¿juegas a enamorarme?

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CAPÍTULO 10

No sé cuanto tiempo llevaba sentada en la esquina del baño. Mis cortes dejaron de sangrar, aunque no tardaron en volver a cubrirse de sangre. Me sentía agotada mentalmente.

Quería dormir y despertarme en mi antigua casa, con mi antigua vida. El poco tiempo que estuve acá fue lo suficiente para darme cuenta de muchas cosas. 1) No tenía amigos. 2) No tenía mucho que hacer en la vida. 3) Las personas con frecuencia se creen superiores a ti, te valoran como si fueses lo más repulsivo del mundo y harán todo lo posible por destruirte, seguramente por miedo a que te rebeles contra ellos.

Gracias la lluvia, estaba pendiente de mi alrededor por si escuchaba el agua chocar contra los cristales, cosa que solía tranquilizarme. Pero no fue eso lo que escuché. Unos pasos apresurados resonaban por el pasillo cada vez más cerca. Seguramente Nana había llegado del supermercado y se preocupó al no verme sentada en el sofá viendo Good God.

Alcé la cabeza para conectar mi mirada con la de Cynthia. Su mirada llena de pánico no dejaba de analizarme. Con pasos lentos cogió un pequeño botiquín y se acercó hacia mi débil cuerpo. Con suma tranquilidad empezó a curarme las heridas.

—Te estás perdiendo Good God —hablaba tranquilamente. Seguramente no quería acumular miles de preguntas a las cuales no iba a responder.

Formulé un simple «ya». Añoraba el cariño de mis padres, pero ella me daba lo que necesitaba y siempre con tranquilidad.

—¿Por qué te gusta esa serie?

—Es una chica latina que busca la felicidad en su ciudad del sueño, Tokyo. Pero se da cuenta que era ciudad del sueño, no es tan sueño, mas bien es una pesadilla, ya que se enamora de un chico, que es un capullo —resumí.

—Vamos a ir a verla.

Con delicadeza, me levantó apoyándome en su hombro. Una vez estable, me subió en su espalda y bajó conmigo encima. No sabía de donde sacaba la fuerza. Para mí, ella era una heroína.

—Nana, ¿está mal querer ser lo mismo que Lei? —hablé lentamente sin despegar la mirada de la tele.

—¿Una chica que intenta suicidarse? Sí, bastante mal.

—¿Por qué? Me estás enseñando a no ser ese tipo de persona, pero nadie le enseña a ellos a no hacer ese tipo de personas.

—Lo siento pequeña, creo que me he perdido.

—Me estás diciendo que yo no puedo tener pensamientos suicidas, ni nada por el estilo. Vamos, que sea una princechiruli en un mundo chachiliflastico —aclaré—. Pero nadie les enseña a ellos que no debería hacer que una princechiluri se convierta en una muerta por su culpa.

Cynthia había dado uno de sus suspiros pesados. Se estaba replanteando si realmente le convenía seguir con aquella conversación.

—Las personas no son malas por naturalezas, hay algo que les hace ser malas personas.

—Por esa regla de tres yo puedo convertirme en una persona horrible.

—Hay que intentar no serlo.

Y tan rápido cómo pudo, se marchó. Tal vez no tenía ganas de aguantar mis pregunta infantiles que a veces decía sin sentido alguno. O tal vez porque se quedó sin argumentos.

¿Por qué siempre preguntan al inocente? Siempre preguntan, siempre cuestionan, siempre intentan hacer ver que eso está mal, pero ¿y a los malos? ¿Por qué a ellos nunca le preguntan o le cuestionan sobre lo que hicieron? ¿Por qué a ellos no les enseñan a no hacer esa cosa? Muy fácil: No quieren afirmar que lo que hacen está mal, prefieren culpar a una persona inocente, a una persona asustada, ya que esa persona no se pondrá en su contra.

Estaba demasiada concentrada viendo Good God y pensando en lo mío. No me di cuenta que una presencia entró en la espalda, no hasta que el tacto de dos dedos se hizo presente en mi piel desnuda.

Lancé un grito al aire, me tapé con la manta, y cerré los ojos esperando que esa cosa se fuese. Pero no se fue, al contrario, se sentó encima mía.

—Venga, Val. Está aquí tu oppa —canturreó moviendo sus caderas—. Te tengo una buena noticia.

Destapé mi cabeza al identificar al dueño de aquella voz. Fruncí el ceño. Quería mostrar mi peor cara a Taeyang. Quería hacerle creer que estaba enfadada con él por el susto. Aunque por una parte es cierto que sí estaba enfadada con él, pero por otra parte me alegraba que él estaba aquí, conmigo.

—Ow, mi gatita hermosa preciosa y apapachablemente llorona —me abrazó tan fuerte como pudo—. No era mi intención asustarte, hermosa.

Y tan rápido como pudo, empezó a llenarme la cara de besos. Mi corazón se empezó a acelerar, mis manos empezaron a sudar y me empezó a doler el estómago. Quería salir de ahí, no quiero sentir esto. No sé que mierda me pasa. Tengo miedo a saber que es lo que me pasa.

—Ya, ya —lo aparté con la esperanza de que desapareciese ese sentimiento. Pero no fue así.

—¿Qué te pasa? —me preguntó—. Val, los brazos.

Sentí mi mundo irse abajo. Sin verme, sin estar más de un minuto conmigo, ¿ya sabía que me pasaba? ¿Qué le digo ahora?



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En el texto hay: instituto, novela juvenil, bullying

Editado: 17.11.2019

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