Krang (el corazón de Ares)

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Peligro

Un estallido provocó que cada mis músculos se sobresaltara, y fue suficiente para despertarme. En cuanto abrí los ojos, lo primero que vi fue la estructura de un edificio que apenas sobresalía de toda la arena que le hundía en sus restos, pero lo que escuche segundos después, fueron largos gruñidos que hicieron que cada centímetro de mi cuerpo se acalambrara.

Retuve el aliento, mis oídos zumbaron dejándose solamente guiar por el eco de esos mugidos aterradores.

Delante de nosotros, a unos metros, el cuerpo de una bestia deformada se acercaba con rotundidad. Su piel repleta de escamas negras resplandecía debajo de la luz naranja del sol, sus cinco largas patas eran peludas y asquerosamente gruesas, y al levantarse y caer a la tierra, producían aquel estallido. Con cuatro ojos rellenos de rojo en el centro de toda su cabeza, nos mantenía en la mira.

«Oh no, no, no, no, ¡vete, vete, chu-chu! »

—Chu-chu…

Lo que golpeó después contra mi cabeza me dejo perturbada. Atónita, contemple su larga hilera de colmillos manchados de sangre y con restos de prendas de sus víctimas anteriores.

Mis manos buscaron su chaleco, y cuando lo hallaron me aferre a él.

—Esta no tiene fragmento, parece ser solo una simple evolución— soltó el de ojos purpura, era el que más cerca estaba de la criatura. Formó una sonrisa, estirando sus comisuras de oreja a oreja, mostrando una escalofriante malicia.

—Tampoco estaría mal un poco de diversión.

El corazón se me aceleró cuando sus ojos zafiros pasaron a verme unos instantes. Al tiempo en que apartó la mirada, me soltó. El golpe que recibió mi cuerpo no fue mayor al dolor que oprimió mi estómago contra la tierra. Aquejumbrada, me removí y rápidamente me puse de rodillas observando como él y el otro Krang se acercaban a la bestia.

Dejándome atrás.

Un rugido brotó de la bestia, retumbando contra el suelo. Ambos Krangs se pararon delante de ella, con decisión. Retrocedí, en cuanto se lanzaron a correr al igual que la criatura, la esquivaron con un salto: un salto de grandes metros que duro segundos. Quede hipnotizada por la altura que habían tomado y la caída que terminaron haciendo sobre la bestia que, a pesar de todo, seguía corriendo en dirección a mí.

— ¡No vengas, no! ¡Chu-chu!

A tropezones me levante, y a pesar de que mi cuerpo no se había recuperado aun, seguí corriendo dejando mi corazón por los suelos. Mire a lo lejanos un montículo de rocas: una pequeña montaña. Lo tome como objetivo, podría escalarla y estar a salvo de ella.

Volteé, encontrándome con la fortuna de que la criatura había torcido su camino, y montados sobre su espalda estaban ellos. Para mi sorpresa, sacaron algo de la espalda de la criatura que, segundos después, comenzó a lanzar bramidos. Era una larga ramada de huesos que prácticamente constituían la espina dorsal, con restos de la piel de la bestia.

Mis piernas me temblaron, y sin embargo, no me detuve aun viendo que la criatura se abandonaba de golpe en la arena, y un montón de polvo se levantaba construyendo una capa alrededor de ellos, ocultándolos de mi vista.

Llegue al montículo y lo trepe, la respiración me pesaba, los hombros y espalda me ardían, pero seguí subiendo. Si esta era mi oportunidad para escapa, valía la pena arriesgarme.

Sabía que los Krang eran así o incluso más fuertes e intrépidos, triplicaban la fuerza de los humanos, como la leyenda de hércules el semidiós hijo de Zeus que con un solo dedo podía cargar sin esfuerzo una montaña de chozas. Eran semidioses de acuerdo a la cantidad de fragmentos que poseían en sus cuerpos. De hecho, habían sacrificado su humanidad para buscar los fragmentos del corazón de Ares y así, convertirse en dioses.

No conocían ni conocerían la buena voluntad, hacían únicamente mal y les gustaba hacerlo. Es por eso que en su mirada o en su rostro no se haya expresión alguna convergente a las cosas buenas, porque no tenían emociones o sentimientos.

No había un pasado en ellos, porque en el momento en que se sacrificaron, todos esos recuerdos les fueron arrebatados.

Al principio, se había creído que ellos decidieron sacrificarse para encontrar los fragmentos del corazón de Ares y así, encerrar a todas las bestias en las profundidades, para salvar a sus seres queridos. Al final, a estos sacrificados no les importaban los humanos, por eso el Todopoderoso creo nuestro nacimiento, para salvar lo que restara de los inocentes de esta plaga y la maldad de los Krangs.

No pude hacer nada después de todo, rescatar a mi gente. Hubo otra rebelión, una de mi estación, una de mis amigos, de los oráculos.

Jamás lo hubiese creído.

Unos brazos tomaron posesión de mi cintura, levantándome de lo que me quedaba por bajar del cúmulo largo de las rocas. Había estado a punto de cruzarla y talvez, perderme de ellos, pero fui demasiado ingenua olvidando lo rápido que eran.

— ¡Suéltame, suéltame! —Gruñí removiéndome mientras que él, en un solo salto, acabó alejándonos de la montaña y volviendo a donde mismo—. ¡Suéltame!



Lizebeth Honny

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Editado: 26.03.2018

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