La casa de piedra

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La casa de piedra

Algún acaudalado inversor adquirió el terreno donde yacían los restos de Pedrito, el conjunto de huesos que Cecilia una estudiante de la facultad de medicina de la Universidad Nacional de Córdoba enterró luego de su graduación, y decidió comenzar una moderna construcción en ese lugar, aprovechando el auge que había tomado la construcción en los últimos años. Modernos edificios que contrastan con la arquitectura colonial de la ciudad histórica “Córdoba de la Nueva Andalucía”. Nacida del deseo de vincular el Alto Perú con el Río de la Plata, mediante lo que se conoció como el Camino Real. Fundada el 6 de julio de 1573, alberga a una de las poblaciones más antiguas de Sudamérica. Se distingue a nivel internacional por el valioso patrimonio histórico y religioso, así como también por su trayectoria académica, ya que en Córdoba funcionó la primera universidad pública y la primera universidad privada de la Argentina.

Todo inicia en 1988 cuando Cecilia llega al Cementerio Municipal de Rio Ceballos a unos veinte kilómetros al noreste de la ciudad de Córdoba, donde un ómnibus la dejó sin retorno. La novel estudiante y su padre se adentraron en el largo camino que separa el portal de ingreso al cementerio, de la oficina de la municipalidad que allí se encuentra y tiene el cometido de regular el tráfico de cuerpos. Cadáveres pertenecientes a personas que nadie reclama y que quedan literalmente semi enterrados directamente en la tierra a falta de nichos o panteones para ese fin, a merced del tiempo y a la espera de que alguien los venga a rescatar de su confinamiento. El posible rescatista puede ser un lejano pariente que llega desde el exterior a reconocerlo y hacerse cargo, estudiantes de medicina que los utilizan para sus prácticas de facultad, o lo que es peor muchas otras eventuales alternativas un poco más macabras.

Era sábado por lo que la oficina de regulación de cuerpos estaba cerrada y cuando Cecilia y su padre llegaron en aquella fría mañana de mayo, solo un par de sepultureros de bajo rango se encontraban en el cementerio a modo de vigilantes fortuitos. Unos pocos australes para la damajuana de vino fueron las únicas credenciales que precisaron obtener lo que buscaban.

—Pero José, ¡ese no está pronto! Como se lo vas a dar —dijo uno de los sepultureros que parecía ser el más formal, o al menos jugaba ese rol en búsqueda de la propina.

—Yo que sé Pancho, es lo único que hay —le respondió el otro siguiendo el juego.

—¿Y aquella que enterramos el año pasado?

—No, ya la vinieron a buscar, apareció un hermano del interior …

Decidido a terminar la pantomima de aquellos dos hombres, el padre de la chica los interrumpió sacando de su bolsillo algunos billetes que ya había separado presagiando el fin de la conversación. Se los entregó en mano e inmediatamente ambos se retiraron del cementerio llevándose consigo a Pedrito, sin saber de qué forma la historia de sus huesos podía llegar a terminar.

Ya sobre el mediodía llegaron a su casa. Ubicada a pocos kilómetros de la ciudad, sobre una serranía con hermosa vista a las formaciones montañosas de mediana altura que constituyen el extremo sur de la región de las Sierras Pampeanas. Allí se dispusieron a preparar a Pedrito para lo que sería su último cometido ya finalizada su vida. Luego de horas de revolver el cuerpo sumergido en agua caliente y con bastante soda cáustica, ya al atardecer lograron separar los huesos de los restos de piel y cabellos que aún se podían encontrar en el cuerpo del hombre, que si bien se encontraba en avanzado estado de descomposición, distaba mucho de estar preparado para ser entregado a una estudiante de apenas dieciocho años. Tuvieron que revolver con improvisadas palas de madera compuestas de ramas secas y algún fierro de acomodar brasas en el parrillero, los cuales les permitía sacar a la superficie los restos de carne para ver cuál era el estado ante cada cucharada. En ocasiones tuvieron que cortar con cuchillos los cartílagos aún aferrados a los huesos ya que no llegaban a disolverse completamente con la soda.

Tal vez la tarea que más les costó realizar fue la de separar la grasa del abdomen y de algunos órganos internos que todavía eran identificables dado lo reciente del fallecimiento del hombre. Estos órganos semi descompuestos contribuían a la mezcla de agua caliente formando en su superficie una capa de grasa oriunda de los mencionados órganos y de la piel más gruesa de las que aún recubría el cuerpo en el momento de sumergirlo en el agua.

Horas le insumió aquella ardua tarea de revolver la mezcla, la cual emanaba un profundo olor grasoso. Tanto así que posteriormente pareció quedar impregnado en sus narinas durante años o al menos así lo recordaban cada vez que se enfrentaban a algún olor similar.

Finalizado el trabajo, Pedrito ahora si ya estaba en condiciones de formar parte del set de estudio de la joven universitaria, como el esqueleto que le permitiría estudiar el aparato locomotor mediante el sistema óseo únicamente, ya que el sistema muscular había sido descompuesto previamente por el accionar del agua caliente y la soda cáustica. Sus huesos fueron utilizados como apoyo práctico en interminables días de estudio para luego, una vez acabado el ciclo curricular, ser enterrados en el terreno baldío lindero con la casa de la chica. Tanto el terreno como la casa se encontraban en las inmediaciones de la Escuela de Aviación Militar de Córdoba. En la actualidad dicho centro de estudios castrenses depende de la Dirección General de Educación de la Subjefatura del Estado Mayor General de la Fuerza Aérea y ofrece un plan de estudios que incluye educación física, académica y militar, pero previamente había sido parte del Comando General Militar y estaba asociada al lugar donde se rumoreaba que ocurrían algunos crímenes de lesa humanidad de la cruel dictadura argentina.



Carlos Silva Cardozo

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En el texto hay: argentina, cordoba, desaparecido

Editado: 29.10.2019

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