Ixthus, El Llamado

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Ya en la noche, aunque estaba cansado, no podía conciliar el sueño. Los mismos asuntos revoloteaban en su cabeza, tantas cosas sospechosas y discordantes lo hacían sacar variadas conclusiones sobre su situación y todas eran igual de improbables. ¿Cómo era posible que a pesar de tanto respeto que le tenían lo acusaran así de fácil? ¿Por qué no le habían dado la oportunidad de defenderse ante un jurado o siquiera hablar con un abogado? Y como si con eso no fuera suficiente ahora lo acusaban de ser un ixthus. De algo estaba seguro, había mucha información que le estaba vedada por sus allegados, incluido su amigo Amitai. ¿Cómo había sabido cómo funcionaba el sello? Naín nunca lo había mencionado durante la conversación.

Sacudió su cabeza, comenzaba a sonar como un paranoico; Amitai sería incapaz de traicionarlo o algo parecido, si le estaba ocultando información seguramente sería por alguna buena razón, al menos eso quiso pensar.

Metió la mano en la bolsa de su pantalón pijama que Amitai le había prestado y no se sorprendió de encontrar el sello ahí, aunque lo había dejado en el otro pantalón. Lo miró con detenimiento, había algo muy hermoso en su diseño; esa tenue luz azul que de él se despedía era hipnotizadora y entonces pensó en intentarlo una vez más, apretarlo para ver si realmente funcionaba.

Tomó el sello en su puño, cerró los ojos y lo apretó con todas sus fuerzas. Al principio creyó que no había funcionado porque no ocurrió nada extraordinario; no sintió que daba vueltas o que el mundo era absorbido en una especie de hoyo negro, sin embargo cuando abrió los ojos se dio cuenta de que ya no estaba en el apartamento de Amitai, sino que estaba en el estacionamiento del cuartel; sentado en el pavimento y rodeado de grets.

Se levantó despacio temiendo que alguien pudiera verlo; pero el estacionamiento estaba completamente vacío, sin embargo al cabo de unos segundos escuchó unos pasos y un alegre silbido. Se escondió inmediatamente detrás de un gret y esperó a que pasara de largo el caminante; pero no fue así, el caminante se detuvo en el mismo gret donde Naín estaba, y se asomó para tratar de identificar al desconocido, grande fue su sorpresa cuando vio que se trataba del ortán, así que despacio se acercó a él y le habló.

—Amm ¿señor?

— ¿Sí?—dijo el ortan sin darse la vuelta. Seguía buscando algo dentro del gret.

—Señor, soy yo Naín.                                                                            

El ortán se detuvo abruptamente y se dio la media vuelta. Una mescolanza de emociones cruzaron por su cara, alegría, susto, tristeza. Naín no pudo identificarlas a todas.

— ¿Naín? ¿Eres tú?—preguntó sorprendido— ¡Santo cielo!

Se abalanzó sobre Naín y le dio y fuerte abrazo.

—Pero ¿Cómo…? ¿Dónde…? Será mejor que hablemos en otro lado. Alguien podría verte. Sube al auto, te sacaré de aquí, ocúltate en la parte de atrás.

Naín obedeció y se ocultó en la parte trasera del gret. Escuchó como el ortán echaba a andar el vehículo y conducía hacia la salida.

—Buenas noches ortán—saludó el guardia de la puerta— ¿Hacia dónde se dirige?

—Buenas noches Asael, voy aquí cerca comprar unas cuantas cosas, tengo muchos pendientes para esta noche, quisiera comprar algo que me mantenga despierto.

—Bien, entonces sólo necesita firmarme el pase de salida y permitirme la revisión del vehículo.

— ¿Es necesario? No iré muy lejos y regresaré pronto.

—Lo lamento señor pero es el protocolo.

—Está bien supongo que solo haces tu trabajo.

El ortán bajó del gret mientras el soldado de guardia lo revisaba comenzando desde el frente hasta atrás.

Tanto Naín como el ortán se sentían cada vez más nerviosos conforme el guardia avanzaba en su revisión. Estarían en graves problemas si los descubrían y Naín temía que los potentes latidos de su corazón lo delataran.

Mientras tanto, el ortán frotaba sus manos y pensaba desesperadamente en una solución que los salvara y cuando el guardia estaba a punto de llegar a donde Naín estaba simplemente dijo:



Elizabeth Pineda

Editado: 20.02.2018

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