La Casa De Las Apariencias

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PRIMERA PARTE

ENCUENTRO CERCANO

 

En la ciudad de Cercado son pocos los hombres dedicados al estudio de la mente humana, muchos deciden quedarse en su propio gabinete, otros deciden emigrar a otras carreras, pero ese no era el caso del doctor Roberto Villarroel, quien durante muchos años y en un país el cual no le facilitaba mucho el avance, logró dar grandes saltos en cuanto a la investigación científica sobre temas psicológicos; además gozaba de una buena cantidad de talentos, sus aficiones varias, pero ninguna de estas interfería con su trabajo. Su reconocimiento se debió en parte, a que era de los más jóvenes en su región en alcanzar el titulo de doctor. Aquella tarde de lunes, el joven doctor se preparaba tranquilamente para un día más de trabajo, afuera llovía intensamente.  
Su casa estaba completamente vacía, lastimosamente, de todas las cosas que le fueron bien, las relaciones amorosas nunca fueron su fuerte, la casa vacía era la prueba irrefutable de ello; él suponía que todo aquello se debía al hecho quizás fuese descuidado con aquellas mujeres con las que estuvo, pero al final del día poco le importaba ese detalle más que el hecho de estar solo. Dejando su ensimismamiento, tomó las llaves de su auto, se aseguró que todas las ventanas estén cerradas y caminó hasta el garaje, la cocina de su casa tenía dos puertas, una de ellas daba al garaje que también funcionaba como almacén, lo cual le permitía esquivar la lluvia, recogió su paraguas y subió al auto.  
Antes de salir su teléfono sonó y él contesto de mala gana.                   
                          -Hola ¿Roberto?  
-Dígame.  
-Roberto amigo mío...- la comunicación era interrumpida por la mala señal - te habla Alejandro ¿me recuerdas?  
Roberto recordaba muy bien ese nombre, con el cual hace algunos años atrás tuvo problemas de una deuda, pero prefería evitar un conflicto innecesario así que se hizo a al desentendido.  
-Disculpe pero no lo recuerdo.  
La voz de Roberto solía ser interpretada por los demás como la voz de alguien preponte, fuerte de carácter y apático, cosa que sorprendía a quien lo escuchase en la vida cotidiana, ya que durante su trabajo solía usar una voz mucho más calmada. 
                   -¿No me recuerdas? Mira que ya es difícil contactarte y encima  me sales con eso- dijo riendo. 
-Discúlpeme pero tengo prisa si podría mandarme un m… 
                    -De acuerdo, de acuerdo Roberto- hizo una pausa-te habla Alejandro reyes, doctor de la Universidad de Atalaya, quiero invitarte a un banquete que se dará en agradecimiento a todos aquellos que contribuyen económicamente a la institución y se premiará a quienes tienen mayor trayectoria. 
Roberto frunció el ceño, nunca le gustaron mucho las reuniones sociales, era un hombre realmente aburrido. 
                   -Lo siento- dijo-no estoy interesado en ningún banquete, ser para otra… 
                   -Vamos Roberto- interrumpió Alejandro-será increíble, también se dará reconocimiento a quienes más aportaron en el avance investigativo. 
Al escuchar esto Roberto quedó fascinado, un reconocimiento más para añadir al currículum. 
                    -Si tanto insistes, ahí estaré. 
Roberto colgó el teléfono y emprendió el camino rumbo a su oficina, las gotas de lluvia caían sobre el auto incesantemente, el vidrio empañado no permitía ver la ruta y Roberto casi choca dos veces, la segunda se topo con un cortejo fúnebre, a pesar que había pocas personas el tráfico era demasiado, era un hombre escéptico en cuanto a las creencias divinas pero era respetuoso con ellas mientras no se metieran con el de manera radical. 
Una hora después, logró llegar a su consultorio, el primer paciente esperaba inquieto y le reclamó efusivamente ni bien Roberto entró a la sala de espera, a lo cual él no respondió más que con una disculpa e invitó a que el paciente pasara; una nueva jornada laboral comienza. 
Ese día Roberto atendió a cuatro pacientes, uno de ellos canceló su consulta debido a  situaciones urgentes, eso alivió mucho la carga laboral para Roberto. 
                    -Y dicen que los psicólogos no son necesarios… 
Roberto se levantó de la silla y salió a la sala de espera, la secretaria organizaba unos papeles mientras en la pantalla de la computadora aparecía la pantalla de su red social. 
                    -¿Alguna cita más Natalia? 
La secretaria se sobresaltó y lo primero que hizo fue tratar de cubrir la pantalla de la computadora, Roberto hizo un gesto con la mano indicando que no se preocupase. 
                     -Mientras no dejes tus obligaciones de lado no tengo ningún problema en que te distraigas…este lugar puede ser aburrido a veces. 
Natalia sonrió nerviosa y tomó la agenda para informar al doctor. 
                      -Este día no tiene ninguna otra consulta doctor, su paciente canceló, así que el resto del día esta libre. 
Aún eran las cuatro de la tarde, dentro de tres horas Roberto tendría que ir camino a la Universidad donde impartía una de sus clases. 
                      -Puedes irte a casa Natalia, aquí ya no queda nada más que hacer y creo que tú ya terminaste tus labores así que eres libre. 
La secretaria sonrió nuevamente.   
                      -Muchas gracias doctor, en cuanto termine de ordenar estos documentos me retiraré. 
                      -De acuerdo, pero no demores mucho que hoy es viernes y seguro queras salir con tus amigas. 
Natalia bajó tímidamente la cabeza. 
                      -Con mi novio- murmuró. 
Ambos rieron. Hace tiempo, cuando el consultorio se inauguraba, Roberto realizó un anuncio en el periódico para contratar a una secretaria, para ese entonces el ya era conocido en toda la ciudad por sus trabajos y por ser un chico joven que se defendía bien en el aspecto físico, muchas mujeres, en su mayoría jovencitas, se presentaron a la entrevista tratando de ingresar al trabajo; tras varias horas, Roberto solo se percató de que las intenciones de la mayoría consistían en cumplir la fantasía de un jefe joven y la secretaria que al final termina en una historia de amor o conseguir alguien que la mantenga, Natalia no era la excepción. Roberto siempre recuerda el día que se presentó a la entrevista con una blusa blanca escotada y una mini falda que dejaba ver todo, solo con esa imagen era suficiente para que Roberto la rechace pero al observar su currículum, notó que a diferencia de las demás, Natalia tenía un currículum bien preparado, graduada como secretaria, varios talleres y seminarios en su haber, además que dominaba dos idiomas perfectamente, así que la contrató; la primera semana fue complicada, Natalia no perdía la oportunidad para insinuársele al doctor y este trataba por todos los medios posibles de evadirla; la segunda semana fue aún más complicada, los acosos eran cada vez más atrevidos y Roberto comenzaba a cansarse; la tercera semana, sucedió aquello que cambiaría la relación drásticamente, Natalia ingresó al consultorio y accidentalmente derramó la taza de café del doctor justo cuando este la tenía en la mano y el líquido cayó en los pantalones del doctor, Natalia se acercó cuidadosamente a limpiarlo, Roberto se dio cuenta que no fue algo tan accidental y le ordenó que se detuviera y se sentara en el diván, revisó tras la puerta que no hubiese nadie en la sala de espera y cerró la puerta con llave, regresó a sentarse en su escritorio nuevamente y agachó la cabeza. 
                      -Hay otra consulta programada el día de hoy… 
Natalia miraba desde el diván, desconcertada y un poco asustada, por su cabeza pasaban las peores imágenes acerca de lo que el doctor podría hacerle, pero tenía que responder. 
                      -N…no d…doctor…- tartamudeó. 
                      -No es una pregunta Natalia, es una afirmación. 
La secretaria quedó aún más confundida. 
                      -Este día tú serás mi paciente- dijo el doctor. 
Roberto recuerda con una sonrisa aquel día, al principio fue difícil lograr que Natalia hablara, a ella le parecía una falta de respeto que la obligue a realizar aquella consulta imprevista.   
                      -Yo también tuve que aguantar durante dos semanas el hecho que me acosaras- respondía el doctor. 
Aquel día después de discutir unos minutos más, Natalia por fin accedió a realizar la consulta; tras una indagación en la vida de su nueva paciente, salió a la luz que Natalia sufrió acosos antes, durante una etapa laboral cuando era ama de casa, pero no denunciaba debido a que dentro de ella estaba implantado el pensamiento de que era parte de sus deberes, así que desde ese día en cualquier trabajo que conseguía ella trataba de complacer a sus jefes por todos los medios necesarios y a que a su vez así podría conseguir todo lo que quería, también confesó que se presentó a la entrevista debido a que tener un jefe joven a quien complacer estaría mucho mejor que hacerlo con uno viejo, dentro de su mundo subjetivo se encontraba alguien que no le importaba ser usada como objeto siempre que esto le profiriera algún beneficio, a pesar de ser una chica bastante inteligente. Roberto escuchaba asqueado y entristecido el relato de cómo ella llegó a pensar y comportarse de esa manera, pero en su expresión se mostraba casi indiferente. 
                      -Y dicen que los psicólogos no son necesarios…- pensaba mientras atendía. 
Las historias sobre aquella chica salían y salían, el doctor se mantenía inexpresivo; Cuando acabó de contar todas, ambos concluyeron que la chica se mantendría en el trabajo y que su actitud debía cambiar, Roberto también le recomendó acudir a un psicólogo para que pudiese tratarla acerca de algunos pensamientos irracionales que ella tenía. 
                      -Pero doctor…usted es psicólogo…- exclamó la chica- ¿no podría atenderme usted? Es que le gane mucha confianza. 
                      -Discúlpame Natalia, pero es preferible que lo nuestro se mantenga en una relación de jefe y trabajador- contestó el doctor- esta sesión solo la realicé de emergencia, para que pudieras ver que hay algo fallido en cuanto a los pensamientos que produces y que esos pensamientos, junto a las acciones que realizabas, en algún momento podrían costarte caro. 
Natalia agachó la cabeza. 
                      -Entendido doctor. 
Levantó la mirada y con una sonrisa le agradeció a Roberto lo que ese día hizo por ella. Los siguientes días, comenzó a notarse el cambió de Natalia, demostraba todas sus capacidades a cabalidad, su estilo de vestir cambió a uno más elegante acorde al consultorio, asistía a consultas periódicas con el psicólogo que la atendía y se sentía cómoda por como era tratada en el trabajo. Roberto miraba a la secretaria y se quedaba sorprendido por el cambio que había tomado.  
-De eso ya pasaron dos años- recordaba. 
Los recuerdos del doctor fueron interrumpidos por la secretaria la cual se despidió antes de retirare. Roberto se quedó solo en el consultorio. Las horas pasaban lentamente para Roberto quien estaba aburrido en su consultorio revisando algunos correos, la música de fondo era moonlight sonata, una pieza compuesta por Beethoven. 
                      -En serio que soy una persona poco divertida- pensaba Roberto. 
Era hora de que Roberto fuera a dar sus clases, aseguró el consultorio con un candado y salió hasta la puerta. Antes de bajar por las escaleras se dio cuenta de que algo extraño pasaba fuera de su consultorio, una sombra se movía incesantemente frente a la entrada del edificio, Roberto bajó rápidamente las escaleras para ver que era aquella actividad. Al abrir la puerta se encontró con un hombre de mediana altura caminando de un lado para otro, su vestimenta era incoherente, en la cabeza llevaba puesta una gorra de lana, un saco elegante, una solera con huecos, un short de jean y unos tenis de diferente color. 
                      -Buenas tardes ¿se le ofrece algo? 
El hombre continuaba caminando sin parar, tampoco respondía, su mirada estaba desorientada y agitaba sus manos. 
                      -¿Señor?  
El hombre se detuvo, volteó y se acercó de frente a Roberto, el doctor retrocedió poniéndose en guardia, de algo debían servir sus habilidades en defensa personal.  
                      -Ayúdeme… 
Después de decir esto el hombre cayó en los brazos de Roberto, inconsciente. Roberto arrastró al hombre hasta el consultorio y lo puso sobre el diván, con una botellita de alcohol intentó hacer reaccionar al hombre. Pasaron las horas y aún así el hombre no reaccionaba. Roberto estaba sentado en su escritorio, movía su lápiz y anotaba en una libreta los datos más importantes acerca del comportamiento inusual que tenía el hombre. 
Después de una hora el hombre comenzó a reaccionar, Roberto se puso alerta sobre alguna posible reacción violenta. 
                      -¿Dónde estoy?- preguntó el hombre. 
                      -Se desmayó frente a mi consultorio lo traje hasta aquí para que descansara, teniendo en cuenta que no detecté ningún signo de gravedad no me hice problema en llevarlo al hospital- respondió el doctor. 
El hombre estaba confundido y apenas podía hablar. 
                      -Señor ¿Cómo se llama? 
                      -Mi nombre es… 
El hombre se quedo callado una vez más, con sus manos trataba de contar la historia acerca de cómo llego ahí, de un momento a otro comenzó a impacientarse y se torno más violento, Roberto intentaba mantenerse calmado. 
                      -¡Usted!- señaló al doctor- ¡¿Por qué me trajo aquí?! 
                      -Para que descansara señor…ya se lo expliqué. 
                      -¡No! ¡No! ¡No! 
El hombre se levantó del diván y se acercó a Roberto, su mirada estaba inyectada con sangre, el aliento del hombre era pestilente y los puños que formaba con sus manos eran de tener cuidado. 
                      -Señor le pido que se calme y vuelva a sentarse al diván- decía el doctor desde detrás de su escritorio. 
                -¡No quiero! ¡Déjenme en paz! 
                      -Señor solo estamos usted y yo en la habitación- la voz de Roberto aumentaba un tono cada momento. 
                      -Miente… ¡¿Por qué miente?! 
Roberto miró alrededor para comprobar que no hubiese nada dentro de las al que pudiera poner incómodo al hombre, solo se percató de una pintura que el tenía colgada al costado de su escritorio, trataba de hallar la manera en la que pudiese moverlo sin afectar la poca distancia que tenía con el paciente, pero a la vez si lograba quitar el cuadro terminaría con su sufrimiento y por fin podría realizar algún avance. 
                      -Puede decirme ¿qué esta incomodándolo?- preguntó al hombre mientras movía lentamente su silla. 
                      -¡Eso! ¡Eso! 
El hombre señaló directamente al cuadro que estaba colgado junto al escritorio del doctor, tal como este había deducido. 
                      -Te tengo- pensó Roberto. 
Pero aún era difícil la situación, dado que el hombre se acercó tanto al escritorio que le impedía realizar algún movimiento sin que el hombre lo interpretara como un ataque; Roberto estaba acostumbrado al tipo de situaciones en las que se encontraba, pero en sus anteriores experiencias, lograba calmar al paciente únicamente hablándole, en esta ocasión todo era distinto, ya que el hombre mostraba signos además de haber estado consumiendo alguna otra sustancia que alteraba su percepción y las personas bajo estos efectos suelen ser más agresivas que una persona que tiene algún ataque de pánico. 
                      -¿Le parecería bien si lo quito de la pared? 
Roberto intentaba con sus últimas opciones, para que la persona no se sintiese amenazada, consultarle acerca de las acciones a realizar, de esta forma se reduce la probabilidad de que algo malo pueda suceder. 
                      -S…si…- contestó el paciente. 
Si la manera de comportarse de aquella persona ya era extraña, conforme pasaba el tiempo iba poniéndose aún más difícil de controlar, ahora frente al escritorio de Roberto, aquel hombre había cambiado su actitud drásticamente, ya no parecía alguien agresivo sino más bien asustado, con ambos brazos rodeaba su propio cuerpo y temblaba, pero aún se mantenía en estado de híper vigilancia. Roberto movió su silla lo suficiente como para estar más cerca del cuadro. 
                      -Muy bien- dijo el doctor- entonces ahora me levantaré cuidadosamente y quitaré el cuadro de la pared ¿De acuerdo? 
El hombre asintió con la cabeza efusivamente. Roberto sabía que debía tener cuidado con todos los movimientos que hiciera, un paso en falso y podría significar una reacción violenta del hombre, dejó su silla lentamente y avanzó unos pasos, sujetó el hilo del que pendía el cuadro y lo bajó al piso, dentro de sí dio un respiro de alivio. 
                      -Gracias doctor… 
Roberto sintió un escalofrío recorrer su cuerpo. Giró lentamente para confirmar que el hombre estaba detrás de él, su actitud asustadiza cambió por otra  más agresiva nuevamente. Roberto se quedó inmóvil, una vez más, para prevenir que el hombre reaccionase de mala manera. Lo que más inquietaba era la forma en la que el hombre miraba, parecía como si escudriñara el alma de quien se le ponga en frente; Roberto se sentía desprotegido pero a la vez mantenía la calma. 
                      -Usted es un muy buen doctor…- murmulló aquel hombre-…permítame agradecerle por lo que hizo. 
Dicho esto, el hombre levantó sus brazos y se abalanzó sobre Roberto, su fuerza era tremenda para su constitución delgada, sus manos rodeaban el cuello de Roberto, este último trataba de zafarse, para este punto la ética no debía estar delante de su seguridad, propinaba constantes puñetazos al estómago y al rostro del hombre pero no parecían afectarle. 
                      -P…por...r…- el doctor apenas  podía hablar por la presión que el hombre ejercía en su cuello. 
                      -En agradecimiento usted también lo verá doctor…que nunca estuvimos solos…- decía el hombre con una macabra sonrisa dibujada en su rostro. 
Roberto sentía como el tiempo estaba acabándose, tenía que reaccionar, tomó al hombre de la solera y lo estiró contra el, una vez cerca, le dio un rodillazo en las ingles, el golpe pareció afectar al hombre y lo desestabilizó provocando que el agarre al cuello de Roberto sea más débil. 
                      -¡Al fin!-exclamó en su mente. 
Pero la contienda aún no había terminado, el hombre lanzó una mirada a Roberto, sus labios estaban hinchados y sus inyectados en sangre, más aún que cuando despertó estando en el consultorio.  
                     -Mala idea doctor. 
El hombre se levantó y lanzó un golpe hacia el doctor, este lo esquivo y acertó un derechazo en el rostro del hombre, la  pelea se intensificaba cada vez más, sus años de experiencia no eran tan aplicados a la pelea por esa razón el doctor estaba en desventaja debido a la fortaleza física de su adversario, quien parecía ser un hombre con mucha actividad en el campo ya que sus movimientos eran como los de alguien sumamente experimentado; Roberto comenzó a sangrar y a cansarse mientras que el otro sujeto no parecía ser consciente de aquello, sus golpes aun se conservaban fuertes y su resistencia era superior tomando en cuenta su estado; el doctor no pensaba ceder pero tenía muy claro que con la respuesta que realizaba tampoco podría estar aguantando mucho más tiempo. 
De repente, Roberto se percató de unas luces detrás de la puerta, pensó que era una señal de su fin, el hombre había ganado y no le quedaba más por su hacer, con su último esfuerzo intento gritar para pedir auxilio, pero el hombre colocó una de sus rodillas sobre el estómago de Roberto lo cual le quitó el aire y lo dejo medio desvanecido.  
Lo siguiente que ocurrió el doctor lo presenció como si fuera un sueño. La puerta de su consultorio se abrió bruscamente, dos hombres vestidos de trajes color negro ingresaron a la habitación. 
                      -¡Alto, Policía! 
El hombre se apartó del cuerpo de Roberto y corrió para tratar de agredir al oficial, a lo cual este respondió con un disparo, el sujeto cayó al suelo y comenzó a convulsionarse, el acompañante del policía, se acercó rápidamente a Roberto. 
                      -Tranquilo señor, lo llevaremos al hospital de inmediato- informó el agente. 
Roberto cayó inconsciente. A la mañana siguiente Roberto despertó en una cama de hospital, sus heridas estaban al descubierto, el daño que le causó aquel hombre fue mayor de lo que imagino, intentó moverse pero un dolor fuerte lo paralizó de inmediato. 
                       -Señor Roberto Villarroel. 
Una persona con bata blanca observaba desde la rendija de la puerta las cosas que realizaba. 
                      -Le recomiendo que no se mueva mucho o muy de golpe- dijo-soy el médico que lo atendió cuando llegó anoche, Daniel Rivas…mucho gusto. 
                      -Igualmente doctor. 
                      -Lo que usted sufrió fue provocado por un componente químico que le inyectó su atacante. 
Roberto quedó sorprendido por lo que le contaba. 
                       -El nombre del sujeto que lo atacó es Carlos Reyes- continuó el médico-es un prófugo del hospital psiquiátrico al cual llevan buscando aproximadamente seis días y por su historial…es una suerte que continúe con vida. 
                       -¿Por qué? 
                       -Este hombre, Carlos Reyes, tiene un largo prontuario criminal, desde delitos menores hasta asesinatos- explicó el médico-siempre usaba el mismo modo de operación, se acercaba a la casa de una víctima a manera de solicitar ayuda y después de conseguir drogarlos, aprovechaba para robarle todo y después…bueno, ya sabe. 
Roberto quedó aún más sorprendido. 
                       -Fue enviado al psiquiátrico debido a que su abogado defensor lograra mostrar que no estaba bien de la cabeza y desde entonces cumple su sentencia en uno de los pabellones. 
                       -¿Cómo es que usted lo conoce tanto?- preguntó Roberto. 
El médico sonrió. 
                       -También fue uno de mis pacientes…es lo único que puedo decirle. 
Roberto agachó la cabeza, no podía reaccionar de aquellas cosas que le dijo el médico, todo el tiempo atendía pacientes con conductas extrañas, esta pudo ser su última entrevista y no supo afrontarla de manera adecuada, al menos eso creía y si algo le molestaba más que cualquier cosa, era el tener que admitir que había fallado. 
                       -Tranquilo doctor- habló el médico rompiendo el silencio-en unos minutos podrá regresar a su casa, solamente que necesita hacerlo acompañado, así que le pido que me de el número de la persona a la que podamos llamar para eso- hizo una pausa mirando fijamente a Roberto- algún amigo o familiar. 
Roberto era consciente que no tenía a nadie a quien acudir, los amigos no eran su fuerte y los familiares que tenía no se encontraban en el interior, se sintió demasiado desprotegido, tal como la noche anterior cuando peleaba con Reyes. 
                       -¿Señor?- insistió el médico-¿se encuentra bien? 
Roberto levantó la mirada, a pesar de los pensamientos melancólicos congestionados en su mente, su expresión continuaba siendo la de un hombre firme y valiente, como si estuviese hecho de piedra. 
  -Mi secretaria…Natalia Rocha, su número telefónico debe estar en mi saco- respondió finalmente. 
Una semana pasó después de lo sucedido, Roberto decidió cerrar el consultorio unos días para poder descansar, solamente atendía consultas de emergencias. 
                       -Cuando te dedicas a la salud…todas las consultas son una emergencia- pensaba. 
No podía mantener el consultorio permanentemente cerrado así que decidió abrir de nuevo la subsiguiente semana. 
                        -No viene mal un respiro. 
Decidió dedicar aquella semana libre a las actividades que le gustaban, se la pasaba horas realizando la misma rutina, la mayor parte de estas las hacía dentro de su propia casa, la cual el mismo adaptó para ser una cueva en la que tuviera todo a su alcance y para lo que tenía que salir siempre podía contar con su buena secretaria, la cual aún continuaba trabajando para él coordinando la reprogramación de las citas, trayéndole el periódico y llevándole provisiones, se podía decir que el único nexo que el doctor mantenía con el mundo, se llamaba Natalia. 
Un día miércoles, el teléfono de Roberto sonó insistentemente; de mala gana el doctor se levantó para contestarlo, el móvil marcaba las ocho y media de la mañana y quien llamaba era nada más y nada menos que Alejandro. Roberto estuvo tentado a colgar pero decidió no hacerlo, ya que eso solo avivaría el interés de su molesto colega en tratar de comunicarse con él. 
                       -Buenos días- saludó Roberto. 
                       -¡Hey! ¡Roberto!-  la voz casi a gritos de Alejandro incomodó al doctor-disculpa que te hable a estas horas me enteré hace un momento de lo ocurrido en tu consultorio ¿Cómo sigues? 
                       -Es curioso tu reciente interés en llamar…el chisme corrió demasiado lento, es lo bueno de ser una persona reservada- pensó Roberto- me encuentro mucho mejor, gracias por la llamada Alejandro- respondió. 
                       -Debió ser un suceso demasiado aterrador y traumático, afortunadamente eres psicólogo y puedes tratarte adecuadamente- rio Alejandro. 
                       -Ya tardaba en salir la broma- renegó Roberto dentro de su mente- muchas gracias Alejandro por preocuparte, la verdad estoy demasiado cansado así que si no se te ofrece nada más colgaré… 
                       -De hecho si se me ofrece algo más… 
                       -Dime- dijo Roberto entre dientes. 
                       -Se me ofrece que confirmes tu presencia en los predios de la universidad para el banquete del que te hable la anterior vez. 
                       -Sabía que algo más quería este…- pensó- Alejandro, me encantaría hacerlo pero te recuerdo que hace poco sufrí un hecho traumático, supuestamente motivo por el cual me llamaste y ahora estoy un poco susceptible, así que me apena rechazar tu propuesta. 
                       -Vamos Roberto, no puedes hacerme esto, además te vendrá bien y te divertirás junto a nosotros- insistió Alejandro. 
                       -Lo siento Alejandro, es mi última palabra. 
                       -Pero… 
                       -Hasta pronto Alejandro. 
Roberto colgó el teléfono justo ese instante, Natalia llegó a la casa. 
                       -Hace tiempo que esta casa no estaba tan activa- dijo con tono sarcástico. 
Se levantó para abrir la puerta. Natalia esperaba fuera de la casa con las manos llenas de bolsas. 
                       -Me sorprende que hallaras una forma de presionar el botón sin tus manos. 
                       -Parece que se levantó de mal humor señor… 
                       -¿Qué esta pasando este día? ¡Todos se volvieron tan observadores y comprensivos!- exclamó. 
Natalia lanzó una mirada seria, se notaba que estaba molesta y Roberto se dio cuenta que hizo mal.  
                       -Lo siento Natalia…es solo que… 
Roberto en ocasiones se comportaba como un niño, lo cual era una de las razones por las cuales no le iba bien en el terreno amoroso y en esta ocasión no era la excepción y sabia que Natalia era su único lazo con el exterior así que no le convenía perderla. 
                       -No se preocupe doctor, pero por favor explíqueme que paso mientras le preparo una taza de café. 
Roberto pensaba en ocasiones que debería pagarle a Natalia el triple de su sueldo, ya que a demás de secretaria desempeñaba las funciones de mensajera y de cuidadora. Natalia entregó a Roberto la taza de café acompañada con uno de sus postres favoritos y se sentó frente a él. 
                       -De acuerdo, ahora dígame ¿Qué fue lo que lo tuvo molesto? 
                       -Un colega mío que no para de insistir en que asista a un banquete que tienen esta noche las autoridades de la “Universidad de Atalaya”- hizo una pausa- estoy seguro que la conoces. 
La secretaria se mostró asombrada y a la vez un poco molesta. 
                       -La conozco…la Universidad de élite en la cual me rechazaron el examen de ingreso…- comentó- siempre pensé que en eso hubo alguna mano negra ya que mi calificación era la suficiente. 
                       -Lo siento... 
                       -No es su culpa doctor o al menos eso espero- respondió Natalia- y ¿por qué no  quiere asistir? 
-Sabes muy bien que esas cosas no son de mi agrado Natalia. 
                       -Entiendo doctor, pero no le viene mal algo de diversión…fuera de casa me refiero. 
                       -¿Tu también con esa dichosa fiesta? 
                       -Mire doctor, yo no soy una experta a su nivel y no tengo tantos títulos acumulados pero estoy segura que el estar encerrado solo tanto tiempo dentro de esta casa no le hace para nada bien. 
Roberto escuchaba lo que decía su secretaria mientras pensaba que en ocasiones las personas dedicadas al área de la salud actuaban de manera hipócrita, conclusión sacada del hecho que en la práctica terapéutica Roberto solía recomendar el aumento de la interacción social y las salidas al exterior, incluso escribió un artículo acerca de por qué es necesario el intercambio con otros integrantes del medio, pero llegada la hora, él mismo no podía poner en práctica aquellas recomendaciones e información que brindaba lo cual, según él, convertía todo lo que decía y pensaba en algo inútil, cuestión que le molestaba varias veces al día. 
                       -Parecerá impertinente, pero le aconsejo que haga un esfuerzo y vaya esa reunión. 
Roberto se quedó en silencio e inmóvil unos minutos, su comportamiento realmente reflejaba la imagen de un niño al cual lo obligan a socializar sus padres una y otra vez. 
                       -De acuerdo- dijo Roberto frunciendo el ceño- iré. 
La secretaria sonrió. 
                       -Llama al doctor Alejandro su nombre debe estar en la agenda sobre la mesa de la sala y confírmale que asistiré- ordenó Roberto-también alista mi mejor traje por favor Natalia. 
                       -Enseguida doctor. 
El reloj marcaba las nueve de la noche, un auto color negro se estacionó frente a la entrada de la Universidad.  
                       -Buenas noches ¿me permite su identificación por favor?- saludó el portero. 
                       -Claro que si. 
                       -Buenas noches doctor Roberto Villarroel es un placer para los miembros de la Universidad de Atalaya tenerlo aquí esta noche- dijo el portero después de revisar la credencial- enseguida llegará uno de mis compañeros para estacionar su auto. 
                       -Muchas gracias- dijo Roberto entregándole las llaves del auto. 
                       -Usted puede pasar, sus colegas se encuentran en le salón de conferencias especiales “A”- hizo un gesto con la mano y llegó un pequeño carrito conducido por un joven- el camino hasta allá es muy largo doctor así que él lo transportará. 
Roberto no parecía muy cómodo con ello pero sabía muy bien que de verdad estaba muy lejos así que no tuvo más opción que aceptar. 
                       -Gracias- contestó nuevamente. 
Siempre estuvo en contra de ese tipo de cosas que sus socios implementaron en la universidad, le parecían innecesarias debido a que el ambiente educativo era convertido en un ambiente similar a un club de élite. En principio Roberto pensó convertir todo aquel terreno en una universidad apta para todo aquel que se esforzara estudiando y pasara el examen de ingreso pudiese forjar un camino y si bien se cobraría algo por un servicio, la tarifa no sería elevada; pero él no podía estar solo en un proyecto de esa magnitud y las personas quienes levantaron ese lugar con Roberto no tenían esos mismos planes; actualmente la “Universidad de Atalaya” estaba situada entre las mejores del mundo, cosa que era un gran logro para el país ya que ninguna de las demás podía alcanzar ese rango pero a su vez este reconocimiento trajo un alza en las tarifas que se cobraban, a fuerzas Roberto logró hacer que aceptaran la introducción de un amplio plan de becas, permitiendo que todos tengan oportunidad de realizar sus estudios en aquella universidad; todo aquello era otra de las razones por las cuales no podía soportar a sus colegas. 
Algo de lo que Roberto siempre se maravillaba aún si le parecía fuera de lugar, era la arquitectura con la que se diseñaron los edificios dentro del campo, los estudiantes tenían acceso a espacios recreativos y de estudio por igual. 
-Llegamos- anunció el joven. 
Las luces estaban prendidas pero no se escuchaba ningún sonido dentro. Roberto ingresó despacio al recinto, al parecer todos estaban en silencio debido a que uno de los agasajados ofrecía unas palabras por la ocasión. 
                       -Roberto…Roberto… 
El doctor Alejandro llamaba a Roberto desde una esquina cerca  a la mesa de bocadillos. 
                       -Que bueno que decidiste venir- dijo en voz baja Alejandro. 
                       -No me quedaré mucho tiempo, eso tenlo por seguro. 
                       -De acuerdo, de acuerdo pero al menos que ese tiempo cuente. 
Alejandro entregó a Roberto una copa justo en el momento que el accionista mayoritario terminara su discurso, los aplausos no se dejaron esperar. 
                       -Gracias- expresaba el accionista-como siguiente número me gustaría que otro de los invitados expresara unas palabras- con la mirada buscó entre la gente y señaló en una dirección-mi buen amigo, el doctor Roberto Villarroel. 
Todos se dieron la vuelta asombrados, ninguno se dio cuenta que Roberto estaba en el salón. 
                       -Es muy raro que te presentes a una de nuestras reuniones y siendo esta una ocasión especial me gustaría que  expresaras unas palabras. 
Desde casa Roberto tenía el miedo de que algo así ocurriese, si ya de por si el asistir a la reunión no era de su agrado, el hablar frente a ellos era algo que no deseaba. Alejandro lo sacó de su ensimismamiento dándole una palmada en el hombro. Roberto se acercó lentamente al accionista y tomó el micrófono. 
                      -Disculpen el aturdimiento, comprenderán que Joaquín pidió que hablara su buen amigo y a mi apenas me llama para felicitarme por año nuevo solo porque su esposa lo obliga, así que el llamamiento me dejó confundido. 
Todos rieron por el comentario y el accionista Joaquín se sonrojó. 
                       -Ya que no soy un hombre de muchas palabras, seré breve- mojo sus labios con la lengua- nunca olvidemos señores el motivo por el cual abrimos esta institución, no para llenar nuestros bolsillos de dinero, sino para poder ofrecer una buena educación a una generación de jóvenes que lo necesita- tomó un respiro-las exigencias actuales no nos permiten tener una vida lentificada, nosotros como educadores somos los primeros en mantenernos acelerados ya que somos el motor del conocimiento que estos jóvenes lleguen a tener. 
Los presentes observaban a Roberto entre admirados y alterados, no estaban acostumbrados a un discurso como el que les ofrecía, mientras más se les hablaba de números más contentos se ponían, pero cuando se les hablaba de intereses ideológicos, simplemente volteaban la cara. 
                       -No quiero aburrirlos más y prefiero que disfruten la fiesta así que para acabar con mi discurso- levantó su copa- propongo un brindis. 
Todos bebieron de sus copas y mientras Roberto se retiraba del escenario principal algunos tímidamente le aplaudían. 
                       -Veo que tienes un lado revolucionario muy marcado Roberto- comentó Alejandro. 
                       -Y a la par yo veo que eso incómodo mucho-dijo con una sonrisa- es lo que quería, ahora no me molestarán toda la velada 
La noche transcurrió sin mayores complicaciones, al parecer el discurso de Roberto produjo el efecto contrario al que esperaba, muchas personas se le acercaron para discutir con él acerca de lo que dijo y sobre el manejo de la Universidad, también recibía quejas sobre padecimientos que las personas tenían. 
                       -No puedo atenderla aquí señora, señor- eran las palabra que repetía todo el tiempo- le pido por favor que se acerque a mi consultorio. 
                       -Me da mucha vergüenza ¿imagínese si mis amigas llegan a enterarse? ¡Sería la comidilla de todos! ¡Pensarían que estoy loca! 
Roberto confirmaba una vez más el desagrado que tenía por asistir a las reuniones de este tipo de personas. Eran las once de la noche, Roberto estaba cansado así que decidió marcharse. 
                       -¿Te vas tan pronto? Quédate un poco más- insistió Alejandro. 
                       -No Alejandro, yo me retiro. 
                       -De acuerdo, al menos ya saliste de tu madriguera una vez y espero que no sea tan difícil sacarte la próxima- carcajeó-déjame acompañarte a la entrada, voy por mi saco. 
Roberto se quedó esperando en la puerta, cuando se percató de algo que paso por alto, a lado de la puerta principal, había un cuadro similar al que tenía en su consultorio cuando ocurrió lo del ataque, comenzó a sentirse inquieto pero se acercó para observarlo más de cerca; el lienzo tenía dibujado a un hombre sentado en un sillón de cuero el cual parecía seguir con la mirada a quien lo admirara, de fondo solo habían unos libros distribuidos por todo lado con títulos de diferente índole; la inquietud de Roberto aumentaba, ahora estaba acompañada por una sensación de vacío a su alrededor y dentro de él, se sentía extremadamente inseguro. Roberto se giró para buscar a su colega y salir de ese lugar. 
Grande fue su sorpresa y su temor al ver que alrededor de él no había absolutamente nadie, el salón estaba vacío, Roberto camino por el escenario principal, el aire frío que pasaba a través de la puerta se volvió muy intenso y hacía que el doctor apretara su saco tratando de ganar algo de calor. 
                       -Si esto es una broma ¡Espero que acabe ya! 
El ambiente iluminado cambió de repente, las luces se apagaron dejando a Roberto sumido en la oscuridad, saco su celular del bolsillo y encendió la linterna intentando ver algo, alcanzó a notar una sombra moverse alrededor de él, avanzó hacia aquella sombra lentamente. 
                       -¿Hola? 
La sombra desapareció tan rápido como Roberto la percibió, intentó seguirla con la linterna pero no lo logró, a cada paso se chocaba con alguna mesa lo cual le dificultaba aún más su tarea de tratar de saber que estaba pasando. 
                       -¡Se acabó!- exclamó de un momento a otro-ahí los dejo con su fiesta porque a mí nadie me hace bromas de este tipo. 
Entonces Roberto se apresuró a enfocar la puerta de la salida con la linterna y caminó hacia ella de regreso, el ambiente continuaba tenso y el intentaba mantenerse centrado para no caer en el pánico, cuando logró tocar la puerta sintió como si alguien le susurrara en la espalda, se giró violentamente pero no había nada; forcejeó con la manija de la puerta un rato hasta que logró abrirla y salió de la habitación, continuaba oscuro pero al menos se sentía aliviado de dejar aquel horrible ambiente, con su teléfono celular buscó algún interruptor para caminar por el pasillo y llegar al patio principal; luego de un rato encontró uno, estaba averiado así que tuvo que unir dos cables para lograr encender las lámparas; logró hacerlo pero lo que vio a continuación le heló la sangre, estaba nuevamente en la habitación de la que había salido hace unos instantes, solo que esta vez la puerta se encontraba en el otro extremo. 
                       -Esto no puede ser posible-murmulló. 
Corrió hacia la puerta de salida nuevamente y en medio del salón la luz se pagó, Roberto estaba preparado y recordaba a que distancia se encontraba la puerta y aceleró el paso; después de unos minutos se detuvo, la puerta no quedaba tan lejos y aunque trataba de mantener la compostura sabía que eso no estaba bien, apuntó nuevamente con su celular y reaccionó frustrado al ver que no se movió ni cinco centímetros de donde estaba. 
                       -¡Maldición!-exclamó Roberto golpeando el suelo. 
Las luces iluminaron nuevamente la habitación, en esta ocasión las mesas desaparecieron y en su lugar estaban paradas unas personas vestidas totalmente de negro, ninguna tenía rostro y todas apuntaban sus dedos en dirección a Roberto, él los miraba aterrorizado, la poca cordura que tenía estaba siendo destrozada poco a poco.  
                       -Por favor- comenzó a suplicar-aléjense...no me hagan daño. 
Las personas avanzaron hacía Roberto lentamente. 
                       -No hay salida- pensó Roberto- pero no caeré sin pelear. 
Se levantó del suelo, agachó la cabeza y dio un respiro profundo quedándose totalmente quieto, las personas continuaban acercándose pero él mantenía su posición, los rostros de aquellos seres se tornaron color rojo, les molestaba el hecho que su víctima no los divirtiera; de un momento a otro se detuvieron también ellos, sus rostros se tornaron de un color azul oscuro. Roberto abrió los ojos y vio aquel escenario, su plan dio resultado. 
                       -No se como y no se quién logró entrar en mis recuerdos a través de la pintura pero ahora estoy un paso más de descubrirlo y salir de aquí. 
Los seres bajaron sus manos y vieron en dirección a la puerta, parecía como si estuvieran hablando entre ellos murmurando al oído del otro para que nadie más escuche.  
                       -No sean tímidos chicos...no muerdo. 
Los seres se quedaron en silencio en cuanto escucharon a Roberto, uno de ellos se acercó hacia él abriéndose paso entre los demás, su atuendo era algo diferente al resto, iba vestido con una capucha de color morado y zapatos negros, despedía una energía sumamente maligna pero por alguna razón Roberto no se asustó al verlo. 
                       -Dime... ¿Eres tú quien organizó todo esto? 
                       -Le dije que podría verlo doctor...es mi muestra de gratitud. 
                       -Reconocería esa voz en cualquier lugar- dijo- ¿Eres tú Carlos Reyes? 
La figura se bajó la capucha confirmando las sospechas de Roberto. 
                       -Usted no sabe de lo que se pierde doctor...este mundo es muy cómodo...este es mi mundo. 
                       -No- respondió-este mundo no te pertenece Reyes y tampoco existe...todo esta dentro de tu mente ¡Estas enfermo! 
                       -¿Y qué me dice de usted doctor? Porque si yo convivo en este mundo y estoy loco...usted que puede percibirlo también lo esta ¿cierto? 
                       -Ya desearías tener un loco como yo quedándose aquí- dijo burlándose. 
El ser lo vio con mala cara y luego sonrió. 
                       -Usted es toda una joya doctor y como cualquier joya necesitamos pulirla un poco. 
Nuevamente los seres comenzaron a moverse, Roberto se puso en guardia, no permitiría que abusaran de él una vez más. Todos los seres se abalanzaron sobre él, Roberto hacía su mejor intento por defenderse del ataque pero era inútil, lo sobrepasaban en número y fuerza, la oscuridad y desesperación se apoderaron nuevamente de él. 
                       -¡Aléjense! 
Gritaba y lanzaba golpes pero estos no producían ningún efecto; después de un rato y aceptando su destino, cerró sus ojos y dejó de luchar. De repente sintió un cosquilleo en su nuca. 
                       -¡Roberto! 
Era la inconfundible voz de Alejandro. Roberto dio un respiro de esperanza. 
                       -¡Suéltame! ¡Estas lastimándome! 
Eso no tenía sentido en el contexto de Roberto. 
                       -Soy yo al que atacan- pensaba- ¡¿Por qué no me ayudan?! ¡¿Por qué?! 
Todo era tan confuso y encima no podía abrir los ojos por más que hacía el esfuerzo. 
                       -¡Suéltalo animal! ¡Salvaje! 
Esta vez la voz pertenecía a una señora anciana, pero seguía sin entender la razón por la cual lo inculpaban a él. 
                       -Se acabó- dijo una de las personas 
Roberto sintió un fuerte golpe en la cabeza seguido de un dolor intenso. Cuando abrió los ojos vio como todos a su alrededor tenían una expresión de miedo dibujada en sus rostros. 
                       -¡Suéltame! 
Alejandro lanzó un golpe al estómago de Roberto y este cayó al suelo aturdido. 
                       -Sera mejor que llamemos a la policía- proponían algunos. 
                       -Mantengamos la calma- decían otros-no hace falta que hagamos algo tan precipitado, quizás tan solo se le subieron las copas de golpe. 
Roberto mientras tanto se arrastraba de dolor por el suelo 
                       -Si, eso debió ser- habló finalmente Alejandro-tan solo se le subieron los tragos. 
Los presentes intercambiaron miradas intranquilas. 
                       -Lo llevaré a casa- decidió Alejandro-así que tranquilícense ya que no pasó nada señores, por favor continúen con la fiesta. 
Alejandro recogió a Roberto del suelo. 
                       -¿Qué fue lo que te paso compañero?- preguntó Alejandro antes de salir. 
                       -La…la pintura…- señaló Roberto a la pared. 
Alejandro observó en la dirección que Roberto señalaba y se quedó algo confundido. 
                       -¿De cuál pintura hablas? 
                       -¡Esa!- insistió. 
Roberto intentaba recuperarse de los golpes que recibió y al mismo tiempo trataba de apuntar a ciegas. 
-Será mejor que nos apresuremos en llegar a casa porque la bebida te provocó un efecto muy fuerte. 
Ya en la casa de Roberto, Alejandro le ofreció una taza de café para que se calentara. 
                       -Bien, ahora puedes explicarme- dijo Alejandro. 
                       -Se que ahora no me creerás todo lo que te contaré…pero procuraré hacer que me creas. 
Dieron las doce de la noche en el reloj, Alejandro encendía su auto  y se retiraba de la casa de Roberto. 
                       -Será mejor que descanses, mañana haré que uno de los empleados de la universidad traiga tu auto…creo que será lo mejor- dijo como últimas palabras Alejandro. 
Roberto se mantuvo despierto, no podía descansar después de todo lo que había pasado; estas eran las ocasiones en las que se arrepentía de no haber empleado más de su tiempo a formar una familia o estar con  alguien que lo sostuviese cuando sintiera que estaba a punto de caer. Bajó las escaleras de su casa y se propuso dar un paseo en auto, pero paso por alto que lo dejo en la institución. No tenía cabeza para nada más que aquella alucinación. 
                       -Todo era tan real…- pensaba. 
Las horas pasaban y sus pensamientos cada vez se volvían más caóticos, quería encontrar el objeto que le provocaba su angustia pero no podía. En su estado alterado, removió todos los cuadros de la pared tratando de no mirarlos para no caer nuevamente en aquella ilusión óptica; los latidos de su corazón se aceleraban conforme escuchaba algún ruido fuera de la casa, en sus manos sostenía una botella de agua y una pistola, la cual cada cinco minutos era apuntada hacía el vacío. Decidió prender todas las luces de la casa para ver si eso lo tranquilizaba un poco pero tampoco dio resultado. 
Eran casi las cuatro de la mañana y en una esquina, como un niño asustado, se encontraba Roberto Villarroel, sosteniendo fuertemente ambas piernas y derramando lágrimas por la impotencia de no poder ayudarse a él mismo en algo tan simple como él consideraba ese tipo de crisis. 
                       -Ya pronto será un nuevo día…- repetía-ya pronto será un nuevo día… 

 



R.V.V. KORSA

#6272 en Otros

En el texto hay: psicologico, historias

Editado: 01.03.2019

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