La bola de nieve ©

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La bola de nieve

Inmersa en las tareas del colegio, las Navidades me alcanzaron antes de lo previsto.

Luis había mantenido las distancias conmigo, mientras que a algunos compañeros los trató a veces con una crueldad excesiva. Nunca le vi insultar a nadie, pero tampoco le hacía ninguna falta. Además, no toleraba los errores ni accedía a aclarar duda alguna que surgiera de unas explicaciones parcas escupidas con una expresión sombría. No entendía el por qué de su actitud, si no era a él a quien habían partido el corazón.

La cena de Nochebuena precedía a una fiesta a la que, por primera vez, no quise asistir. Aproveché para ir al salón del segundo piso a leer un rato frente a la chimenea. De camino no pude evitar mirar hacia el pasillo que conducía hasta el despacho de Luis, ni tampoco los recuerdos. Ningún beso me había gustado más que el suyo, como ningún rechazo me había hecho más daño.

–No deberías estar aquí.

Di tal respingo que a punto estuve de lanzar el libro. Luis salió de las sombras y la luz del fuego me mostró su rostro. Nunca antes le había visto tan angustiado.

Me acerqué a él muy despacio. Esperé que se moviera o que hablase, pero no hizo otra cosa que seguir mirándome con aquellos ojos tan negros. Levanté un brazo y rocé el suyo con las yemas de mis dedos, y su única respuesta fue cerrar los ojos, así que trepé con ambas manos por su cuerpo hasta dar con su cuello. Entonces, él me rodeó con sus brazos y los dos nos besamos.

En esos momentos me daba igual que solo me deseara, lo único en lo que podía pensar era en las ganas que tenía de estar con él de una vez. Y cuando se dejó llevar al sofá y se colocó sobre mí, supe que por fin iba a pasar. Tuve que guiarle y que recordar que era su primera vez, y que contener mi decepción por ello, pero fue el momento más íntimo, tierno y de mayor conexión que había experimentado.

Apoyó la cabeza en mi pecho y ambos nos sumimos en el silencio. Tenía miedo de que aquello no fuera a repetirse, así que me centré en disfrutar de su cercanía mientras pudiera hacerlo. De un momento a otro, se incorporó lo justo para mirarme a los ojos. Si aquello solo era deseo, era el mayor deseo que nadie había sentido jamás por mí.

–Quiero ir a tu cuarto –susurré.

–Yo quiero que estés solo conmigo.

El pecho se me hinchó de tal modo que necesité suspirar.

–Olvídalo –pidió, tratando de levantarse–. Ana, por favor, no puede ser.

–Sí que puede ser. Ya soy mayor de edad y este mismo año termino, Luis.

–Sigo siendo tu profesor.

–Por poco tiempo. Claro que puedo estar solo contigo. Si ese era el problema, podrías habérmelo dicho.

–No era solo eso. No es lo mismo para ti que para mí, Ana.

–Ya lo sé, pero no me importa. Solo me importa estar contigo.

Sus ojos se llenaron de odio.

–¿Qué pasa? No voy a pedirte nada.

–¿Qué me pedirías?

–Nada –aseguré–. Me basta con estar así juntos, de verdad.

Pareció comprender algo de repente y se sentó en el sofá. Estaba como conmocionado, igual que si acabase de recibir una noticia increíble. Entonces me di cuenta de lo que quizás ocurría en realidad.

–¿Me quieres? Porque yo a ti sí, Luis. Muchísimo y desde hace demasiado tiempo.

–Pero no me conoces –repuso.

–¿Dudas de mí?

–Dudo de que alguien pueda… –Suspiró y se fijó en el fuego.

–No digas tonterías. Eres un poco difícil, pero creo que tienes mucho que ofrecer. ¿Me das una oportunidad para comprobarlo?

Me volvió a mirar y recuperé su amor. Cuando le propuse de nuevo ir a su habitación, él aceptó. Allí, en su cama, pusimos a prueba nuestra imaginación y nuestras necesidades hasta caer rendidos. Nos acomodamos encajados el uno en el otro, con su respiración en mi cuello, y me sentí profundamente feliz. Una sensación por la que merecía la pena vivir y que se repitió cuando me desperté y le vi allí, a mi lado.

Él tampoco quería separarse de mí, pero no había más remedio. Y me propuse aguantar hasta después del almuerzo, pero no pude. Sin embargo, su despacho estaba vacío. Ya había entrado, así que me paseé por la estancia, su mundo, el lugar en el que más tiempo pasaba, y acabé sentada en su sillón. El cuero crujió igual que cada vez que él me había recibido allí.



Lucy Valiente

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Editado: 21.11.2019

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