Jugar a ser Dios

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Capítulo 10

Mamá le tocó cariñosamente la cabeza y mientras me preguntaba si la había pasado bien, Juan contestaba por mí, contestaba por los dos, como pasaría toda nuestra vida compartida como grandes amigos. Pero a mí no me molestaba ya que no me gustaba mucho hablar. Yo lo miraba a Juan como hablaba con mamá y me admiraba ver a un chico de mi edad hablando con ella como si fuera un adulto, casi de igual a igual y sin errores. Saludamos Juan y nos dirigimos al auto para ir a casa. Yo moría por ir a tomar la leche con mamá y ver los dibujitos animados. En el viaje mamá siguió preguntándome por mi primer día de clase. Yo no era de contar mucho. Le conté que había chicos que hacía mucho lío y que Juan era un buen chico tranquilo como yo. Se río a carcajadas. Yo no entendía ese ataque de risa. Mamá me dijo que podía ser tranquilo como yo, pero que parecía un lorito por como hablaba y por la nariz que tenía. Ahí comprendí la situación y reímos juntos.

Nunca olvidaré ese día cuando conocí a Juan, no solo por haberlo conocido sino que justo fue en mi primer día de clase, el primer día que pasé tanto tiempo fuera de casa, tanto tiempo sin mamá. En la primaria éramos inseparables. En muchas oportunidades dimos la cara el uno por el otro. Yo lo defendía cuando alguien quería pegarle, y el cuando yo discutía de palabra con alguien. Yo era el fuerte. Él era el inteligente. Rápidamente llegó nuestra adolescencia. En esa época las diferencias se incrementaron. Yo no solo era uno de los más altos de nuestro curso, sino que en quinto año comencé a ir al gimnasio y comencé a ser uno de los más fuertes, o mejor dicho, uno de los más musculosos que no es sinónimo de ser el más fuerte. Juan por el contrario, aunque no era de los más bajos, tenía una altura media, era bien flaco y desde segundo año comenzó a utilizar anteojos no solo para leer, sino también para ver de lejos. Los tenía permanente. Eso le daba un aire intelectual, que sumado a su pelo largo y anidado y a sus comentarios siempre punzantes y creativos confirmaba su aire con la realidad. Muchas veces Juan me hacía las pruebas, sabía que yo era medio vago. No es que fuera duro, simplemente no me gustaba y a Juan no solo le gustaba también tenía cierta facilidad para el estudio. Ya desde chico sabía lo que quería ser. Quería estudiar politología e Historia. Y fue lo que hizo. Yo sin embargo nunca supe realmente cual era mi vocación, ni siquiera hoy se cual es. En realidad creo que no tengo directamente. En mi época adolescente me dediqué más a los deportes y a las chicas que al estudio. Y eso les traía muchos dolores de cabeza a mis padres. Me llevaba materias todos los años casi de a docenas. Pero siempre daba los exámenes en diciembre y en marzo sin mucha dificultad. Casi siempre con la ayuda de Juan que me explicaba casi todas las materias con lujo de detalles. Sin dudas tenía al mejor profesor como mi mejor amigo y eso era una gran ventaja para mí.

Pero mí peor año del colegio fue sin dudas el último. Llegaba casi siempre tarde. Salía todas las noches y tomaba mucho alcohol. También me fumaba alguno que otro porro. Salía con otros chicos del colegio a buscar chicas por ahí. Y "por ahí" es totalmente literal. Las buscábamos en todos lados. En la calle, en la puerta de los colegios, en los supermercados, en los boliches, en los pubs, en bares, en las plazas, en el gimnasio, en el club. Todo lugar era propicio para conocer mujeres. Y teníamos bastante éxito. A veces no dábamos abasto. Era como que nada saciaba nuestra sed de búsqueda ni de sexo. Salía generalmente con dos chicos; Pablo Gandía y Mauro Belmann. O el negro y el ruso; que era como los llamábamos. A mí me decía simplemente Edy.

Nuestra relación en el colegio era normal, diría amable y de buena onda, pero no éramos amigos. No nos veíamos fuera del colegio. Algunas veces nos quedábamos en la puerta hablando a la salida de clases. Una tarde el negro nos invitó a mí y al negro a la casa. Nos dijo que podíamos hacer una previa en su casa ya que sus padres se habían ido de viaje. Solo estaría su mucama y su hermanita de siete años. También nos dijo que tenía entradas para un boliche de moda que quedaba en Palermo; tenía entradas VIP. A eso de las 21 horas el ruso pasó a buscarme por casa. De ahí nos tomamos un taxi para la casa de Gandía. Vivía en Recoleta. Cuando llegamos nos sorprendimos por la casa; era un viejo petit hotel bien antiguo pero bien conservado. Se notaba que estaba recién pintado, pero a pesar de eso no había zafado que que le hagan un grafitti cerca de la puerta. Era una casa que parecía de película. Estuvimos tomando vodka hasta las dos de la mañana. De ahí fuimos al boliche. El negro y yo estábamos visiblemente alcoholizados. En la puerta no nos dejaron pasar y nos pusimos agresivos. Comenzamos a putear a los patovicas de la puerta, la cosa se puso pesada y nos pusimos a pelear. La pelea se hizo generalizada hasta que llegó al policía y nos llevó a nosotros tres, más algunos chicos más, a la comisaría. Deberíamos llamar a nuestros padres o algún mayor responsable. Al negro y al ruso lo retiraron sus padres. Yo no quería llamar a papa, por eso lo llame a Juan que ya había cumplido los 18. Al poco tiempo llegó a la comisaria y con su labia y un certificado que había trucheado, logró sacarme. Cuando estábamos yendo para casa le pregunté cómo se había animado a presentarse a la comisaria con una documentación falsa.



Queco

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En el texto hay: romance accion y drama

Editado: 28.02.2018

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