Ixthus, El Llamado

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El área de tiro estaba vacía, aún faltaban algunos minutos antes de que llegaran el resto de sus compañeros, así que comenzó solo.

Tomó un arma del panel y se tiró al suelo. A lo lejos podía distinguir el centro de la diana. Cerró un ojo, inhaló profundo y al exhalar apretó el gatillo. Sonrió cuando vio que había dado en el centro. Siguió practicando solo hasta que poco a poco sus compañeros fueron llegando.

El entrenamiento transcurrió sin contratiempos ni cosas fuera de lo común y de hecho cumplió con el propósito de distraer su mente un rato.

Ya en la noche, mientras estaba acostado; Naín reflexionaba sobre todo lo que había escuchado últimamente. Todo se resumía a en quién confiaba más, si en unos criminales o en uno de sus hombres. La respuesta era sencilla. Aczib tenía poco tiempo trabajando con él, pero en ese tiempo había demostrado ser un confiable soldado, un poco tonto, pero fiel. Además, estaba seguro de que esa tarde en la montaña, había dos ixthus y no uno como había supuesto, tan sólo deseaba saber de quién se trataba.

Mientras pensaba en eso tomó el cuchillo que había encontrado en el apartamento de Amitai. Al parecer lo había comprado en una tienda de cacería muy conocida de la región, pues tenía el sello de la tienda grabado en la hoja, además de las iniciales “L.A.B” que seguramente fueron grabadas después de que el homicida lo comprara y que sin duda alguna eran las iniciales de su nombre, pero por ese día ya había tenido suficiente, lo que necesitaba en ese momento era descansar y ya mañana preguntaría por la procedencia del cuchillo.

Dejó el cuchillo en la mesita que tenía a un lado de su cama, apagó la luz y se dejó llevar por un profundo sueño reparador.

A la mañana siguiente, aprovechando los primeros rayos del sol, se levantó antes de que sonara la alarma, desayunó rápido en su apartamento y estuvo veinte minutos antes en la arena de combate donde entrenaría a los kutanes.

Estaba muy ansioso por tener un tiempo libre y salir a buscar información sobre el cuchillo. Tenía un presentimiento que le decía que ese sería el día en que encontraría al asesino y pensaba en todo lo que haría con él. Debía ser muy astuto para que nadie se enterara de lo que había hecho. Ese pensamiento le dio un escalofrío ¿de verdad pensaba matarlo actuando fuera de la ley? ¿Estaría dispuesto a enfrentar de nuevo la cárcel? Ahora sentía que dos grandes sentimientos batallaban en su interior, uno le pedía justicia a gritos, pues el sistema de leyes no se lo había dado; pero otro le decía que debía ser prudente aunque eso significara perdonar y dejar ir ese asunto de Ben. Pronto se deshizo de este último pensamiento. Procuraría al máximo no ir a prisión de nuevo, pero si debía hacerlo, lo haría orgulloso sabiendo que fue por su familia, que fue por una buena y justificada razón.

—Naín ¿estás bien?—Le preguntó Amitai al verlo completamente distraído.

Naín sacudió su cabeza y salió de sus cavilaciones.

—Sí, perdona.

Giró su cabeza mirando alrededor y notando que no había nadie más en la arena sino él y Amitai. Había estado tan absorto en sus pensamientos que nunca notó el inicio y el fin del entrenamiento, de hecho había actuado muy mecánicamente.

— ¿Y los demás?—preguntó.              

—La trompeta sonó hace diez minutos, los kutanes te preguntaron que si nos podíamos ir y dijiste que sí.

— ¿Enserio?

Amitai estaba ahora muy preocupado por su amigo y por todas sus extrañas actitudes recientes.

—Sí, ¿seguro que estás bien? Hoy estuviste inusualmente blando y distraído con el entrenamiento, creo que todos lo notaron.

—Sí, no te preocupes, es solo que me estoy adaptando de nuevo.

Amitai no quedó conforme con la explicación que le dio, pero sabía que no sería de utilidad seguir preguntando.

—Bueno, ya debo irme, te veo al rato.

—Sí adiós.

Amitai se alejó y Naín cayó en la cuenta de que ese era el momento de salir a preguntar.

Sabía exactamente hacia donde ir así que no perdió tiempo y pronto llego a la tienda de cacería.

La luz de la tienda era demasiado tenue; pero aun así Naín pudo apreciar la gran cantidad de cabezas disecadas que estaban por todas las paredes. Había alces, caribúes, venados e incluso osos. Todos tenían una extraña mirada vacía en sus ojos y eso le provocó un escalofrió.



Elizabeth Pineda

Editado: 20.02.2018

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