Julieta quiso quedarse

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Julieta

   En el pueblo no había nada, o al menos nada que me llamara la atención, y mucho menos después de lo que había pasado. Miré la hora, nueve y cuarto de la noche. El sol no se terminaba aun de morir del todo. Una leve luminosidad rasgaba el cielo. Me froté la cara con las palmas de las manos. El aburrimiento me había adormilado. Francesco estaba con Enzo, lo había llevado a cortarse el pelo, y me estarían esperando en media hora en la estación de policía.  No podía ser un zombi. Recorrí la casa un par de veces, pero nada, no había nada para hacer. Todo parecía de lo mas aburrido, inclusive las cosas que siempre me habían gustado. Apagué la radio que era lo único que se oía en aquella soledad y me dispuse a peinarme. Entré en la habitación de huéspedes, allí tenía un espejo.  Cuando pase frente me quede pasmada. Estaba pálida, ojerosa, y visiblemente más delgada. Todo lo ocurrido me había afectado más de lo que creía. Me giré varias veces y contemplé como los jeans que lucía siempre me quedaban caídos y sueltos.

  Un ruido a cristal roto me sacó de mi observación. Se me cortó la respiración. Fue en ese instante en que me percaté de que estaba sola y que había olvidado trabar puertas y ventanas.  Un escalofrió recorrió mi columna vertebral y se me secó la boca. Por el lapso de unos minutos el miedo me paralizó completamente. Alguien estaba dentro de la casa, y venía a por mí. Toda mi estupidez me abofeteó limpiamente. Tenía ganas de llorar, pero las lágrimas se me habían secado también. Los fluidos corporales se habían evaporado.  

  Pasos. Cortos y suaves avanzaban en la habitación de al lado. Me estaba buscando. Cerré la puerta de la habitación en la estaba, lo más suave que pude y la trabé desde dentro. Tenía que escapar. Traté de pensar en mis posibilidades, de agujerear el pozo negro que había creado mi miedo y ver con claridad. O eso o moriría, estaba segura. La imagen de Sofía me inundó la mente y sentí deseos de vomitar.

   Me percaté de que ha recomendación de mi padre llevaba siempre en mi bolsillo el móvil y las llaves del auto. Mi mente se aclaró de un sacudón. Tendría que escabullirme por la ventana y rodear la casa, llegar hasta mi auto y si tenía suerte escapar. Los pasos se acercaron a mi puerta. Tanteé mi bolsillo y allí estaba la llave. Caminé con pasos torpes hasta la ventana. Me temblaba todo el cuerpo cual hoja arrastrada por el viento. Abrí lo más suave que pude la ventana y me subí al alféizar. Lo que sea que estaba dentro de mi casa tanteó el picaporte.  En el intento de escapar, choqué mi frente contra el vidrio y el golpe se oyó en toda la habitación. Salté y eché a correr como una loca entre los árboles. El sujeto o lo que fuera comenzó a darle patadas a la puerta, desde fuera podía oírlo. Rodeé la casa y a metros del auto vi una figura enorme y absolutamente vestida de negro de pie en mi living. Me miraba desde dentro de su traje oscuro. Llevaba un machete en su mano derecha. Corrí tanto como pude y llegué al auto. Las llaves se me patinaban entre los dedos y no recordaba cual abría la puerta. El móvil empezó a sonar. De seguro era Enzo, pero no estaba como para atenderlo.  Me latía el corazón con tanta fuerza que pensé que iba a saltar de mi pecho y echar andar entre los árboles, los oídos me silbaban y apenas lograba respirar con regularidad. Miré de nuevo hacia la casa, al tiempo que me subía al auto y cerraba la puerta. No había nadie. Miré a mis alrededores. Nadie. Puse en marcha el auto y escapé.

 

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Meel Sol Gual

Editado: 26.06.2018

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