Krang (el corazón de Ares)

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Temperatura

Neri — llamó aquella enigmática voz: tronada en tonalidades profundas y largas. Tan profundas y cálidas que me despertó con lentitud.

Abrí mis párpados aun apesadumbrada por lo poco que había dormido y, para mi horror, lo que encontraron mis ojos, es un segundo cuerpo recostado delante de mí.

Ella era de aspecto pálido, mejillas azuladas como si hubiese pasado la noche en un congelador. De ojos sin ni brillo, abiertos y perdidos, su nariz estaba manchada de sangre, sangre seca, y su boca ya estaba pintada de morado. Con su cabello todo marinado y pegajoso. Aun a pesar de su aspecto cadavérico, la reconocí.

Mi cuerpo reacciono bajo un escalofrió, el corazón cayó a mi estómago. De mi boca un grito brincó rasgando mi garganta mientras me apartaba y me recorría debajo de esa mirada. Estaba recostada sobre su costado, su mano casi empuñada, la forma acomodada de sus dedos me decía ella había estado sosteniendo algo en su puño. Por atrás de su cuerpo, algo se entrometió: unas delgadas y largas patas de arácnidos de color blanquecino, le trepaban por encima de su mejilla y hombro.

El intruso tenía una forma similar a un triángulo, poseyendo solo un ojo en el centro de su cuerpo color magenta, su boca era el más raro detalle que antes nunca había visto, sin colmillos o dientes. Trepo hasta su pecho y se detuvo en un segundo por encima de éste. Cada una de sus diez patas se separaron, y su cuerpo se inclinó, el ojo parecía revisar el rostro de ella y, entonces, como un cargador, por la parte inferior de su cuerpo saco dos largos filos que sumergido en la piel de la chica.

— ¡No, aléjate de Obed! — chillé, por segunda vez reaccione y acerque para apartar al intruso, pero cuando mis manos se acercaron, ella desapareció. Su cuerpo se esfumó.

Así sin más, ella ya no estaba frente a mí. Las palmas de mis manos tocaban la estructura fría de la pared. Su imagen me había dejado fuera de mis sentidos, no podía sacarla de la cabeza, su aspecto, sus ojos, su olor a muerte.

— ¿E-esto es una... una visión? — Mi propia pregunta causó el estremecimiento de mis extremidades: hizo que soltara una fuerte exhalación antes del sollozo. La congestión atacó mis ojos y retrocedí, mi espalda entonces chocó contra algo duro, y una mano en mi hombro hizo que respingara.

Gire encontrándome con su sombría mirada, dejándome atascada entre la imagen del oráculo y la de él. El miedos ataco, susurrándome que él había escuchado lo que dije aun cuando sus ojos parecían dos pozos vacíos.

—Toma —dijo y reconocí el quiebre el tilde ronco de su voz: como la voz que me había despertado. Pero que, a comparación de su voz, la voz que había logrado que despertara, se sentía mágica, estaba segura que la había escuchado solo en mi cabeza.

Le vi durante largo tiempo, examinando su voz, examinando ese rostro, sin embargo, él parecía sumergido en sus propios pensamientos.

Estirando su brazo desde esa altura reconocí la nueva lata que su mano apretaba y me ofrecía. Para tomarlo, mis dedos rozaron el torso de su mano, lo que pareció haber ocasionado una mayor reacción en él que en mí.

Mis dedos saborearon la estructura densa de la lata, tan diferente a las anteriores y con un poco de óxido en su parte frontal sobre la etiqueta borrosa.

Sin ni un pio, él se retiró el palpitar de los tacones de sus botas varoniles, retumbó durante su camino, provocando un denso escalofrió arrastrarse por mi columna.

Entonces, cuando desapareció, me pregunte si de verdad había tenido una visión de Obed, y si resultaba que había sido exactamente eso, entonces ella seguía viva y estaba en peligro.

—No, debe haber un error en esto— musite. Definitivamente lo había, mis visiones no entraban en el momento justo en que alguien moría, siempre mostraba el proceso que llevaba a alguien a morir y al culpable. Además que después de cada visión terminaba señalando los días con mis dedos.

Claramente podría haber sido una clase de ilusión, alguna sustancia de mí cerebro maniobrando contra mí a causa de todo lo que me había sucedido, para torturarme, porque no había números: no había nada que me dijera cuantos días faltaban para la muerte de Obed.

—Eso debe ser.

—Y que seas una loca, también lo es.

Ella había vuelto aparecer en el umbral, recargada a brazos cruzados sobre su pecho, me miraba. El color de sus ojos resplandecía al igual que la marca por encima de su pecho, casi del mismo color. Sin duda alguna, parecía tener un gran problema con mi existencia.

— ¿De qué tanta porquería estás hablando sola, sustancia creada para torturarte? Ja.

Sentí un tornillo caer de mi cabeza a la boca de mi estómago, atrancándose entre sus músculos y quedarse ahí, haciendo un gran año. No me había percatado de que se me ocurrió pensar en voz alta.

— Cállate, quieres, no dejas que descanse en mi turno porque tu voz se escucha del otro lado—escupió y me atragante inmediatamente. Su par de ojos rotaron mientras giraba sobre su propio eje y se marchaba—. Si no te callas, si escucho si quiera tu voz te aseguro que te rompo la boca.



Lizebeth Honny

#15 en Ciencia ficción
#194 en Fantasía

Editado: 26.03.2018

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