Jamás: el comienzo (1) ¡en corrección!

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CAPÍTULO 3

La cena

 


No hay muchos comensales, el lugar parece solo para nosotros.

Toma mi mano con cuidado y logro sentir la suya cálida, me agrada, ya que mis manos siempre están frías. No son tan frías como yo misma, pero tienen aquel lado frío y oscuro que muchas personas describirían como heladas. En una época de mi vida, no era de ese modo, yo también tenía unas manos cálidas y apetecibles, suaves como un pétalo de rosa. Ahora no son más que frías.

El mesero no tarda mucho en llegar nuevamente a la mesa.

Debo confesar que, el lugar es demasiado ostentoso para nosotros dos, todo luce perfecto y rosado. Los colores son vivos y deja pasar la alegría a sus comensales.
La mesa en la cual estamos es redonda, de madera, posee un hermoso mantel de color pastel y es justamente lo que nunca pondría en mi mesa. Un florero aislado, solitario con una gran rosa turquesa que, parece demasiado pesada, muy pronto caerá de aquel florero azulado de vidrio. No entiendo la razón por la que le doy demasiada importancia a una cosa tan insignificante como esa.

El lugar se ve realmente limpio, lujoso y sin una sola telaraña.

Me gusta mucho observar el lugar donde me encuentro, me agrada saber que es limpio e importante. No me gusta eso, después de todo, estoy vestida de una manera bastante harapienta para un lugar tan tranquilo y perfecto como este.

Mi mirada se encuentra sobre el florero y pienso seriamente cuándo caería el último pétalo de aquella hermosa rosa. Tengo muchas preguntas al respecto, supongo que no es el momento ni la hora correcta para perderme en mis pensamientos.

Observo con detenimiento una pequeña mancha oscura en la pared, justo al lado de un pequeño espejo. Esa mancha es nueva, no la pude notar cuando llegamos al restaurante, sospecho que no soy muy buena con la observación.

Niego con la cabeza y vuelvo a ver el mantel de color pastel.

La caricia que logro sentir en mi mano me despierta de mis pensamientos, es rápido.

Alzo la mirada y veo sus hermosos ojos que tanto me gustan. Azul, celeste con un toque especial de verde y grisáceo. Es una mezcla única y perfecta que logra volverse un maravilloso esmeralda a la vista, algo imposible de no observar con admiración.

—¿Qué opinas?—Oigo lo que sale de esos suculentos labios.

Niego con la cabeza al ver que perdí el tiempo, la comida ya está en la mesa y Paul tiene una pregunta. Una propuesta que yo no escuché, por supuesto, no iba a responder algo que no escuché.

Realmente, había perdido el tiempo con mis pensamientos, hay un montón de personas sentadas observando y comiendo, todos están discutiendo sobre algo. Nosotros dignos de su atención.

—¿Me repites la pregunta?—Alzo una ceja con propósito de volver a oírlo.

Todos los comensales nos están observando fijamente y aquello me está incomodando demasiado, jamás imaginé que sería el centro de atención de una gran cantidad de personas. No tengo la menor idea de lo que Paul me ha preguntado y las miradas de esos no me agradan en lo absoluto.

Miro fijamente a Paul con la esperanza de que él me repitiera su pregunta.

Todos se encuentran girados en sus sillas para lograr oír con atención y no perderse ni un solo segundo lo que está sucediendo entre Paul y yo.

Al parecer, aquellas personas saben la pregunta, yo soy la única perdida en el tiempo.

—¿Está loca, mami?—Oigo la voz de un pequeño niño preocupado.

Regreso la mirada a los ojos de Paul y trato de ignorar al pequeño.

—Te pregunté si te quieres casar conmigo —susurra con seguridad y tranquilidad.

Mi ceño se frunce inmediatamente al oír su tono y la pregunta que sale de sus labios. Jamás me imaginé algo como esto. Trago saliva sonoramente con una pequeña sonrisa sobre mis labios, estoy mucho más nerviosa de lo que cualquiera podría imaginar en un momento como este.

Mi sonrisa pequeña no tarda en volverse amplia y asiento con la cabeza.

No puedo creer que eso realmente está sucediendo.

«¿Realmente está sucediendo?», pienso.

—¡Sí!—Una sonrisa perfecta y amplia se dibuja sobre mis labios de nueva cuenta, mi tono de voz es demasiado elevado para el lugar por lo que decido hablar más bajo y agrego—: Sí, si quiero casarme contigo, Paul —murmuro sobre sus labios.

Muchas personas niegan con la cabeza. Se ven extrañas, pálidas como una hoja de papel y con ropa negra, ropa oscura. No me importa, después de todo, estoy con Paul que muy pronto será mi esposo.

Tomo el rostro de mi prometido con cuidado, para romper la poca distancia entre nuestros labios. Estos logran aquel contacto que deseo, es lento, delicado y con aquella pizca sensual que él siempre logra al tirar de mi labio inferior.

Los comensales parecen desaparecer durante el beso.

Lo miro fijamente a los ojos y alzo una ceja.

—¿Y las personas?—Pregunto.

Él se encoje de hombros y termina de comer una porción de pizza.

Me doy cuenta de que estoy perdiendo lapsos de tiempo.

«¿Qué me sucede?», pienso en mis adentros.

Tomo en mis manos una porción de pizza, la primera que logro llevar a mis labios.



Byther

Editado: 16.08.2019

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