Julieta quiso quedarse

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Julieta

    Vi a Enzo desaparecer por las callejas de la Convención. Antes de partir me había susurrado algo sobre un regalo que no había llegado a comprender, y luego había salido disparado como un rayo. Lo amaba, y esa era la primera vez que estaba tan segura de algo. Lo amaba con todo el cuerpo y toda el alma. Me dolió el pecho en cuanto lo vi correr lejos de mí, pero sabía que él no podría acompañarme en tan arriesgada tarea. Ya tendríamos tiempo después para disfrutar juntos. Cuando aquella locura se calmase un poco.

    Las doce en punto, era la hora, el momento y el lugar. La hora de las brujas. Tomé aire y traté de borrar a Enzo de mi mente, al menos por el momento. Entonces ocurrió, que de un momento a otro, las cincuenta legítimas, incluida Madre, me rodearon. Sus capas negras ocultaban sus rostros y sus cuerpos, pero yo sabía que eran ellas. Dentro de mí, corría su sangre milenaria. Mis madres, mis creadoras.

   El conjuro de desposesión apareció en mi mente, claro y resplandeciente. Caminé, como una verdadera autómata, hacia el centro de la plaza. No, no estaba actuando bajo el influjo de nadie; solo que mi ser ya conocía lo que debía hacer, antes, incluso, de que me fuera consciente. Yo sería el canal en el que todas mis madres, toda la magia convergería y sanaría los corazones impuros de los hechiceros para siempre.

-¡O di! Ego autem sum circa tibi sicut ceteris diis, qui natus est de Nat deam, ad daemoniorum eram concludens in carcerem, et conteret inimicos tuos. quia integrate tuum, ornatamque excipere debeamus. –las brujas, todas elevaron al cielo su petición –Et in nomen, et eamus pugnare. ¡Espiritus divina! agmine me tibi. Et ait ad vos et non purificatus sit tibi pro statera iudicium suum in premissis declaratum favorem. Ne ad ex sententia iudicum de se non laborant in ore novissime macerabar sollicitudine. ¡Non potest agnita sicut res in terris pulchrum et pura iter facere! ¡Ecce autem venerunt in regione vivorum divinitatis veritate et justitia, et ego coronatus est! ¡Lux inde procedens, o deorum, quasi unus ex nobis! ¡Et intravi illaesi inter micantes numina terrae die daemones exstinguuntur!

   La magia brotó de las voces que formaban un solo coro, a medida que el conjuro era recitado. El aire cambió, la tierra vibró como si algo dormido en su vientre se despertara después de un larguísimo sueño, la vida y la magia se concentraron en un solo punto. Mi cuerpo. Mi piel comenzó a transformarse, a cambiar de texturas, mutó una infinidad de veces, recreando cada partícula de adn que tenía en la sangre, cada raza que habitaba en mi interior. Todas y cada una. Mis ojos no daban crédito a lo que veían, y a medida que los rezos aumentaban, la velocidad de mis trasformaciones, también lo hacían, dejándome una extrema confusión a su pasada.

   Recibí una descarga monumental, que creí, iba a desgajarme en cuanto el conjuro conoció el final, pero no lo hizo. Mi pecho pareció abrirse y todo mi ser se expandió mirando hacía la bóveda celeste. Mi cuerpo, el canal, el grial en donde la creación había depositado su poder, iluminó la noche y rasgo las tinieblas del cielo. La energía se expandió en todas las direcciones, y supe con una certeza nunca antes vista, que el mundo acababa de dar un nuevo e inesperado giro.  

  No supe cuánto duró, o como fue el final. Solo sentí que en un momento determinado, mi ser comenzaba a caer en un túnel oscuro. Caía lenta y delicadamente. Me había elevado sin saberlo. La magia me había llevado al lugar en el que, una nueva protección cubría la tierra, como una capa invisible, como un domo. Miré el mundo, tan hermoso allá abajo, y supe que nadie más que nosotras las brujas podríamos reestablecer su belleza primera. Era mi misión, y mi vida estaba destinada a ella. Sentí, por primera vez en todo ese tiempo, un inmenso orgullo, uno que me explotaba el cuerpo. Había hecho las cosas bien. Al menos esta vez, las había hecho bien. Unas manos, muchas de ellas, sujetándome por cada parte de mi cuerpo, me anunciaron que la caída había acabado. Entonces miré el cielo, y solo tuve deseos de dormir.

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Meel Sol Gual

Editado: 26.06.2018

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