Ixthus, El Llamado

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Él estaba en su apartamento. Todo estaba perfecto, limpio y ordenado; sonrió al pensar que así era su vida, perfecta, limpia y ordenada. Se acercó al escritorio y tomó su foto favorita; era una donde aparecía abrazando a su hermano y riendo como dos niños pequeños, sin embargo esta vez había más personas en la foto; ahí estaba Sara sosteniendo a una encantadora niña recién nacida en sus brazos, su sobrina sin duda; después, mientras seguía mirando, apareció Vasti a su lado en la misma foto. Lo sujetaba del brazo y sonreía como si fuera la persona más feliz del mundo por estar a su lado, él también sonreía y la miraba como si no existiera otra mujer en el universo; pero un potente viento azotó la casa y provocó que las paredes se tambalearan. La foto que sostenía en sus manos se hizo pedazos, todos los muebles explotaron en miles de astillas y la casa quedó devastada. Naín miraba con horror como un tornado iba destruyendo su casa y todo lo que había en ella hasta no dejar nada.

— ¿Quién lo hizo?—preguntó con lágrimas en los ojos— ¿¡díganme quien lo hizo!?—exigió.

—Fuiste tú—dijo una voz a sus espaldas.

Se dio la media vuelta y se asustó cuando se vio a sí mismo; pero esta vez sus ojos eran como los de Aczib la última vez que lo había visto, con ese extraño brillo rojo en ellos. Se estremeció al verse así y entonces despertó.

La sensación de tranquilidad de que todo había sido un sueño poco a poco lo confortó. Frotó sus ojos y miró a su alrededor; el sol entraba tibio por su ventana; intentó levantarse pero su brazo le dolió cuando intentó moverlo. Se dio cuenta de que estaba vendado y que se lo habían sujetado con un cabestrillo.

Su camisa estaba en una silla a un lado de él pero estaba rota y manchada de sangre. Tardó un poco pero luego recordó cómo había sido que había llegado hasta ahí; un balazo que el ortán, el hombre que se decía ser su padre adoptivo, le había dado, era la razón de estar en el hospital; pero sobre todo, era la razón de estar con los ixthus.

Un gran silencio reinaba en la sala donde estaba y se levantó para buscar a alguien, no se molestó en tomar su camisa y así caminó por el pasillo. Cuando salió a la recepción una joven mujer estaba sentada tras el escritorio apuntando quien sabe qué en unos papeles. La mujer levantó la vista y vio a Naín caminar hacia la puerta de salida.

—Espere no puede irse—le dijo.

—Debo buscar a Lael, ya estoy bien, muchas gracias—le dijo Naín.

—No puedo dejar que se vaya—La señorita se había levantado de su silla y corría ahora tras Naín.

—No puedo quedarme más.

—Entienda que…

—Está bien, déjalo—interrumpió Lael que entraba en ese instante por la puerta.

La mujer miró a Lael y luego a Naín. Puso los ojos en blanco y no protestó más y los dejó solos.

—Ya me has encontrado Naín, porque no mejor vamos a tu habitación y me dices lo que tengas que decirme—propuso Lael.

—No—Se apresuró a decir Naín, no porque le pareciera mala idea, de hecho se sentía un poco débil; pero no quería regresar a ese cuarto donde acababa de dejar esa pesadilla. Quería hacer algo más para poder sacársela de la mente—. Ya me siento mejor ¿Por qué no damos un paseo?

—Bien, pero debes cubrirte con algo primero.

Lael lo llevó hasta un armario y sacó una camiseta blanca que le entregó a Naín. Tuvo algunos problemas para ponérsela, pero se las arreglo como pudo y luego salieron a dar ese paseo por Hekal.

Lael caminaba pegado al lado de Naín, a paso muy lento, sabía que no se sentía bien y estaba preparado para cualquier cosa.

— ¿Qué era lo que querías decirme?—preguntó Lael.

—En realidad, son preguntas las que quiero hacerte.

—Bueno, soy todo oído.

No sabía con cuál de todas sus preguntas comenzar, tenía muchas en su interior y quería sacarlas todas; pero ahora que tenía pensado quedarse con ellos, habría tiempo para sacarlas todas a futuro, por eso quiso empezar con una que consideraba simple.

—Ustedes siempre me han dicho que la verdad me hará libre y ahora quiero ser libre ¿cuál es esa verdad?

Lael se quedó pensando en su respuesta, pues en realidad era más difícil de lo que Naín suponía.



Elizabeth Pineda

Editado: 20.02.2018

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