La cárcel de los rebeldes

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INTRODUCCIÓN [2]

El sonido de una llamada entrante a su teléfono celular la sacó de sus pensamientos, trayéndola de la más cruel manera a la realidad. No se percató de la taza de café con leche que humeaba frente a ella sino hasta que frotó sus ojos y enfocó la vista sobre un paquete a su nombre. «Lissy», tenía escrito.

            —¿Qué es esto? —murmuró para sí misma mientras alargaba las manos para cogerlo. Una vez lo tuvo entre ambas manos, se la llevó a la oreja y lo sacudió con suavidad, mientras se preguntaba si había sido Jöel el que dejó aquel presente en la mesita. Más raro que eso, era el hecho de no recordar haber visto nada. Se relamió los labios con nerviosismo y bajó la cajita para abrirla.

            ¿Por qué tenía tan extraña sensación en su pecho?

            Meneó la cabeza, alejando sus temores; el recuerdo de Sara le mantenía con cierta paranoia que durante meses le imposibilitó el dormir. Se permitió desgarrar el papel beige que envolvía el regalo hasta descubrir qué era lo que escondía, y se llevó la taza con líquido caliente hasta la boca, le dio un sorbo y volvió a bajar el vaso con la sangre ardiendo, pero a la vez helada. Sus manos comenzaron a temblar y con asco, metió los dedos entre la tela que envolvía algo aún más pequeño. Lo que más le aturdió, es que era del material con el que se habían vestido los oficiales años atrás.

            —No… ¡no puede ser cierto! —gritó.

            Desenvolvió el paquete pequeño y asintiendo, corroboró sus temores respecto al siniestro regalo que le habían dejado. Junto a la insignia de aquella guerrera reposaba una moneda, aún polvorienta y con sangre en ella; y Liseth Airella no tardó más de quince segundos en reconocer que fue esa misma la que le costó la vida a Sara Dakken muchos años atrás, cuando los primeros rebeldes comenzaron a aparecer, prometiéndole libertad a los oprimidos ciudadanos del sur del Estado de Raesya.

            Respiró hondo. Se sentía observada todavía; notaba cómo esa sombra que le siguió por años sonreía a su espalda. Volteó la mirada hacia un árbol de manzano y clavó los ojos cafés en el niño de no más de diez años que le sonreía, mientras se llevaba un dedo a los labios, en una señal de silencio.       

            —¡Jöel! —su garganta solo le permitió decir aquel nombre en un desgarrador aullido que más de miedo, sonaba como a una gata en medio del parto—. ¡Jöel, auxilio! ¡Auxilio, auxilio!

            Giró el torso de repente, todavía estaba ese muchacho con rostro trastornado afuera de la casa y parecía que se quería acercar. ¿Y si el idiota de Jöel lo dejaba entrar? Él sabía sobre la moneda y podría apostar a que había sido quien la dejó ahí. Tanteó a los lados con rapidez en su traje, examinándolo con frustración.

            »¡Jöel, dame mis malditas armas!, ¡¿dónde están mis armas?! —repitió—. ¡Es urgente, tengo algo por hacer!

            Pronto, las pesadas pisadas en su dirección le confirmaron que él la había escuchado y que se acercada con rapidez. Al irrumpir en el salón, las armas fue lo primero que vislumbró. Lo segundo, el rostro inexpresivo del rubio que le pedía una explicación. ¿Acaso él no veía al macabro niño a solo metros de distancia?

            —Dámelas —pidió.

            —¿Para qué? ¿Para ir a una muerte segura? —negó—. Ya deberías tener presente lo que pienso acerca de eso.

            —Oh, por favor —se quejó, con la nuca ardiéndole por culpa de ese mocoso de ropas andrajosas. Se acercó para tomarlas, pero Jöel las puso en lo alto—. ¿Qué te afecta eso, ah? ¿Es Sara?

            —No la nombres.

            —¡Tengo tanto derecho como tú para hacerlo! —espetó—. Ahora, dame eso.

            —No.

            —Hazlo.

            El rubio sopesó la situación, y sonriendo, cargó la primera bala en el arma.



Mary Jezz

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En el texto hay: lgbt, distopia, futuro postapocaltpico

Editado: 11.05.2018

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