Krang (el corazón de Ares)

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Chaleco

La lata rodo delante de mis pies después de que con su rebote dejara fluir golpes huecos alrededor, golpes que en segundos son sustituidos por una vibración de la tierra. Mis manos buscan atarse a las asas de la mochila, y con preocupación mi cuerpo retrocede al temblor que va tomando gran posesión debajo de nuestros pies.

El sonido de la naturaleza, sus gritos desde el fondo de la tierra siendo quebrantada por un terremoto me estremece, Kalai que había tomado gran parte del camino delante de mi, se vuelve con sus llamas persiguiéndole. Sus ojos revolotean, con severidad revisan las montañas que nos rodean, el peligro que parece querer desparramarlas sobre nosotros dos. Me toma de la cintura, una idea de que saltara brota en mis pensamientos, mis brazos lo rodean del cuello, pero es hasta ese instante en que todo se silencia.

Muere en el vacío.

Recordé la última vez que un terremoto había tocado el mundo, fue cuando nos defendimos del último ataque de una manada de creaturas feroces y carnívoras del inframundo, nos había derrumbado una de nuestras murallas con su potente fuerza, y recuerdo que toda la gente no había pegado un ojo en los primeros cinco días por reconstruir nuestra protección. El ultimo día en que los soldados se levantaron con sus armas en las torres para vigilar, los ancianos nos revelaron que este mundo bramaba angustiado e iracundo, y que una de las formas en demostrar su dolor y rabiosa decepción a lo que lo aprisionaba en la actualidad, eran los terremotos, grandes catástrofes naturales como tormentas acidas o de arena, entre otras que hasta hoy no conocía.

Muy pocas veces me había tocado experimentar la tormenta acida en mi estación, los dioses eran buenos con todos nosotros de tal forma que la tormenta acida nos dañaba menos de lo que destruía fuera de nuestras murallas. Rumores decían que las tormentas acidas eran las más peligrosas de todas, desbarataban los cuerpos en cuestión de minutos, quemándolos, absorbiendo la piel, carcomiendo los huesos y volviendo cenizas los órganos. No solo cuerpos humanos, sino todo objeto que se encontrara debajo de ella.

—Andando.

Obligada a caminar, sentí las rodillas flaquear, mi cuerpo, en tanto caminó, respingó en segundos a causa del inesperado colapso de una de las montañas que nos cubrían por detrás. Salí disparada sin mirar atrás, pasando de largo a Kalai antes de que fuera el muro de arena cubriéndome el cuerpo, y seguí retrocediendo cuando esta se balanceo de tal forma que convirtiera a Kalai en una sombra.

Sus ojos zafiros resplandecieron desde esa profundidad neblina naranja junto con la marca en su pecho, antes de revelar su imponente cuerpo en un firme caminar. Debía estar acostumbrado a estas catástrofes, aunque era obvio que aun acostumbrado, por ser Krang, el miedo no lo impulsaría a correr del peligro como a mí. No muy convencida trate de componerme, de ignorar aquello que mi mente se imaginaba aun cuando no había sucedido: toda una montaña aplastándome el cuerpo. Sacudí esos pensamientos cuando Kalai me tomó con delicadeza del brazo, subí el rostro para que nuestras miradas congeniaran y le sonreí, algo que pareció inesperado para él, aunque no hubo mucho cambio, fueron sus parpados expandiéndose con esa lentitud los que me dijeron su poco desconcierto. Pronto, es son sus garras quienes toman mi mentón con cuidado y su rostro el que se inclina hasta desvanecer nuestros espacios personales, y no dejar rastros de este.

Mis intestinos sintieron el estirón antes de ser invadidos por un montón de bichos aleteando subiendo hasta ahuecarse en mi estómago cuando él roso sus labios con los míos.

—A punto de ser aplastada, y sonríes.

La acaricia de su aliento me adormece los sentidos:

—Sonrió porque no te pasó nada grave.

—Sera difícil que suceda—Susurró mucho antes de sellar nuestras bocas con un apasionado beso donde mis huesos se derriten, donde me vuelvo agua como si su toque fuera nunca antes hubiera sido sentido por mi cuerpo, como si esta fuera la primera vez que me tocaba, reviviendo los mismos sentimientos de las anteriores veces en que me acariciaba así.

Este nuevo Kalai me gustaba demasiado, como se dejaba enredar al igual que yo en sentimientos que crecerían poco a poco y se entrelazarían un amor por toda la eternidad. Acaricie su mejilla con una delicadeza que le hizo cerrar sus preciosos ojos delante de mí, mis pensamientos se llenaron de muchas preguntas, muchas que aún no estaba segura de poder hacer, y una de ellas era sobre el propósito.

— ¿Aun no has recordado un poco más de tu pasado? Quisiera saber más de ti.

Se separó apenas unos centímetros donde dio lugar a su profunda mirada que me analizaba con plena atención, pero hubo un extraño silencio que se adueñó del tiempo, que detuvo alrededor, acaricio mi mentón y deslizo sus dedos hasta por detrás de una de mis orejas:

—Conoces lo suficiente de mi presente, ¿no es eso suficiente? — A pesar de que no lo había dicho en tonalidades llenas de intención de herir o dado una mirada de indiferencia o frialdad, sentí una opresión en mi pecho—. Lo que sabes, es lo que debes de saber.

Mis ojos le siguieron en su alejamiento, su espalda fue lo que termine contemplando con un nudo en la garganta, lo ignore, porque eso era lo que tenía que hacer, ignorar mi sentimentalismo y ser fuerte cuando sabía bien que esta clase de cosas sucedería en el transcurso de mi camino. Resople largo y camine hasta llegar a su lado dándome cuenta de que, con extrañes sus llamas, todas, habían desaparecido, tal vez porque ya no corríamos peligro, aunque no me sentía segura.



Lizebeth Honny

#12 en Ciencia ficción
#149 en Fantasía

Editado: 26.03.2018

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