Krang (el corazón de Ares)

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Traición

Allí estaba yo, con el corazón emocionado al escuchar la sinfonía del canto de los oráculos. Era una belleza incomparable. La hoguera delante de nosotras alzaba sus llamas con majestuosidad, disparando su lluvia de chispas por toda la tierra. Los pequeños aplaudían desde sus lugares con una enorme sonrisa de alegría mientras que, los adultos, con regocijo nos colocaban coronas de rosas en nuestra cabeza, bendiciéndonos. A cada lado de mi estaban repartidos los demás oráculos, mayores y menores, vistiendo de blanco y calzando sandalias, todos ellos mirando al cielo nocturno con orgullo mientras terminaban el himno de Dios.

Recuerdo bien este momento, nos celebraban nuestros 20 años de edad, la edad adulta según nuestros padres, según nuestros dioses.

La edad en la que tu propósito como oráculo empieza a cumplirse, eso dicen los ancianos. El propósito por el que realmente nacimos. Somos oráculos, pero no solo nacimos para tener visiones y protegernos contra toda amenaza, y salvar a nuestras estaciones, así como seres queridos. Existimos por un motivo más grande, para crear algo bueno en el mundo.

De acuerdo con las sagradas escrituras, el alma y cuerpo de los oráculos debían permanecer vírgenes hasta cumplir su mayoría de edad, que vendría siendo hasta los 20 años de edad, añadiendo que también debíamos estar comprometidos con otro oráculo después de eso. Solo así seguiría la sagrada bendición de que nuestro primogénito heredaría nuestro don.

Era esa la razón por la que todos los oráculos estaban tan ansiosos y nerviosos en esta noche, serian coronados para iniciar con su futuro existencial, por fin estarían con la persona por la que tenían fuertes sentimientos.

Yo tenía esos fuertes sentimientos ahora mismo.

Mire hacia las columnas de piedras y conté las escaleras que llevaban a su interior, sin tejado y paredes, con el centro detalladamente adornado por todo tipo de flores y velas. Recorrí a las personas que se apartaban delante de nosotros, y me halle pronto con Doeg. Mi corazón se aceleró, golpeó contra mis costillas robándome el aliento. Con aquella sonrisa tímida que pintaba sus bonitos labios rosados, él lograba muchas sensaciones en mí. Era un oráculo, y el más menor de nosotros, por minutos claro.

Adoraba sus ojos de avellana, en cuyo brillo se hallaba el reflejo de la hoguera. Todas las noches desde hace 4 años añoraba que él me viera de esa manera tan profunda. Deseaba que me sonriera y que pronunciara mi nombre como si fuera lo único que él anhelara decir. Sin embargo no era a mí a quien le sonreía así. Era fácil averiguar lo que Doeg pensaba, cada facción de su rostro era sincera y decía con una sola mirada lo que quería mostrar. En este momento, quien se hallaba reflejada en su mirada no eran más las llamas del fuego, sino Ruth. El oráculo tercero mayor, ella parecía corresponder los mismos sentimientos de Doeg. No le quitaba la mirada de encima.

No importaba cuanto latiera mi corazón acelerado, esta vez el sentimiento pinchaba contra mi pecho.

—Damos finalizada la ceremonia y libertar a nuestros benditos hijos del oráculo— Dictó Antonius, el general— y jefe— de la estación, vestía de gala con una rosa roja en su puño a punto de soltar sobre la hoguera—. Oráculos, desde este momento inicia su propósito.

— ¡Así es! —Gritamos al unísono. Al instante la rosa cayó, cada pétalo de ella se quemó.

Tras unos gritos de emoción, los oráculos varones fueron al encuentro de su pareja. Con lo apresurados que estaban, me sentí un tanto agobiada. Cada uno eligiendo una bonita oráculo mientras yo parecía ser apartada en las penumbras. Mordí mi labio inferior y tome mis manos, empecé a apartarme en lo que las parejas pasaban al centro del quiosco, para un baile. Pero, es entonces cuando una ancha y alta figura termina delante de mí, vestido de camisa blanca y pantaloncillos del mismo color. Con solo encontrar su intensa mirada sobre mí, repleta de un color grisáceo profundo, mi cuerpo empezó a sudar.

Core estiró una sonrisa torcida enviando un golpe de calor a mi cuerpo, inmediatamente, como reacción, mi piernas retrocedieron hasta que un brazo empujó mi espalda para regresar a mi lugar, delante de él. Cuando gire, me percaté de que, a la persona a la que le pertenecía el brazo, era a Sarah. Sonreía divertida, y con un guiño de ojo izquierdo se apartó de nosotros tomando el brazo de Kemuel.

«No puede ser, no puede ser, yo no quiero estar con Core», pensé.

Core era guapo, atractivo y si no fuera cruel, tal vez aceptaría con gusto el baile. Era perseguido por muchas de las adolescentes de la estación, y hasta de las mismas oráculos. No obstante, sabía la razón de porque estaba eligiéndome para bailar esta noche.

Sarah tenía toda la culpa.

— ¿No tomaras mi mano? — Su voz de tonalidades roncas delató mi nerviosismo en un respingón. Indecisa, observe sus largos dedos y su enorme mano—. Vamos Neriem.

Hice un mohín con mis labios, la forma en que pronunciaba mi nombre con tanto acento, no me gustaba. Tome su mano y sus dedos rodearon la mía con una delicadeza que, en respuesta, hizo correr por mi espina dorsal un escalofrió. Core me llevó hasta el quisco, pasamos con cuidado de las parejas. Quedamos en el centro y no supe que hacer. Pero, por el contrario, él deslizó su mano alrededor de mi cintura y de un fuerte tirón me acerco a él, golpeando estomago contra estómago, pecho contra...pecho.



Lizebeth Honny

#17 en Ciencia ficción
#199 en Fantasía

Editado: 26.03.2018

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