Ixthus, El Llamado

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Lael guiaba a Naín a través de muchos senderos y edificios hasta que llegaron a uno en el que todos parecían tener cosas que hacer.

Entraron y se detuvieron en uno de sus pasillos donde había una vitrina con muchas fotos de soldados y enfermeras ixthus. Algunos estaban sonriendo a la cámara, otros habían sido captados en diversas actividades. Naín no entendía porque Lael lo había llevado hasta ahí y tampoco se lo explicaba. Dejó que observara todas las fotos, pero era inútil, no reconocía a nadie.

— ¿Quiénes son?—preguntó Naín.

Lael señaló una foto que estaba colocada en el centro de la vitrina, había trece hombres en ella, con uniformes militares que Naín nunca había visto.

—Ese hombre del centro es Emanuel—indicó Lael—, y los que lo rodean son el grupo de los doce. Todos ellos fueron hombres elegidos por Emanuel y entrenados por él en el conocimiento de la verdad y muchas tácticas militares también. Algunos eran simples granjeros, otros eran empresarios y había quienes también eran militares. Emanuel nunca rechazó ni discriminó a nadie, a todos los entrenó por igual.

— ¿Por qué me dices todo esto?

—Porque… ese de ahí—dijo señalando un hombre de la foto—es tu padre.

A Naín se le formó un nudo en la garganta al escuchar aquello, siempre había deseado conocer a su padre, aunque fuera en fotos y ahora ahí estaba; mirándolo y sintiendo como si él también lo mirase. Saltó en su mente también que Darcón le acababa de mencionar algo así, sobre el grupo de los doce y supo que realmente era él. Además, tenía casi los mismos rasgos que aquel hombre y estaba emocionado por ello.

Continuó observando las fotos. Simón aparecía en muchas más, todas ellas contaban la historia de Hekal y al parecer Simón era uno de los protagonistas en ella.

Detuvo su mirada en una foto donde se veía a su padre acompañado de una bellísima mujer.

—Ella es…

—Lidia—completó Lael—, tu madre.

—Creí que, que todas sus fotos habían sido destruidas.

—Oh no, claro que no. Aquí en Hekal recordamos a tus padres con mucho cariño. Toda su historia está guardada aquí, en este lugar.

— ¿Esos de ahí somos, nosotros?—preguntó cuándo vio una foto donde Simón y Lidia sostenían a dos bebés en sus brazos y sonreían a la cámara.

—Sí, así es.

Esa última foto desató algunas lágrimas en los ojos de Naín. Era hermoso para él encontrarse con su verdadera historia y saber que, en algún punto de su vida, perteneció a una familia feliz.

—Naín—continuó Lael—, este es tu verdadero hogar, aquí es a donde perteneces, a donde pertenecieron tus padres también. En verdad te necesitamos, y nos gustaría mucho tenerte entre nosotros. Si quieres, piénsalo y si decides quedarte, entonces te espero en el comedor, el desayuno se sirve a las nueve; me dará mucho gusto que te sientes conmigo.

Lael se dio la media vuelta y se fue; Naín se quedó frente a la vitrina, observando todas las fotos; escudriñándolas, descubriendo su historia.

Luego de un rato siguió caminando para seguir conociendo el lugar y también para aclarar su mente.

Durante mucho tiempo; había deseado tener a sus padres cerca de él, y creía que el dedicarse en cuerpo y alma a los cazadores lo acercaba más a ellos, pues pensaba que realmente habían muerto por eso mismo; pero ahora entendía por qué nunca se sintió completamente satisfecho con su trabajo, lo había estado haciendo mal; trabajando del lado equivocado. Pero estaba dispuesto a corregir; Lael le había dicho que si quería, pensara su respuesta, pero no había nada que pensar. Ya sabía que se quedaría y andaría por el camino correcto.

Mientras caminaba, imaginaba a sus padres caminando por los mismos pasillos que él y sonriendo como una familia feliz.

Cuando se presentó en el comedor, el reloj ya marcaba las nueve y diez y todos estaban ya sentados disfrutando de su comida; charlando y bromeando entre ellos. Casi nadie notó la presencia de Naín en el comedor y Lael le hizo señas con la mano para que fuera a sentarse con él en cuanto lo vio. Caminó hacia él y se sentó, Lael le extendió una charola de comida y Naín sonrió.

—Sabía que te quedarías—Le susurró.



Elizabeth Pineda

Editado: 20.02.2018

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