La buscaproblemas y el medio lobo

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Jueves antes de la luna llena

Varios se preguntaron por qué Abeill, Violet, Simon y David estaban en la biblioteca si aún faltaba tiempo para los exámenes. ¡Y además, en un fin de semana! Se apropiaron de una mesa y realizaron todos los trabajos que tenían pendientes. Violet no podía estar más contenta, y los demás no podían estar más cansados.

―Nos debes una, Violet.

―¡Que les debo una! Qué graciosos... me deben la semana completa. Ahora tendrán varias tardes libres hasta que nos envíen más trabajos.

En la noche una lluvia muy fuerte azotaba las ventanas del gran comedor. El techo encantado imitaba el de afuera, nublado y oscuro. Esta vez las chicas estaban sentadas en la mesa Hufflepuff. Violeta tenía su cabello adornado con una cinta rosa, y miraba de manera constante a la mesa Gryffindor, que estaba detrás de la de Ravenclaw.

―¿Qué haces?

―¿Yo? No hago nada.

―¿Estás buscando a Wallet? ―le susurró Simon. Ella le dio un codazo.

―¡Au!

―No te importa.

Él alzó las cejas, y terminó su sopa de calabaza. Al otro lado de la mesa, Abeill puso mágicamente en equilibrio tres cucharillas verticalmente, atrayendo las miradas y la aprobación de otros Hufflepuff.

David no la dejaba comer en paz, mientras Abi mordía una pieza de pollo con verdadero deleite, con la otra mano complacía a su amigo y a sus compañeros con juegos avanzados, por ejemplo cambiarle el color al puré y hacerlo morado.

―¿Cómo es que sabes hacer esas cosas, Cenis? ―ella tragó antes de responder.

―Cuando me enteré que quedé en Hogwarts me puse a practicar en casa.

―¡Pensaba que no dejaban usar magia a los menores de edad en casa!

―Pues claro que no ―dijo ella con una sonrisa pícara.

―Claro, Bert, si tienes un padre mágico no pasa nada en casa. El hechizo detector para menores de edad funciona sólo si estás solo ―dijo David de manera un poco cortante.

―¿Y cómo sabes eso? ―preguntó Jean, un chico albino que siempre se la pasaba con Bert.

―¿Nunca has intentado hacer magia en casa, en serio?

―Mis padres no me dejan, me guardan la varita.

Otros chicos se lamentaron de igual manera, a David le parecía extraño, en su casa tenía permitido hacer un montón de cosas mientras tuviera cuidado.

Violet notó que esos dos días, el treinta de octubre y el primero de noviembre, David respondía de manera más hostil. Le hubiera gustado investigar más acerca de esas 'hormonas' que decía Abi. Una corazonada le indicaba que venía algo extraño.

Por su parte a Simon prácticamente se le había olvidado ese asunto, más cuando la sopera vacía frente a él comenzó a bailar alegremente, justo antes de llenarse de pudín de chocolate.

• • •

 

―¿Viste el tablón de anuncios, Dave?

―No ¿qué pasa?

―¡La fecha de la última salida de Hogsmeade!

Se empujaron entre varios para ver el papel colgado en la cartelera de la sala común. El diez de diciembre.

―Genial. Aún falta tiempo.

―¿De qué?

―Ah... Pues nada, de ahorrar un poco de lo que me envíen mis padres para comprar algo allá.

David había enrojecido un poco. Odiaba que su cuerpo lo delatase así, aunque realmente nadie se había dado cuenta de ello, ni siquiera Simon. Lo había decidido hacía tres semanas, pero ahora se sentía obligado a pensar en eso como una tarea y no como algo agradable.

¿Qué rayos le había pasado ese día? ¿Cómo iba a decidirse de un momento a otro hablar a solas con Abi? ¿Y qué se supone que le diría?

―Hombre ¿vienes, o qué?

―Claro.

David tomó su mochila y salió con el resto de los Hufflepuff al gran comedor. Se sentaron con Violet, que ya estaba en la mesa de su propia casa.

―Buenos días... ¿Y Abeill?

―Tiene una gripe terrible... ¡Les dije que era estúpido enterrarla en la nieve!

―Pero si ayer nos secaste bastante bien... Mira, estamos como si nada.

―Claro, pero tuve que acompañarla a la enfermería a las seis de la mañana, no paraba de estornudar. Pero la señorita Shelley dijo que se sentiría mejor a media mañana. Espero que sí...



Ali Bracamonte

Editado: 18.02.2018

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