Ixthus, El Llamado

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Fuera, la mañana era muy agradable. Una suave lluvia golpeaba el techo y las ventanas, además, el aire estaba impregnado de un rico aroma a tierra mojada.

Despacio y con un profundo suspiro Naín abrió los ojos. Reconoció las blancas paredes del hospital y una inexplicable alegría llenó su corazón. Se levantó sonriendo y ahí en la esquina,  sentado en una silla, estaba Lael.

—Buenos días—Lo saludó afable.

Naín suspiró aliviado. Se volvió a recostar sabiendo que todo estaría bien a partir de entonces, tal como Gera había dicho, sin embargo un recuerdo golpeó su mente.

— ¿Y Sara? ¿Dónde está Sara? ¿En verdad ella está…?

—Bien, ella está bien—Lo interrumpió Lael.

—Pero Darcón dijo…

—Darcón mintió para hacerte enojar y que actuaras sin pensar, así le sería más fácil acabar contigo.

Naín se relajó al escuchar aquello.

—Casi lo logra—comentó recordando su anterior lucha—. Siempre supo que esa era mi debilidad ¿Verdad? Que actuaba sin pensar.

—Lo importante es que ahora la has vencido y que sigues con nosotros.

—Y ¿Dónde está entonces? Ella y mi sobrina ¿A dónde fueron?

—No estoy seguro. Tenemos algunos hombres en las afueras de la ciudad y me informan que la vieron salir hace una semana. Lo que sea que la haya motivado a irse, fue lo mismo que la salvó.

—Que bien.

Naín estaba contento de que Sara y la bebé estuvieran bien y a salvo; pero también sentía que no había cumplido con su responsabilidad hacia ellas, y eso lo hacía sentir muy, pero muy mal.

—Y ¿Qué pasó con Darcón?—preguntó para cambiar de tema—, cuando lo vi me pareció que aún respiraba, pero… es difícil decirlo. Se veía muy mal.

—Probablemente aún está vivo, mis hombres lo buscaron pero no pudieron encontrarlo. Lo más probable es que huyó. Los poderes que invocó, no lo mataron esta vez.

Naín se estremeció al recordar a la bestia saliendo del cuerpo de Darcón; era una horrible escena que jamás olvidaría. Aunque también admitía que si no fuera por eso, nunca habría visto a aquel guerrero gigante de quién ya tenía una idea de su identidad.

—Era él ¿Verdad? El gigante que vi, era Emanuel.

—Sí, sin duda. Peleó por ti y te salvó.

— ¿Por qué lo hizo?

—Porque al fin peleaste de rodillas y olvidaste tu orgullo. Emanuel no pelea por nadie que crea no necesitar de su ayuda y tú al principio así actuabas, siempre solo y por tu cuenta. Cuando caíste de rodillas y admitiste que no podías más, le diste la oportunidad de pelear por ti en la batalla que no podías ganar. Aunque, al hacerlo, ya habías obtenido la victoria.

— ¿Cómo es eso?

— ¿No notaste que con cada golpe que dabas, la bestia crecía?

—Sí, ¿por qué fue eso?

—Porque las bestias como ésas se alimentan de nuestras debilidades. Fue muy orgulloso de tu parte pelear contra ella completamente solo y eso la alimentó y por eso creció. La principal arma contra el orgullo es la humildad y eso fue lo que hiciste al arrodillarte.

—Y ¿qué clase de bestia era esa?

—Un malak, sólo que éste era uno de los que cayeron junto con Lucio. Habitaba en el cuerpo de Darcón y le daba poderes sobrenaturales. Después de la guerra silenciosa, Darcón se alió con ese malak para intentar destruirnos, aunque ello significara su propia destrucción.

—Pero Darcón no fue destruido.

—No, pero eso no significa que nunca lo será. A los malak, servidores del Belial, no les interesa en lo más mínimo la vida humana. Si les prestan sus poderes es sólo mientras cumplen con sus propósitos de destruir y engañar a la humanidad. Tal vez Darcón sobrevivió esta vez, pero morirá si sigue jugando con poderes que no son de su condición.

—Ahora creo que incluso me da lástima. Solo de recordarlo ahí tirado, como un trapo sucio, creo que es demasiado degradante.

—A las personas como Darcón eso no les importa, con tal de sentirse poderosos, al menos por un rato.



Elizabeth Pineda

Editado: 20.02.2018

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