K & K

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Capítulo 1: Sorprendido.

Capítulo 1: Sorprendido.

Despierto como de costumbre a las 6AM.

Salgo a correr y cuando regreso al departamento el reloj digital de la cocina marca las siete en punto.

Ingreso a la ducha, afeito la barba que empieza a formarse en mi barbilla, me peino el cabello hacía atrás, más bien solo lo acomodo, más tarde volverá a su estado natural: despeinado.

Salgo del cuarto de baño y voy directo hasta la siguiente habitación, conectada al baño que hace de vestidor. Me enfundo en una camisa manga larga blanca, una corbata azul marina a juego con el traje y zapatos negros, mi reloj favorito de la colección de Rolex que mamá se encargaba cada año en renovar.

Me perfumo y camino en dirección a la sala de mi departamento, en la cima del edificio más alto y resguardado de seguridad que podría existir en Australia.

En perspectiva, mi rutina matutina bien podría ser la de Christian Grey, a excepciones claras de que, primero: no soy un amante de las relaciones sadomasoquistas, segundo: soy el triple de adinerado de lo que E. L. James creó a Grey, tercero: soy pelirrojo de ojos esmeralda, no un cobrizo de ojos grises, cuatro: no soy adoptado; quinto y último: vivo en Australia.

Volviendo a la rutina, cojo el iPad que se encuentra sobre la mesa de centro, y empiezo a revisar la bolsa.

Al parecer será un buen día: gané diez mil millones de dólares en la última hora.

Al fin terminaré de saldar el regalo de Kriss; la mocosa quiere que le regale la cantidad exacta, pero quiere que sea una ganancia exacta para mi bolsillo en la bolsa.

Condenada suertuda eres, Kriss.

Buscando el móvil en mi costado, justo donde lo había dejado al llegar, marco el número de mi hermana.

Condenada seas, enana. –Saludo con una sonrisa en los labios.

¿Tienes mis miles de millones? –Chilla emocionada.

Acaban de llegar a mi bolsillo, y ya contigo acabo de perderlos. –Blanqueo los ojos; con mi hermana pierdo más dinero al día de lo que gano en una hora, y eso es demasiado dinero para una chiquilla de 16 años. –Ahora, quiero saber: ¿en qué demonios piensas gastarte diez mil millones de dólares, Krisstine Hughes? –Pregunto realmente interesado en el paradero final de mi última pérdida.

Un regalo que pienso hacerle a mamá. –Contesta luego de mucho silencio.

¿Qué regalo vale tanto para desbancar a tu hermano mayor en minuto y medio? –Me tomo el puente de la nariz.

Estampillas del siglo XV. –Contesta sin más, juraría que se encoge de hombros y está haciendo puchero.

¡¿Y tienen diamantes, oro rosado o qué diablos qué las hace tan costosas?! –Chillo exasperado, Kriss necesita 10.000.000 de dólares para unas cosillas tan diminutas.

Son originales, Kyan, relájate. Son costosas por lo auténticas, lo preciadas y… porque son francesas. –Susurra lo último en un intento porque yo no coja el coche y vaya rumbo a la otra punta de la ciudad a matarla con mis propias manos.

¡¿FRANCESAS?! –Grito– ¿Sabes qué voy a hacerte en cuanto te vea? ¡Ahorcar tu precioso cuello blanco y sepultarte en China para que mamá no te encuentre! –Respiro agitado.

Kyan Ignacio Hughes, estás exagerando demasiado. –La voz de mi única hermana es serena– ¡Tienes que superar a esa absurda y ridícula francesa! ¡Mariza no vale ni la mitad de su existencia! –Grita devuelta. Suspiro, sé que mi hermana tiene razón, pero por Dios, ¡Soy Kyan Hughes! ¿Quién en su sano juicio me dejaría? ¡Nadie!

Te dejo, Kriss. A diferencia de ti, tengo trabajo que hacer.

Kyan, trabajas desde casa, eres un economista. Tu único trabajo es ver cuánto ganas y pierdes en un minuto y en qué puedes invertir un par de millones. Aparte, eres dueño de casi la mitad de las islas de nuestro alrededor. ¿Aún necesitas trabajar con todo el dinero que ya posees? –Suelta con aburrimiento.

Sí, no pienso perder mi posición social, soy un hombre respetado que siempre ha trabajado por lo que quiere. –Digo orgulloso de mis logros.

Trabajo: ver tu iPad o Mac para analizar ganancias, pérdidas e inversiones. ¡Cuánto trabajo! –Sarcasmo puro, eso es su comentario.

Lo dice una chiquilla de 16 años que se dedica a desbancar a su hermano mayor y a pedir más cosas de las que es capaz de pensar en una hora. –Ironizo.

Cállate. –Gruñe borde, sonrío. ¡Logré darle de vuelta su cucharada de realidad!

Me voy, enana. Tengo cosas que hacer. He quedado con un inversionista de vernos en un café. –Casi cuelgo cuando ella me detiene.

¡Espera! –Inhala. –Mamá me ha pedido que te invité, hoy a la tarde, sin falta. –Se impone.

¿Es algo muy urgente? –Inquiero queriendo librarme de la invitación.



Tina Pérez.

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En el texto hay: familia, dinero, comedia

Editado: 12.06.2019

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