La buscaproblemas y el medio lobo

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El retrato de Percival Pratt

Eran las nueve y media cuando se encontraron en uno de los descansos de la gran escalera. Simon se levantó la capucha de la túnica, estaba sonriente.

―¿Otra vez esa estúpida túnica? ―su sonrisa se borró.

―Es una buena túnica de viaje piel de dragón, Vio...

―A mí me gusta ―dijo Abeill. Ella y Violet tenían botas negras idénticas buenas para aguantar en el barro.

―A mí también me gusta, sólo estás celosa ―dijo David, que no le temía a los duros comentarios de Violet. Él se le adelantó a Abi, contento de que fuera su turno esta vez. Se aclaró la garganta y miró alrededor para asegurarse de que estaban totalmente solos.

―Buenas noches, señor Pratt.

―¿Uhm? ―el mago en el retrato suspiró, deteniendo su larga pluma blanca sobre un pergamino. Lo habían pintado con una túnica roja, una barba puntiaguda de color marrón y un fondo con una luna brillante sobre un cielo despejado. Se veía cansado, y bostezó.

―Este santo y seña es absurdo.

―Y por fin alguien acierta, ahora... Ahora te abro la puerta. –dijo él, apartándose y revelando un pasadizo secreto.

―Tarde no lleguen, no se desvelen. Soy un retrato, pero merezco descanso.

―¿Siempre ha hablado en forma de rimas? –preguntó Violet.

―Sí... Fue un fastidio saber la contraseña.

―No nos has contado esa historia. Vamos, siempre evades la pregunta, Dave...

Y David la volvió a evadir, ayudó a las chicas a salir al cobertizo. También ayudó a Simon, que era más bajo que él. Eso sería decir poco, en realidad. David a sus trece años era un chico sumamente alto, más que Slughorn, y algunos bromeaban que seguramente sería tan alto o más alto que Dumbledore.

―No encendamos las varitas.

―¿Estás loco, David? Tú tendrás vista de águila pero nosotros no.

―Especialmente yo ―dijo Violet. Ella siempre se sentaba de primera en clase para poder ver más de cerca.

―Es que Simon y yo escuchamos que los Bolton estarían practicando a lanzar cosas desde la torre de Gryffindor... Es mejor que no se animen a buscar blancos que se mueven.

Volteaban constantemente a ver la torre, y se apresuraron cuando la luna salió tras las nubes.

No sabían que habría luna llena.

―¡Qué linda se ve!

―¡Maldita sea, Violet! ¡Nos pueden ver!

Llegaron al lindero del bosque prohibido, Simon se apartó la capucha y la aseguró a sus hombros con unos botones, mientras Violet se acomodaba el abrigo y negaba con la cabeza mirándolo.

―Sí, sólo estás celosa de que mi túnica sea genial.

David se amarró bien las botas militares y metió los pantalones dentro de ellas. Abeill se aseguró un cinturón que ella misma había hecho con dos bolsos pequeños que le colgaban a los lados y un sujeta-varitas. Así se aseguraba que no se saliera de su bolsillo sin querer.

Lumos.

La varita de Violet los cegó un segundo. Ella hizo un gracioso movimiento con la muñeca y apuntó hacia arriba, donde la bola de luz salió hacia arriba y flotaba sobre ellos. Comenzaron a caminar esquivando raíces muy altas, piedras y huecos en el terreno.

Agradecieron que no hubiera comenzado a nevar ni hubiese llovido ese día. Comenzaba a hacer frío y el camino era muy difícil de encontrar, pero no se imaginaban que lo que fueran a buscar estuviera cerca del camino, así que no les importó desviarse un poco.

Los árboles de madera sumamente oscura no reflejaban mucho la luz mágica sobre ellos, sin contar las tupidas copas de los árboles que no dejaban pasar la luz de la luna, les era muy difícil avanzar sin tropezarse continuamente. Habían tenido la previsión de usar buenos zapatos que aguantaran resbalones, pero al cabo de media hora ya tenían las palmas lastimadas de tantas veces que tenían que apoyarse en las duras y rasposas cortezas para poder avanzar.

Una cucaracha pasó frente a Violeta, quien gritó. Simon le tapó la boca haciendo que el grito durase menos de un segundo.

―¿Qué rayos te pasa?

―¡Recuérdenme qué hacemos aquí!

―Buscar un atajo nuevo... ―Abeill apartó al insecto con el pie, con algo de grima.

Oyeron un aullido lejano que los paralizó.

―Era uno solo... –apuró David- Vamos, tenemos magia y ellos tienen dientes.



Ali Bracamonte

Editado: 18.02.2018

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