Krang (el corazón de Ares)

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Visión

En su momento, todo fue oscuridad. El calor abrazador de su piel, aquella suavidad que con un solo toque se estremecía debajo de su agarre— y que ese hecho lo volvía loco—, aquellas sensaciones que lo obligaban a quebrarse delante de ella se fueron, cada parte de sus expresiones que lo perturbaban y lo debilitaban desapareció dejándolo en un desierto de un solo color a muerte. Su mente había grabado el ultimo mirar angelical de aquel ser tan inocente e impecable al que le pertenecía desde que nació. Ella ya no estaba en sus brazos, en sus brazos solo había soledad.

Maldición, malditos bastardos—La desesperación lo hizo apretar los puños, la furia que había emergido en su interior hizo que la bilis brotara con un asqueroso sabor y consumiera los músculos de su garganta.

Justo en ese momento cuando ella más parecía necesitarle, cuando su vida peligraba bajo la amenazante visión en la que él vio que se adentró, se les ocurrió también a los dioses traerlo de vuelta a esa odiada visión que desde el momento en que la encontró en los brazos de su compañero, la tuvo. Y desde ese entonces, en adelante, sus pesares salieron, esas cadenas del tormento de los que ni él mismo llegó acordarse, y se debía únicamente a que se sacrificó como Krang.

Hoy no— Gruñó con el deseo mismo de regresar y salvarla. Para él ese anhelo de protegerla a toda costa, había nacido desde un principio pero era apenas apacible en ese entonces, que podía ignorarla, sin embargo, tomando en cuenta que era algo que le enfurecía admitir solo porque lo hacía parte de su debilidad, ahora, cuando con su acercamiento y presencia él había recordado parte de su pasado, ese anhelo se fortaleció, amenazando con destruirlo, con absorberlo todo y no dejar ni un rastro de él.

La cosa era también, que a pesar de que odiara tanto sentirse tan atraído a ella de una forma que lo desquiciaba y que lo humillara derramando una parte suya que no conoció hasta ese momento, a la gran parte de su cuerpo le extasiaba tenerla en brazos, no podía destruirla, no podía abandonarla, no quería hacerlo y no lo iba hacer.

Ahora Neriem era toda suya, y no importaba cuando ella le pidiera alejarse o quisiera huir de él, él no la dejaría ir, aunque eso ultimo estaba claro en él que no sucedería, la tenía tan enredada en sus garras y ella a él en sus brazos que era imposible que sus caminos volviesen a separarse.

¿Pero, entonces por qué si no la iba a dejar marcharse seguía perturbándolo esa visión y esa voz?, ¿por qué aquellos susurros le advertían que no lo hiciera, y por qué, de tal manera que la visión seguía tocando a su cabeza, él parecía tomar ese camino?, ¿qué lo arrastraba que se sentía como si él desde un inicio había decidido abandonar a Neriem?

Su cuerpo actuaba por impulso, sus pies lo guiaban a esa visión. Kalai estaba seguro de algo, y era abrumador pensar en ello y no poder hallar todas las respuestas al instante pero, era ella, ella era la razón de porque él había olvidado el motivo ideal de por qué iba en esa dirección. Algo, alguna memoria se remplazó con la promesa que él se había hecho hace un tiempo.

Podía deberse a que él tenía un plan desde el momento en que la encontró, no cumpliría el absurdo propósito del Todopoderoso por el poder que él quería tomar en el mundo, pero se quedaría con la mujer para él, en todo caso, le había dado dos golpes a los dioses que seguramente era la razón por la que le advertían de la visión, lo querían perturbar, confundir, pero ese era otro misterio. Kalai no sabía si lo confundían para cumplir la misión y abandonarla, o no cumplirla y dejarla a su lado. Empero a eso, solo era una idea, una idea en la que él no creía del todo, y eso solo lo frustraba de manera que le hiciera enfurecer porque no podía tener una respuesta clara de lo que se trataba, de lo que él quería ahora que tenía a Neriem a su lado, y de lo que los dioses hacían con ellos.

Maldito destino escrito. Si algo sabía Kalai, es que si su destino no estuviera escrito, de alguna forma él sabía que si Neriem se encontraba en su camino, estaría cayendo en esos delgados brazos una y otra vez a pesar de todo, porque al final no se trataba solo de un destino escrito, se trataba de que había encontrado su necesidad en ella, su debilidad y fortaleza: una razón de perder la cabeza que no logro suceder con otras. Porque cuando él le miraba a los ojos, esa mirada tan dulce como la miel, todos sus pensamientos desaparecían, se hundían en la nada y lo hacían sentir a él salir del fondo de su agujero desértico y de secos colores.

Pese a su ira que empezaba a culminar el color de su enigmática mirada, Kalai entorno la mirada a su alrededor en busca de las escenas, esas que hasta en los pocos tiempos que él tomaba el sueño, los tenía.

—Te estas acercando Kalai hijo de Dan…

Otra vez esa voz varonil tan asquerosa, él sabía a quién le pertenecía, se trataba de aquel ser del cielo que una vez se había presentado ante él la noche en que Nariem fue llevada a su cueva. Ángel Gabriel si mal no lo recordaba, el angelito favorito de los dioses, el que cumplía tareas solemnes de forma impecable y todo le era concedido porque podía cumplirlo en un tiempo favorable.



Lizebeth Honny

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Editado: 26.03.2018

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