Krang (el corazón de Ares)

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Oráculo

Temblaban mis rodillas, el cuerpo me traicionaba, pero a pesar del temor, una parte de mí gritaba que esta era la oportunidad. La respiración se me volvió pesada, y mis músculos, rígidos debajo del vestido. Forcé a mi mano empuñar el metal, solo esperando a que los últimos pensamientos terminaran cayendo de mi cabeza para atacar.

No sabía que ocurriría con mi enfrentamiento. Sabía que si fallaba, él me quitaría la vida.

Aun cuando no era la más inteligente y actuaba la mayor parte del tiempo por impulso, de cualquier forma yo tenía que intentarlo.

Un pequeño estremecimiento, y arrastre el aire hasta mis pulmones, vacilando, moví los pies, luego todo mi torso se torció al instante en que con una fuerza bruta levante mis brazos. En ese momento no me hacía falta luz, además del brillo en su pecho, sus enigmáticos zafiros me decían el lugar en el que él estaba.

Creí que lo derrotaría.

No imagine cuán equivocada estaba.

Sus zafiros desaparecieron al igual que su resplandeciente marca de mi vista, fue como una distorsión de luces, y luego solo la oscuridad y mi mano tocando nada. Lo siguiente que espere fue uno de sus agarres, pero nada de eso llegó.

Lance la mirada a todas partes, en su búsqueda. Y al no hallarlo, me sentí paranoica, enloquecí y golpear la nada con mis brazos fue como un balde de fría cayendo por la espina dorsal.

Oscuridad, silencio y nada más que eso. Exactamente la combinación más horripilante, sabiendo que él seguía en alguna parte, observándome, y quién sabe qué haría después.

— ¡Muéstrate!

Nunca me había aterrado tanto como ahora.

Di tantos pasos hacia atrás tan pronto su risa diabólica emergió entre la profundidad de la cueva, alzándose tan alto como para caer solo sobre mí.

Me pregunte por cuánto tiempo había estado lanzando el puño, no lo sé, pero los segundos parecían ser largas horas, y aun cuando su risa había desaparecido, sentía su presencia y una sonrisa de malicia en alguna parte de la cueva.

Abrí mis ojos, sin tomar alguna decisión solo deje que mis piernas empezaran a echarse a correr, fue ahí cuando, aunque fuera un instante, mi hombro golpeo contra algo blando. Solté un estridente alarido, cuando de repente, mis pies dejaron de tocar el suelo. Mi cuerpo se había levantado y mi espalda y cabeza habían recibido todo el dolor.

En mi cabeza, la imagen de mis padres llegó, iluminando por un segundo mi mente para al siguiente esfumarse y dejar en su lugar, susurros de mi pasado.

— Entonces no te rendirás.

Vacile al escuchar su voz tan cerca de mí, y su aliento acariciando mis labios llevo a crear un nudo en mi garganta. Y abrí mucho los ojos solo para saber que los suyos estaban ahí, delante de mi: eran tan inquietantes y escalofriantes, enigmáticos, sí, esa era la palabra correcta.

«Enigmáticos par de ojos zafiros»

El peso en mi vientre hizo que vislumbrara el momento de encuentro entre Isca y yo. Ahora Kalai estaba sentado sobre mí, su mano sin duda tenía mis muñecas por encima de mi cabeza.

—No—gemí antes de gritar: —. ¡Solo quiero que me dejen ir!

Mi voz rebotó, se reprodujo en tonalidades fuertes y delgadas que nos abandonaron para recorrer el final del pasillo. Sentí mi pecho oprimirse delante de esa perturbadora mirada que solo observaba.

— ¿Por qué me tienen que tener presa y para qué?

—Te volviste interesante, y algo que nos interesa nunca se suelta de nuestra mano.

Me costó trabajo reaccionar a eso. Había ira en el centro de mi estómago, elevándose como espuma por la boca de éste hacia el esófago. Iba a escupirle.

— ¡Quiero que me dejen ir!

Sus zafiro se elevaron, ya no me miraba a mí en ese instante—Iba a dejártelos para divertirme, pero supongo que estoy arriesgándome contigo—soltó dejándome aturdida. Sin embargo, aquel sentimiento no duró demasiado cuando algo frio se coló a través de mi vestido: desde la tela rota, rozando mi estómago y contrayendo cada musculo pequeño de éste, haciendo un nudo en mi intestino.

Fuera de esperarlo, gran parte de su rostro empezó a iluminarse mientras cada vez más se acercaba a mí: su cuello, hombros y parte de su pecho también se aclaró. Llamas de densa estructura y color azuloso había hecho su aparición alrededor nuestro, brotando en el aire. La posición de estas con las tinieblas lograba colorear sombras perturbadoras en el rostro de él, pero no tanto como la sombra que remarcaba el estirón de sus comisuras convertidas en una escalofriante sonrisa suya.

Ahogue un gemido, el cuerpo se removió: mis manos desearon zafarse de su agarre cuando sintieron sus dedos seguir rozando mi piel, bajando por mi vientre.

— ¡Su-suéltame!

Sacó los trozos de lata, y cuando los enseñó, acercó su rostro a centímetros de mí, enseguida vi como su brazo— aquel de aspecto negro—, se acercaba a mí y, levantaba una sola garra, rozó la piel de mi mejilla. Al instante el ardor hizo presión en ella. El quejido salió al torcer mi boca y apartarme de su mano.



Lizebeth Honny

#14 en Ciencia ficción
#160 en Fantasía

Editado: 26.03.2018

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