Ixthus, El Llamado

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Naín devoró su desayuno, estaba hambriento y un poco débil por lo que había sucedido el día anterior. Después del desayuno Lael lo llevó a conocer su dormitorio y le asignó una litera vacía.

—Sé que no se parece nada al departamento que tenías antes pero creo que estarás cómodo aquí.

—Está bien, dormí en muchas literas antes.

—Bien, entonces alguien vendrá por ti mañana temprano y comenzarás tu entrenamiento. Mientras tanto ponte cómodo.

Naín se sorprendió que le dijera aquello, pues con su brazo aún adolorido no podría hacer gran cosa; pero no se quejó, mientras más pronto iniciara mucho mejor, estaba ansioso por empezar y le pondría todas las ganas de mundo.

Lael se fue y Naín inspeccionó su nueva cama. Al pie de ella había un baúl vacío en donde podría colocar todas sus cosas, si las tuviera. La almohada y las mantas eran cálidas y muy cómodas; la cama era un poco dura pero no era nada a lo que no se pudiera acostumbrar.

Escuchó unos pasos entrando en el cuarto y se giró para ver quién era. Un joven como de unos veinte años entró con la frente sudorosa y jadeaba, parecía que venía de correr un largo maratón; no se percató de la presencia de Naín y fue hasta su litera donde tomó una botella de agua y bebió un largo trago, cuando hubo acabado volteo y fue entonces que vio a Naín, parado junto a la litera. El joven se quedó pasmado en su lugar, al parecer reconocía a Naín y sabía de su arduo trabajo contra los ixthus, cuando recuperó la compostura salió corriendo del dormitorio. Naín no entendió su actitud pero tampoco hizo nada por averiguarlo y se acostó en su cama.

Minutos después se comenzó a escuchar un alboroto fuera de su ventana; se asomó y vio que un numeroso grupo de ixthus discutían acaloradamente con Lael y Naín sospechó que era por él, así que salió a comprobarlo.

— ¿Cómo pudiste traerlo?—exigió uno a Lael. Naín creyó reconocer su rostro.

—En primer lugar, no fui yo quién lo trajo ¿O ya se han olvidado que si no es por el sello entonces nadie puede entrar en este lugar?

—Y tú ¿te has olvidado de que es este precisamente de quién hemos huido durante tanto tiempo para evitar que nos azoten, torturen y cosas peores?

—Todos tenemos un oscuro pasado, cosas por las cuales lamentarnos y que hicimos en ignorancia ¿desde cuándo juzgamos a otros y nos olvidamos de nuestra principal tarea?

Todos guardaron silencio y miraron a Naín, él no sabía exactamente que les acababa de decir Lael pero parecía funcionar pues sus rostros comenzaron a ablandarse, menos el que estaba hasta adelante y que Naín finalmente reconoció como Alef, el que había visto la primera vez que había llegado a Hekal.

—Olvidémonos de esto, que vuelva cada uno a su lugar—ordenó Lael.

—No podemos permitirnos más bajas Lael y si tu nuevo amigo es causa de algunas, entonces tú serás el culpable—amenazó Alef.

A Lael no le gustó nada lo que Alef le acababa de decir, en especial porque él no era nadie como para andarle dando órdenes; pero en nombre de la paz se calló sus pensamientos y luego todos se dispersaron un poco más calmados pero con mucho recelo.

— ¿Qué fue todo eso?—preguntó Naín.

—No eres el primero que viene y tiene un pasado con abierta declaración en contra de nosotros. Muchos te tienen miedo y piensan que nos traicionarás tarde o temprano.

—Lo entiendo. Supongo que me lo merezco.

—Solo dales tiempo, te aceptarán cuando vean que eres diferente ahora. Ven, vamos.

Lael lo dirigió de nuevo al dormitorio y lo dejo solo. Naín se acostó y se quedó pensando en todas esas personas que había capturado y luego habían muerto o sufrido torturas en la cárcel, él siempre había pensado que hacía un bien pero ahora se daba cuenta del mal que había hecho y entendía más lo que Lael le había explicado sobre el conocimiento del mal. Estaba sembrado en el ser de todas las personas y en ocasiones hacían uso de él sin darse cuenta, como él.

Ya en la noche Naín fue el primero en irse a dormir a su litera y al poco rato aparecieron sus compañeros. Todos entraban cautelosamente, sin hacer ningún movimiento súbito. A Naín incluso le pareció que algunos durmieron con algún tipo de arma bajo la almohada y supo que era a causa de él.

 



Elizabeth Pineda

Editado: 20.02.2018

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