La buscaproblemas y el medio lobo

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Primero de noviembre

David y Simon llegaron de la manera más silenciosa que pudieron. La sala de estar estaba silenciosa, un fuego agradable crepitaba en la chimenea y las plantas en las paredes y toda la estancia generaban sombras alargadas y misteriosas. Se quitaron los abrigos, pues siempre en su sala común hacía calor.

―Lizarraga, eso es lo más estúpido que has hecho.

―Pero salió bien.

―¿Qué salió bien?

Se quedaron petrificados. Una chica estaba totalmente inmóvil en uno de los cojines. La luz de la chimenea iluminaba el libro que leía, y la sombra de una Agoriata Africana le tapaba todo el cuerpo. Se levantó y se asustaron al notar quién era. Petra Patyl, la prefecta gruñona. Cerró el libro con fuerza, y se levantó.

―¿Dónde estaban?

―¿Nos estabas esperando, Patyl? ―David intentó no sonar intimidado. Patyl se acercó a ellos. Le llegaba por la barbilla a David, pero sus anteojos enormes reflejaban la luz y no le dejaban ver bien su expresión. No parecía nada contenta.

―Muy gracioso, Renuel. Diez puntos menos. Para cada uno.

―¡¿Qué?!

―¡No!

―¡No puedes hacer eso! ¡Es tu propia casa!

―¿Y qué? No ignoraré las reglas.

―¡Fácilmente las puedes ignorar y-!

―Cinco puntos menos. Por poca disciplina y respeto a la autoridad. Váyanse a dormir.

Ella se volteó, y entró al pasillo de la habitación de las chicas, dejándolos solos.

Fueron a darse una ducha antes de dormir.

―¡Es una bruja!

―Está loca... ¡Veinticinco puntos! Nos van a matar cuando se enteren...

―Tal vez puedas recuperarlos el lunes... En astrología.

―Claro, Simon ¿Unas... Setenta y dos horas después?

―Está bien... Tal vez en Herbología.

―¿Y por qué no los recuperas tú, idiota? Podrías estudiar un poco la próxima vez.

―¿David?

―¿QUÉ?

Sólo se escuchaba el agua caer. Simon agradeció las paredes separadoras entre cada ducha individual. David parecía muy molesto, y no entendía por qué. Era un tema de discusión recurrente, que él siempre le salvara el pellejo en clase, pero jamás habían peleado por eso. David lo miraba de una manera muy hostil, y dio un paso atrás, dolido y casi asustado.

―David... Cálmate, hombre. ¿Qué pasa?

Su amigo pareció entender lo que hacía, y parpadeó varias veces suavizando su expresión.

―Lo... Lo siento. No sé qué me pasó. ―se rascó la nariz con la mano izquierda, y Simon estiró el brazo sobre la pared, tomándole la muñeca.

―¡Mira eso!

Le volteó el brazo para que viera. Dos líneas verticales casi paralelas al brazo habían aparecido. Ya habían sanado, no eran muy regulares.

―¿Qué fue eso? ¿Fue el lobo?

David se miró el brazo, asustado.

―Tengo que decirte algo.

―¿Qué?

―Eso no era un lobo normal.

―¿Cómo que no? ―Simon cerró la llave de agua, y comenzó a secarse el cabello. Su amigo suspiró, cerrando el grifo también.

―Simon, tengo un lobo siberiano. Cuando era pequeño, mi papá tuvo varios lobos grises, porque sabían que cuidaban bien los terrenos. La magia ayuda a que sean menos hostiles o... Bueno, él puede explicar eso mejor, pero ese lobo no era normal.

―Explícate.

―Tenía... Tenía una expresión muy humana.

Ya está, lo había dicho, y sonaba tan estúpido como había sonado en su cabeza. Ya le trataría de loco.

―No me jodas, David... En el bosque prohibido no hay hombres lobos. El guardabosques dice que es un mito para alejarnos de allí, lo dijo... ¿recuerdas? Dijo que habría criaturas peligrosas por ahí, pero había otras que se encargaran de que esas amenazas no entraran.

―¿Qué criaturas? Ni siquiera Peeves fue tan enigmático, Simon.

―No sé, podemos preguntarle... Podemos decir que es parte de un ensayo que queremos hacer para subir nota en Cuidado de Criaturas Mágicas...



Ali Bracamonte

Editado: 18.02.2018

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