La buscaproblemas y el medio lobo

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Wingardium leviosa

―¡Eres una cobarde!

―Yo sí.

―Vamos, Violet. No pasa nada.

Abi hacía piruetas sin mucho control de su escoba en el aire. Tenía un vestido negro, que se alzaba mucho y revelaba unos shorts horribles de tejanos desgastados.

―¡Además, eso no es de señoritas!

―Yo no veo señoritas aquí, veo dos muñecos de nieve.

Abi pensó rápido y esquivó la bola de nieve, pero a Violet le dio en el hombro.

―¡Tramposo!

Violet como respuesta encantó un montón de nieve que perseguía a Simon en su escoba. Era un modelo muy viejo y lento, y la nieve terminó por alcanzarlo.

David no estaba jugando con ellos. Voló por encima de las gradas, recorrió todo el campo de quidditch y miró los terrenos del castillo por un largo rato.

No estaba seguro de que tuvieran permiso de tomar las escobas del depósito del campo, pero la puerta no estaba cerrada, y no había nadie para decirles que no podían hacerlo. David miró abajo. Abi y Simon se lanzaban una quaffle vieja y descosida mientras volaban en líneas rectas. Violet estaba sentada en una grada de los jugadores, leyendo un papel. Vio algo moviéndose cerca de Violet. Se acercó, estaba seguro de que algo o alguien estaban a los pies de una de las gradas, pero la rodeó, y no miró a nadie.

―¿Pasó algo, Dave?

―No, Vio. ¿Qué lees?

―Mi padre me envió una carta. Tenía años sin enviar una.

David aterrizó a su lado con cierta torpeza.

―¿Tu padre?

Sabía que sus padres se habían peleado mucho justo después de que ella ingresó a Hogwarts, lo había comentado hace un tiempo, y el tema no solía tocarse con regularidad. Violet suspiró.

―¿Estás bien?

―Sí. Ustedes hacen que no piense en eso… ¿puedes darme un momento?

―Claro, Vio. ―le puso la mano en el hombro y le sonrió, antes de montarse en la escoba, patear el piso y dejarle un tiempo a solas.

―¡Eh! ¡Simon, atrápame!

―No me quiero morir, ya sabes.

David imitó a una gallina para alentarlo a que subiera, Abi subió con él, riendo, y Simon enrojeció.

―¡Maldito Dave Roluen!

―Oye, David, no sabía que las lagartijas podían tener plumas… ―Abi también imitó a una gallina.

En medio de las risas, Simon se tragó su miedo para enfrentarse a sus dos amigos, a los que persiguió a varios metros de altura.

David volteó un segundo, viendo a Violet mirarlos desde abajo. Escuchó una voz.

―¿QUÉ DICES?

Violet los miraba, pero no parecía haberles gritado nada. Cuando su escoba dio una fuerte sacudida hacia arriba.

David se aferró con las manos al mástil, pero eso no evitó que sus piernas subieran con la escoba, el impulso fue tal, que dio una vuelta, con la que se le resbaló una mano.

―¡DAVID!

Otra voz, detrás de la de Simon que le había gritado. Y la escoba se sacudió fuertemente hacia arriba de nuevo, haciendo que su mano resbalase, y sintió el terrible vacío en el pecho producto de la caída.

Estiró la mano hacia arriba inútilmente, viendo a la escoba, al cielo y a la tribuna alejarse con rapidez de él.

Un golpe lo sacó de su letargo y su miedo, y ya no supo más.

• • •

―Doce metros de altura… ¡Doce metros! Este niño está vivo de milagro.

La señorita Shelter lo acomodó en la cama después de quitarle con mucho cuidado el abrigo. David se había roto una vértebra, pero ella lo había sanado de inmediato con un hechizo. No había despertado desde la caída.

―¡No me dijeron que se había cortado! Vaya…

―¿Cortado? ¿Dónde?

Ella señaló dos líneas verticales en su brazo izquierdo.

―Esa herida es vieja, no fue de hoy, señorita.

―¿Y no se les ocurrió traerlo cuando se hizo eso? ¡Es rarísima! ¡Parece que no hubiera sanado bien! ¿Desde cuándo la tiene?

―Desde Halloween ―respondió Simon, de nuevo.



Ali Bracamonte

Editado: 18.02.2018

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