin embargo no estaba muy seguro de hacerlo, una extraña y agradable sensación de quedarse ahí otro rato más se plantaba en su mente, aunque rápidamente se deshizo de esa sensación.

— ¿Cómo es que han pasado ya tres días?

—El tiempo no existe para el sello, debió tener una muy buena razón para alterarlo contigo.

—Hablas de él como si fuera una persona.

—Lo es, pero no con un cuerpo físico.

Naín frunció el ceño ante la declaración de Lael, pero no quiso seguir indagando, al menos no con ellos, sabía que eran excepcionales mintiendo, capaces de engañar a cualquiera, incluido Naín.

Cuando por fin se había decidido a apretar el sello, Vasti lo detuvo, sujetándolo de una mano.

—Naín, debes conocer la verdad porque solo la verdad te hará libre.

Un escalofrío recorrió la espalda de Naín, eso fue exactamente lo mismo que Andrés le había dicho antes de morir pero sobre todo, recordaba que eso mismo se lo había dicho su hermano en sueños no hacía mucho. Naín no respondió, apretó con fuerza el puño y entonces todo se desvaneció.

 



Elizabeth Pineda

Editado: 20.02.2018

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