La chica de la habitación de enfrente

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Capítulo 3

Me gustaba escucharte hablar, eras tan interesante, siempre parecía que revivía en todo el lugar, los hechos que relatabas sin ninguna vergüenza. La noche de aquel caluroso domingo por primera vez, en mucho tiempo, encendiste las velas que estaban en el viejo comedor en el que nadie comía y nos sentamos juntos a cenar; los espaguetis quedaron un poco duros pues la estufa, ya tenía varios años a veces encendía otras veces encendía y se apagaba una y otra vez, había que estar de pie junto a ella halando la perilla varias veces, para poder asegurarse que quedaría cocido todo. Sin embargo nos aburrimos y decidimos dejarlos así, ahí estábamos sentados frente a frente observándonos mientras jugábamos a quien terminaba primero, insististe en encender la radio y escuchar tu emisora favorita, terminamos la noche bailando en nuestros asientos que rechinaban al ritmo de la música.

Pronto llegaron los estudiantes, noté sus rostros asoleados, ojerosos, se notaba que habían dormido muy poco; nadie parecía interesarle hablar conmigo ni mucho menos notaron lo limpio que estaba todo. El estrecho vestíbulo se convirtió en un aglomerado cajón de carga humana. Me encontré con tantos nombres, fue cuando me vi perdido, vencido entonces, llegaste, organizaste todo en muy poco tiempo, ubicaste a cada inquilino, observaba cuidadosamente como tú lo hacías y con los días aprendí la técnica; no era difícil, asusta ver tanta gente hablándote, no sabes a quien atender primero.

Con el paso de los días nuestra amistad crecía tanto, que a pesar del calor no me encerraba como los demás, solo, en la sala de estar observaba por la vieja ventana, el sol matizar y te veía venir de entre los arboles gigantes que vestían la calle, ¡tan hermosa como siempre! Parecía que caminaras en el aire. Incluso desde la pensión podía verte sonreír, sabias que te observaba era realmente agradable.

Empezamos a conversar en todas partes, aun en la espera del baño. Pensé en madrugar para ser el primero en llegar porque sólo había un baño; de camino siempre te encontraba haciendo la larga fila.

Todos los días antes de ver el atardecer matizar, me sentaba a un costado de la ventana a esperarte. A veces había estudiantes leyendo o viendo algún programa tonto de jóvenes embriagados, es extraño que diga esto pero, si estuviera en la universidad con mis amigos, ese programa sería una bendición, sentía todo un cambio dentro de mí.

Cuando estoy solo sentado en el viejo comedor, con las velas iluminando mi rostro, me pregunto si fue tu amor quien me salvó, cambió, transformó todo o el estar rodeado de personas parecidas a mí lo que hiso meditara acerca de la vida que estaba llevando. Solía pensar, mi padre y mi tía sabían la clase de inquilinos que Vivían en la pensión, por esa razón me dejaron a cargo, en mi interior algo decía que mi padre ya no le quedaban más opciones o que por fin comprendía, dejarme aprender de la vida por mis errores, era lo mejor.

Cuando estaba en el balcón, intentaba conversar con alguien más aparte de ti, porque sentía me consumías; pensaba muy a menudo que si vivía sin ti, me iba a obsesionar hasta perder la cabeza. Todo fue inútil, eran tan parecidos a mí ¡los muy cretinos!, no decían ni buenos días, no saludaban, ¡nunca lo hacían! ; No era que me molestara, podían hacer lo que quisieran con su vida, sólo que el hecho de vivir con alguien más implicaba al menos ser amable. Era estresante tener que estar en la pequeña sala, rodeado de sujetos a los cuales no les importaba mi presencia.

Me interné en ese mundo que solias traer en cualquier lugar, donde quiera que fuera que nos refugiáramos de la mala vibra emanada por quienes nos rodeaban; entonces tu narración llevaba mi mente hasta el cielo nocturno, conectándome con tus memorias.

Una vez me contaste que en tu infancia vivias en un pueblo, de lo mucho que te gustaba estudiar, asistias a una pequeña y humilde escuela que sólo el viento sostenia; cuando llovía la escuela cerraba entonces, mentias en tu casa, decias ibas a clases en realidad te quedabas en el puente a mirar a muchos de tus amigos fallecidos ya hace tiempo, saltar de la parte más alta del puente al rio, bajo la lluvia los veias sumergirse y salir sastisfechos de sus hazañas; permanecias en silencio escuchando las gotas de lluvia caer en las barandas y el ruido que hacía el rio al chocar con los cuerpos de los pequeños, jugando a quien iba más profundo.

Cuando regresabas a casa ya eran más de las cinco, aunque la lluvia había cesado, se podía escuchar en los baldes el sonido de las pocas gotas atrapadas con el moho del tejado. Siempre aparecía en la entrada tu hermanita, con expresiones de burla, por la pela que te esperaba, con el olor a lluvia y los zapatos llenos de lodo, entrabas por la parte de atrás, a pesar del ruido que provocaba tu hermana nadie se enteraba de tu presencia, hasta cuando ya dormías era entonces cuando comenzaba todo, los regaños, la búsqueda del cabito por supuesto huías sin temor a encontrarte con algún pederasta de pueblo. Sentada en una banca del parque, recostada sobre ella, observaste los juguetes que habían en el cielo, no sé a qué te referías; decías que tu mente viajaba sin control por el cielo, imaginando que eras una gran pintora, viajando por el mundo.



Nani Ferrin

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En el texto hay: amistad y amor, cambio de vida, dolor y sufrimiento

Editado: 12.06.2018

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