Juntos es mejor

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Prólogo

Estaba sentado en la sala de espera de ese estúpido sitio. Hillary estaba a mi lado, pensando seguramente que iba a escapar. Veía gente a mi alrededor que se encontraba nerviosa, incluso diciendo cosas sin sentido. Otra, en cambio, estaba tranquila mientras miraba su teléfono esperando que le llamaran para entrar.

Esperaba y suponía que la gente me viera a mí como alguien de ese segundo grupo.

No quería estar allí, de hecho, no debería haberlo estarlo. No necesitaba a nadie para olvidar a Skylar, básicamente, porque mi intención era no olvidarla nunca.

Pero Hillary había sido lo suficientemente pesada para que accediera a ir..., aunque ambos sabíamos que no mejoraría nada.

Era cierto que esos días sin Skylar habían sido duros, insoportablemente duros. Llevaba días sin dormir, llevaba días catigándome por lo estúpido que había sido. Me había intentado concentrar en el trabajo, pero había sido algo inútil; todo me recordaba a ella. No había prestado atención en ninguna de las reuniones, mi vida solo se centraba en recordar a Skylar y maldecirme por haberle causado tanto dolor. Solo me quedaba una esperanza, y era que ella estuviera bien.

—Señor Black, Alexander Black, la doctora le espera — comunicó el hombre que se encontraba en la recepción. Hillary tocó mi pierna como si yo no me hubiera dado cuenta y rodé los ojos con fastidio. Me levanté sin ánimo y me dirigí al despacho de la doctora Ware, una psicóloga amiga de Hillary, con fama de ser buena en lo suyo.

Toqué la puerta e instantes después pasé tras escuchar la voz de Ware.

—¿Qué tal? Adelante por favor, siéntese aquí en el sillón —saludó Ware al verme entrar. Asentí levemente con la cabeza, cerrando la puerta y me dirigí al sillón que me indicó. Ella era alta, pelo castaño y ojos claros. Sus labios eran notablemente grandes y su lápiz labial resaltaba en su tez sumamente blanca—. Bueno —continuó al ver que no contestaba nada—, cuénteme, ¿por qué ha decidido empezar terapia?

Blanqueé los ojos. Odiaba que hiciera como si no supiera perfectamente quién era yo y por qué me encontraba allí.

—Bueno —murmuré alborotando mis rizos algo nervioso. No estaba dispuesto a hablar de mi vida con alguien que lo único que pretendía sacar de mí era dinero.

—Disculpe —tosió fingidamente—. ¿Puede recordarme su nombre?

¿Me estaba jodiendo? Sabía perfectamente quién era. Todas lo sabían.

—Alexander Black —contesté finalmente.

Ella alzó una de sus cejas descaradamente por mi tono vacilante.

—Ahora dígame qué es lo que le ha traído aquí —pidió mirando unos documentos sobre su mesa.

—Mi hermana —contesté con ojos inquisitivos. Quería que pillara pronto mi clara indirecta de que sabía que su trabajo se resumía en cotillear la vida ajena y ganar dinero con ello.

—Señor Black —Carraspeó con tono serio y colocó sus manos entrelazadas sobre la mesa en un movimiento sonoro—. Ábrase, yo estoy aquí para escucharle. No sienta vergüenza.

—¿Y en qué puede ayudarme, según usted? —cuestioné apretando mis labios.

—Señor Black, déjese de juegos —Se levantó de su escritorio y se posicionó en el sillón de mi lado—. Hábleme acerca de Skylar Grace Evans.

Skylar Grace Evans. Aún me dolía si quiera escuchar su nombre. Y saber con certeza que no estaba a mi lado.

Ladeé mi cabeza y volví a alborotar mi cabello. No sabía qué contestar. La idea de escuchar su nombre provocaba en mí una inmensidad de ganas de llorar.

Patético, lo sabía. Pero era inútil engañar a mis propios instintos.

—¿Son ustedes novios? —agregó mirándome triunfante al saber que ese tema podía conmigo.

—No —mascullé mirando la ventana que estaba frente a mí.

—¿Lo han sido? —insistió y yo la miré, asintiendo levemente con la cabeza—. Bien —Me dedicó una sonrisa de lado—; ¿la echa de menos?

—Sí —respondí con pesar, y el recuerdo de mi mano golpeando su delicada mejilla perturbó mis pensamientos, provocando que la mirara con repulsión—. No puedo vivir sin ella.

—Bien —musitó mientras escribía algo en su libreta—. ¿Puede decirme el motivo por el que ella ya no está con usted?

—Yo... yo golpeé a su amigo en un arrebato de celos —Comencé a contar y apoyé mi espalda en el respaldo del asiento—. Y también la golpeé a ella.

Ella torció el gesto y me dieron ganas de propinarle otro a ella.

—¿Usted suele ser muy agresivo? —preguntó sin parar de escribir algo en la libreta. Asentí con la cabeza algo reacio para terminar contestando que sí—. ¿Desde cuándo?

—Desde la muerte de mi padre —contesté sacudiendo mi cabeza para que todos los asquerosos recuerdos se esfumaran de mis pensamientos—. Pero no quiero hablar de eso.



AnaTurquoise

Editado: 12.11.2018

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