Ixthus, El Llamado

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Había sido una semana muy intensa para Amitai. El trabajo se había triplicado para él desde que su amigo desapareció sin dar ninguna explicación. Estaba acostumbrado a la personalidad misteriosa de Naín, pero desaparecer así como así, era demasiado, incluso para él. Además, estaba el hecho de que ahora lo consideraban un peligroso criminal, recién escapado de la cárcel y supuestamente muy unido a los ixthus.

A Amitai todo aquello le sonaba muy extraño. Conocía a Naín y sabía que si había algo que él detestaba en el alma, eran los ixthus; por eso estaba convencido de la inocencia de su amigo, aunque no tenía muy claro qué podría hacer él para ayudarlo.

Sacudió su cabeza, pensaría en la situación de su amigo luego que hubiese comido algo en su cómodo departamento; su estómago gruñía desesperado porque le cayera un poco de combustible, y él lo complacería, al fin y al cabo, al estómago no se le niega nada, nunca.

Metió la llave en la cerradura de su puerta y la giró pensando en que delicias podría prepararse para comer. Entró en el apartamento y cerró la puerta de una patada, tiró su maleta cerca de la entrada y caminó arrastrando los pies hasta la cocina.

—Oh genial—murmuró—, estúpidos platos ¿Por qué no inventan algo para que se laven solos?

Intentó lavar algunos cubiertos, pero la enorme pila de platos sucios le impedía usar el fregadero; así que malhumorado y hambriento, tomó una sartén y algunos cubiertos para lavarlos en el lavabo del baño.

Se enfadó al escuchar agua corriendo en el baño, seguramente la llave se habría roto de nuevo; iba a empujar la puerta del baño cuando vio una silueta inclinada sobre el lavabo, al parecer el intruso… ¿Se lavaba las manos? “Pero ¿Qué clase de ladrón haría eso?” pensó.

Nunca antes alguien había osado en irrumpir en su modesto apartamento, pero Amitai estaba bien entrenado para enfrentarse a situaciones así. Escondió el cuchillo de mantequilla en su bolsillo trasero y tomo la sartén con ambas manos, no quería ir hasta su habitación por el arma que tenía guardada bajo su cama, si lo hacía, perdería el factor sorpresa contra el intruso. Se armó de valor y rompió la puerta de una patada, el extraño se volvió inmediatamente, estaba desconcertado aunque no asustado, ni mucho menos.

Cuando vio en los ojos de Amitai que estaba dispuesto a atacarlo intentó decir algo, pero Amitai no le dio oportunidad, lo atacó salvajemente con la sartén. La levantó lo más que pudo y la descargó con todas sus fuerzas sobre la cabeza del ladrón, sin embargo, éste levantó una mano y alcanzó a cubrir su cabeza del golpe, aunque su mano sufrió las consecuencias.

— ¡No, Amitai espera!—gimió el extraño—soy yo, Naín.

Fue en ese momento que Amitai reconoció a su amigo y cesó con el ataque.

— ¿Naín? ¡Santo cielo! ¿Pero dónde rayos te habías metido? ¿Y porque apareces así de la nada?

—En realidad, estoy metido en un gran lío—comentó Naín sobándose la mano—. Hay mucho que contar y de hecho, necesito de tu ayuda.

—No lo dudo, se han dicho muchas cosas acerca de ti y bueno, ahora todos te buscan. Eres un criminal ahora.

—Si lo sé.

Naín se quedó callado unos segundos, en los que pudo notar la sartén en la mano de Amitai.

— ¿De qué rayos está hecha esa cosa?—preguntó todavía sobándose su mano—casi me rompes el brazo.

Amitai bajó la vista hacia su improvisada arma.

— ¿Te gusta? La compré en el mercadito, funciona muy bien ¿A que sí?

—No puedo creer que me atacaste con una sartén.

— ¿Qué tiene de malo? En las manos de un hábil guerrero como yo podría convertirse en un arma mortal.

—Pero sólo si cocinas mano.

— ¡Oh sí! Y hablando de cocinar ¿No te apetecen unos ricos y deliciosos hot cackes?

—Bueno la verdad es que sí, pero solo  si yo cocino. Tú lava los platos.

— ¿Cómo? No, no tú lava los platos, yo cocino.

—Estás loco, incendiarás la cocina o algo peor. Anda que no soy tu sirvienta.

—Odio lavar platos.

Luego de mucha ardua labor, ambos se sentaron a la mesa para disfrutar de un buen desayuno, pues Naín no cocinaba tan mal.



Elizabeth Pineda

Editado: 20.02.2018

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