Krang (el corazón de Ares)

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Presencia

De momento los mareos se aprovechaban de mí, y en tanto los susurros parecían querer rodearme, mi mente divagaba en borrosas escenas turbias y tormentosas.

Habían pasado unas horas desde que dejamos la montaña donde por la noche descansamos. Para mi lamento, no había podido consignar el sueño en ningún solo instante. Estaba aterrada y aún seguía un poco asustada de que en cualquier momento termináramos siendo rodeados por ratas gigantes. Y estaba segura que esta vez, Kalai no me salvaría.

No después de lo que anoche había acontecido y cuando, disfrute a verle dado la espalda tras no querer responder a todas mis preguntas.

«Idiota».

«Perdón Todopoderoso, no puedo ignorar el hecho de que en verdad lo sea».

Me había recordado a cuando Core hacia comentarios referente a Doeg y Ruth, algo que llegaba a lastimarme demasiado y que, por su sonrisa, me daba a entender que me lastimaba. Al igual que Kalai aparentando disfrutar el momento en que torturaban a mi gente.

Solo de pensar que estuvo ahí y fue parte del horripilante escenario. Me hacía perder la cordura.

«Monstruo».

Tropecé repentinamente, mis manos volaron hacia enfrenté en tanto caia y estas golpearon a palma abierta el suelo rocoso. Solté un chillido entre mis dientes, al menos aquel golpe no lo había recibido mi cuerpo.

Rápidamente me reincorpore y eleve la mirada, él ni siquiera se detuvo a saber si con eso basto para echarme a correr lejos de él. Bien sabía que no lo haría, mucho menos cuando no hay montañas a nuestro alrededor y solo montón de tierra.

Sacudí las manos aunque eso no me ayudaría en nada, las tenía demasiado sucias al igual que el resto de mi cuerpo. Sin dudarlo seguí la misma dirección aumentar la velocidad un poco para llegar a medio metro de sus talones.

Observe que con las siguientes pisadas nuestros pies empezaban a hundirse, el peso del caminar fue un estorbo para poder seguir sus pasos que, me pegunte qué clase de tierra era esta o también, qué era todo este lugar antes del caos.

Podrían ser arenas movedizas sin embargo, no nos mantenían inmóviles y tampoco hundían todo nuestro cuerpo. Pero, por otro lado, mientras seguíamos caminando, llegó un momento en que mis pies descalzos al sumergirse en la arena sintieron dureza y suavidad, algo que a la vez resultaba ser extraño.

Fruncí el entrecejo y no me moví de ese sitio, hice que mis pies pisaran una y otra vez aquello debajo de la arena y entonces, escuche un crepitado.

La curiosidad se prendió en mi cerebro. Me incline hacia adelante casi por encima de mis rodillas y, con mis manos aparte la arena a los lados.

Una funda cristalina fue alumbrada por la luz de la mañana, llevaba en su estructura largas y delgadas grietas por donde la arena terminaba resbalando a su interior.

—Dios— Seguí tallando, dejando que los pies dieran otro paso solo para descubrir que las gritas se alargaban debajo de la arena que pisaba.

Inmediatamente un rugido envió mi mirada hacia adelante. La sopesa me lleno cuando vi que en sus cuatro patas peludas color naranja el León recorría de un lado a otro frente a Kalai. Sus gruñidos gatunos eran leves y andaba con la cabeza gacha y la mirada en él.

Lo primero que pensé fue que habíamos pisado su territorio, lo segundo es que seguramente ya nos había techado el colmillo para su próxima comida.

—Ah...—Solté pero no hable más cuando me percaté de que mi brazo estaba estirado y mis manos buscaban el cuerpo de Kalai. Lo retire inmediatamente. Estaba asombrada, sin embargo preocupada de que en un santiamén se echara encima de nosotros, aunque debía admitir que seguramente atacaría a Kalai ya que yo estoy muy apartada.

Sus garras se abren apartándose de su palma, observo de qué manera brillan bajo la luz y como su brazo se levanta tan amenazadora sobre la mirada del León.

Hasta ese minuto no había hecho más que gruñir y pasear de un borde a otro, pero no estaba atacando. A mi mente llegaron unas historietas que los ancianos nos contaron cuando niños. Hablaba sobre todo tipo de animales que antes de todo el desastre de Ares, existían. Uno de ellos eran los Leones. Y aquí, frente a nuestros ojos, había uno con vida.

—No lo mates—Indique dispuesta a enfrentarlo—. Están en extinción.

—Me pregunto si dirás lo mismo cuando te esté persiguiendo.

Aquellas palabras quedaron amortiguadas cuando, inesperadamente, el sonido bajo mis pies se extendió con un estallido que dejo a mi cuerpo en la gravedad por solo un segundo antes de que terminara cayendo en la profundidad que se desataba debajo de mí y la que se desataba sobre mi grito.

El golpe que terminó atravesando cada miembro y hueso de mi cuerpo me dejo inmóvil sobre una gruesa masa fría y húmeda, sin embargo tan rápido como lo sentí, fue como deje de sentir todo a mi alrededor, me olvide de lo que me rodeaba mientras la mirada caía en nubes grisáceas y mi mente era enviada lejos.

Al tiempo en que mis neuronas seguían noqueadas, mis oídos cautivaban una voz que iniciaba baja y terminaba rasgándose en varias tonalidades gruesas y potentes. El eco que producía se quedaba atascado entre las zonas de mi cabeza, golpeándome una y otra vez.



Lizebeth Honny

#16 en Ciencia ficción
#175 en Fantasía

Editado: 26.03.2018

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