Ixthus, El Llamado

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Poco a poco su entrenamiento furtivo comenzó a dar resultados. La espada ya no se le hacía tan pesada y comenzaba a acostumbrarse a la armadura, ahora se movía con mayor facilidad y de vez en cuando le ganaba un asalto a Gera.

—Usa más tus rodillas—Le indicaba Eliel—, es lo que te hace falta, usar tus rodillas.

Naín trataba de seguir todos los consejos de Eliel y Gera, pero había algunos que le eran confusos, como ese de usar las rodillas, no sabía cómo y tampoco les entendía cuando trataban de explicarle.

Había pasado ya mucho tiempo desde que había comenzado a entrenar con Eliel y le preocupaba que sus avances fueran casi imperceptibles. Con los cazadores le había costado trabajo seguir el paso pero no tanto como con los ixthus. Estaba ansioso por poder hacer lo mismo que ellos, tele transportarse, pelear con estilo, mover la espada como un profesional etc.

Observaba detenidamente a todos y cada uno de sus compañeros tratando de descifrar el secreto de por qué ellos podían moverse con mayor rapidez que él. Algo que le llamó la atención en sus observaciones fue que el fuego de las armaduras de sus compañeros parecía más vivo y fuerte que la de él, además, de vez en cuando divisaba a algún ixthus allá a lo lejos completamente solo y siempre en la misma postura; una rodilla en el suelo y la cabeza apoyada en la empuñadura de su espada.

— ¿Qué es lo que hacen?—Le preguntó una vez a Gera.

—Hay batallas que no se pelean de pie—se limitó a decir.

Le resultaba muy extraño ese lugar, pero a la vez muy agradable, se sentía un poco libre y en paz. Aunque las miradas de Alef lo intrigaban cada vez más. Al parecer, Eliel lo había castigado por su insolencia de la última vez enviándolo a trabajar con Tadeo por tiempo indefinido. De vez en cuando Naín se lo topaba mientras esparcía abono o cargaba piedras, y en cada encuentro le parecía que su odio aumentaba más y más.

— ¿Cuál es su problema conmigo?—Le preguntó una vez a Eliel.

—Quizá, yo también te odiaría si supiera que has asesinado a mi padre.

— ¿Padre?

—Sí, Alef es el hijo de Andrés.

Como si no tuviera suficientes cosas de las que arrepentirse, ahora se enteraba de que el hijo de aquel que lo había dado todo por llevarlo a la verdad, lo odiaba por creerlo responsable de su muerte.

—Vaya, ya entiendo, pero yo no maté a Andrés. Admito con vergüenza que quería hacerlo, pero eso era antes de saber la verdad.

—Bueno pero esa es una información que él no tiene.

—Y ¿Cómo podría dársela si él no me da la oportunidad?

—Ya pensarás en algo. Mientras tanto debes volver al dormitorio, se hace tarde y me interesa que convivas con tus compañeros.

Eliel no había dejado de insistir con ese tema de verlo más unido con sus compañeros. Naín sólo lo intentaba para complacerlo en algo, pues seguía entrenando a escondidas a pesar de sus órdenes y esa noche después de la pequeña fiesta que tuvieron en su dormitorio, cuando ya todos estaban dormidos, volvió a salir al bosque.

Primero sacó su espada y comenzó a practicar los movimientos que Gera le había mostrado ese día. Después continuó con ejercicios comunes y finalmente siguió con su favorito: correr con el tronco en sus hombros.

Normalmente corría cinco vueltas alrededor del sendero, pero esa noche quiso dar unas cuantas vueltas más. Sin embargo, cuando iba a la mitad de la octava vuelta notó algo extraño. Su brazo izquierdo comenzó a adormecerse, creyó que se debía a que había tenido el brazo levantado mucho tiempo para cargar el tronco, así que lo soltó. Movió los dedos pero la sensación no se iba, al contrario, comenzaba a convertirse en un dolor punzante que le recorría todo el brazo y le llegaba hasta el pecho.

Fue a sentarse bajo un árbol para descansar y tomar un poco de aire, pues se sentía muy sofocado. Intentaba mantener el ritmo de su respiración, pero se le dificultaba demasiado. Definitivamente algo andaba mal. Se levantó para buscar ayuda. Apretó su brazo contra su cuerpo y caminó de regreso al dormitorio. No obstante, unos pasos después su vista se nubló y cayó al suelo repentinamente. Se levantó con dificultad e intentó seguir avanzando pero nuevamente su vista se nubló y volvió a caer al suelo. El dolor en el pecho era insoportable y eso fue lo último que supo, todo se hundió en una pesada negrura después de eso.



Elizabeth Pineda

Editado: 20.02.2018

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