Ixthus, El Llamado

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Al amanecer, alguien llegó a despertarlo tal y como Lael le había dicho. Un desconocido lo tocó suavemente en un costado, Naín se frotó los ojos y una anciana y arrugada cara estaba delante de él y le sonreía.

—Buenos días joven—Lo saludó—. No es muy temprano ¿verdad? No claro que no, yo me desperté más temprano y no sentí que fuera muy temprano, si, si este tiempo está bien. Mi nombre es Tadeo y hoy entrenarás conmigo. Es genial ¿no? Jamás me habían asignado a alguien para que lo entrenara. Vamos, vamos levántate y sígueme.

Amodorrado Naín se levantó y siguió al anciano que se movía con increíble rapidez, y su primera impresión de él fue que estaba chiflado.

—Dime Tadeo—Le dijo Naín cuando por fin pudo alcanzarlo—, ¿a qué te dedicas en Hekal? ¿Cuál es tu ocupación?

—Oh, bueno, hago un poco de esto y un poco de aquello, sí, pero todos me dicen que yo soy el guardabosques de Hekal, a pero eso sí, soy el mejor, si, si, lo soy, por eso Lael te me asignó.

— ¿Lael me asignó para entrenar con un guardabosque?—preguntó Naín incrédulo.

El anciano se detuvo de golpe y miró a Naín, le pareció notar algunas lágrimas queriendo salir de sus ojos.

— ¿Crees que no haré bien mi trabajo?                 

— ¿Qué? No, no como crees—dijo Naín al darse cuenta de que había herido a Tadeo con su comentario—; tan solo me sorprendió es todo.

El anciano volvió a dibujar una sonrisa en sus labios y siguió caminado con Naín pisándole los talones.

—Y ¿qué haremos hoy Tadeo?—preguntó Naín para cambiar el tema.

—Algo muy importante, le pondremos abono a las plantas de tomate.

— ¿¡Cómo!?

—Sí, sí, sí abono para las plantitas, que crezcan grandes y fuertes y den ricos tomates. Que no sean verdes y duros sin jugo, no, no porque esos no me gustan ¡puaj!

—Tiene que ser una broma—dijo Naín frotándose la cara.

—No, es verdad, verdes, duros y sin jugo no me gustan.

Naín se dio cuenta de que Tadeo no entendería su conflicto y prefirió seguir caminando. Quiso pensar que eso sería temporal mientras se curaba su brazo y podría entrenar en serio.

Tadeo le proporcionó una bolsa de costal que posteriormente llenó con pestilente abono, la cargó en su hombro bueno, y con su mano iba esparciéndolo en todas las matas que había en el invernadero. De vez en cuando el anciano Tadeo lo miraba con una sonrisa en su rostro para animarlo. Naín también notó que Tadeo solía hablar con las plantas; debía reconocer que en serio se esforzaba en lo que hacía, pues las plantas que llenaban el invernadero eran verdaderamente hermosas y sanas.

Después de haber pasado toda la mañana esparciendo abono, Naín estaba agotado y apestoso; le dolían los pies y la espalda y restregaba sus manos bajo el agua para hacer desaparecer el olor a abono. En eso estaba cuando se topó con Lael.

— ¿Qué tal tu primer día?—Le preguntó sonriente.

—Oh excelente, muchas gracias por enviarme al invernadero—respondió Naín con sarcasmo.

—Sí, sé que a veces el viejo Tadeo puede ser exigente.

Naín lo miró como diciendo “me acabo de dar cuenta”, Lael sonrió cuando comprendió la expresión de Naín y cambió el tema de conversación.

—Creo que necesitarás esto—dijo tendiéndole un cambio de ropa completo.

—Gracias.

—De nada, aunque creo que no deberías ducharte aun. Ahí viene Tadeo y me parece que tiene más trabajo para ti

Naín levantó la vista y efectivamente miró al anciano Tadeo moverse con rapidez hacia él, volteó a ver a Lael para pedir misericordia pero éste ya se había ido.

—Piedad—susurró Naín para sí.

—Ah muchacho, aquí estás—dijo Tadeo cuando estuvo a su lado—; sígueme tenemos otras cosas que hacer todavía.

Arrastrando los pies Naín siguió al anciano con una mueca de disgusto.

El anciano lo condujo hasta un cuartucho feo de láminas donde guardaban escobas, rastrillos, talachos, azadones, cubetas y otras herramientas de trabajo; el anciano sacó dos palos con clavos en uno de los extremos y dos cubetas, le dio un par a Naín y el otro se lo quedó él.



Elizabeth Pineda

Editado: 20.02.2018

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