La Biblia de los Caídos

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Versículo 11

—Si cortas ese cable saltaremos por los aires —dijo Abel.

El novato retiró los alicates del cable rojo.

—¿El azul, entonces? —preguntó con voz temblorosa.

Abel se quitó el casco reglamentario y tomó una honda bocanada de aire.

—Aún no lo sé, maldita sea —gruñó—. Necesito tiempo.

El novato miró el temporizador. Quedaban menos de dieciséis minutos, pero no dijo nada. Abel se concentró en el explosivo. Era el artificiero con más experiencia del cuerpo, y si él no daba con el modo de desactivar la bomba, nadie lo haría. No había dormido bien, estaba irritable, furioso consigo mismo por no dar con la solución, y la presencia del novato no le ayudaba. Entendía que estaba aprendiendo, que las prácticas en el SEDEX, la Escuela del Servicio de Desactivación de Explosivos, eran muy diferentes a una situación real, pero eso no cambiaba el hecho de que no tenía tiempo para jugar a los profesores. Solo quedaban minutos para la detonación.

—Necesito despejarme —dijo el veterano—. Tráeme un café bien cargado.

El novato puso mala cara, pero desapareció de la vista de Abel, que era lo importante. Ahora podría centrarse en el complicado artefacto que estaba adherido a uno de los pilares centrales del Puente de Toledo. Si no espabilaba, en catorce minutos, el arco central de medio punto se convertiría en un montón de escombros, destruyendo gran parte del puente de estilo barroco que llevaba casi tres siglos atravesando el río Manzanares.

Examinó de nuevo el explosivo. Era condenadamente complejo, sofisticado, todo un reto para él. Pero alguno de esos cables tenía que ser una toma de tierra, era cuestión de dar con él. Se esforzó más.

Su cabeza no estaba a la altura. Hacía menos de cuarenta minutos que había salido de la cama. Su jefe le había estado llamando al móvil hasta que logró despertarle. El veterano contestó de mala gana, necesitaba dormir un mínimo de ocho horas y le costaba conciliar el sueño, pero en cuanto entendió que no se trataba de un simulacro, se vistió tan rápido como pudo y acudió al Puente de Toledo. La policía, la Guardia Civil y los bomberos ya habían acordonado la zona. Todos le esperaban a él.

Se enfundó en el uniforme de artificiero. Casi cincuenta kilos de peso destinados a protegerle de la onda expansiva de una bomba. El cansancio y el casco, de casi quince kilos, le impedían concentrarse adecuadamente. Las fuerzas de seguridad allí apostadas le hicieron un pasillo hasta el explosivo, donde le aguardaba un manojo de nervios con la forma de un joven novato.

Lucía un sol cegador aquella mañana, deslumbrante y muy molesto. Abel echó en falta la protección de sus gafas oscuras. Doce minutos para la explosión. Y no había avanzado nada. No entendía por qué le costaba tanto descifrar el mecanismo. Ya se había enfrentado a casi todos los explosivos conocidos en sus más de quince años de servicio, no podía ser tan difícil.

Le palpitó la espalda. Fue un latido a lo largo del enorme tatuaje que desde hacía dos años ocultaba siempre tras la ropa. Era una sensación que nunca había experimentado antes, pero que sabía que tenía que llegar antes o después. Los últimos meses casi se había olvidado de ello, casi había logrado engañarse a sí mismo imaginando que todo había sido una pesadilla, un mal sueño sin consecuencias. Por desgracia no era el caso.

El símbolo de su espalda volvió a temblar, con más fuerza, implacable, recordándole que no se trataba de un sueño, que todo era real, que hay deudas de las que no se puede escapar. Abel miró a su alrededor; solo vio a agentes de policía y bomberos, pero eso no le tranquilizó.

Diez minutos, y bajando. ¡Menuda putada! Puede que le diera tiempo...

Entonces lo vio. Apenas una silueta, una sombra alargada en la distancia, más allá de la zona cercada por las autoridades, algo lejos. Y sin embargo no había confusión. Era él, su destino, una cita inevitable.

Se sacó de encima el peto y todas las partes que pudo del pesado uniforme y salió corriendo.

—¿Pero se puede saber a dónde vas? —le gritó el novato, que le traía el café.

Abel corrió más, salió del perímetro de seguridad. El símbolo de su espalda vibró y el artificiero supo en qué dirección correr. Torció a la derecha y callejeó, guiado por una atracción que no comprendía. Al final entró en un edificio de viviendas y bajó al garaje. Las puertas estaban abiertas.

Le encontró entre dos coches, en un rincón apartado, lo más alejado posible del sol, como siempre. No estaba solo. Una mujer con una chaqueta de cuero le ayudaba a tenerse en pie. De no ser otras las circunstancias, Abel habría dedicado mucha más atención a una preciosidad rubia como aquella.



Fernando Trujillo Sanz

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En el texto hay: biblia, misterio

Editado: 26.02.2018

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