La chica del cabello de algodón de azúcar

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I. LESLIE

Saqué la agenda de polipiel verde mint del bolso para comprobar la planificación del día.

9:00 Sesión de fotos para anuncio de perfume.

11:00 Cita con agencia de viajes.

12:30 Almuerzo con Armando.

¿Armando? ¿Quién diablos es Armando?

Cerré la agenda maldiciendo porque de nuevo hubiese metido mano en ella sin consultarme, pero decidí que era mejor comentárselo una vez terminada la sesión de fotos.

Miré la hora. Las 10:35. Íbamos bastante justas. En la agencia siempre nos dan unos minutos de cortesía, pero odio trabajar con los tiempos tan justos. Me acerqué al fotógrafo, que no dejaba de lanzarle frases manidas a Leslie, cosa que a ella le encantaban. ¿Sabéis las frases de las que os hablo? Del estilo "posa para mí", "seduce a la cámara" y ese rollo.

—Disculpe, ¿le queda mucho?

—No, en cinco minutos a lo sumo habremos terminado -respondió sin separar el ojo de la cámara. El chico no era muy agradable, pero trabajaba bien.

—Amy, deja al chico y no le entretengas —soltó Leslie entre sonrisa y sonrisa.

—Yo solo te digo que tenemos veinte minutos para llegar a la agencia de viajes. Y aún tienes que cambiarte, o ¿vas a ir de burbuja Freixenet?

Leslie me sacó la lengua y siguió posando para el fotógrafo. Siendo sincera, tenía mucha suerte con mi trabajo. Nunca que me he quejado, que conste. Bueno, igual alguna vez, tampoco iba a ser todo perfecto, y quejarse es un placer. Pero, aun así, me gustaba lo que hacía. La vida de una influencer no es moco de pavo, como se cree la gente que lo ve desde fuera. Viajes, sesiones de fotos, post colaborativos... Es algo que suena fantástico, pero agotador. Pero en el caso de Leslie, me tiene a mí. Su assistant management o, lo que es lo mismo, la que le lleva la agenda, le prepara los post y fotos, la que le ayuda con los correos y mantiene comunicación con las empresas colaborativas. Pensaréis que es la parte aburrida y, en parte puede que tengáis razón, pero me gusta hacer todo eso, y me gusta formar parte de este mundo, aunque sea entre bambalinas.

Volviendo a Leslie... no es la típica niñata engreída que se lo tiene creído. Es divertida, es comprensible y la verdad que se hace muy fácil trabajar con ella. Lo cual, es un alivio. Porque desde que empezó a subir como la espuma después de que una empresa de cosmética le ofreciera ser embajadora de su firma, se la rifan. Y no es para menos, Leslie es guapa hasta decir basta. Con su larga cabellera dorada, sus ojos castaños y su cuerpo fitness, no hay sitio donde no llame la atención.

—Ya hemos terminado —me soltó una Leslie sonriente. El vestido dorado que llevaba brillaba con una intensidad apabullante. La miré de arriba abajo y me bajé las gafas que llevaba puestas en la cabeza.

—Tienes cinco minutos para cambiarte —le dije entre risas mientras llamaba a un uber.

—¡Exagerada!

—Que sean cuatro.

—Está bien, está bien —hizo ademán con la mano mientras se alejaba al vestuario.

Puede que estéis pensando que tenía a la jefa perfecta. Bueno, pues no. Sí, Leslie era fantástica, pero tenía un fallo: su carácter. Cuando se enfadaba, era como tratar con un gremlin al que acababan de mojar o habían dado de comer pasadas las doce. Era imposible razonar con ella. Por desgracia, esto era algo que pasaba más de lo que me gustaría, pero sí, el resto del tiempo era fantástica.

Aprovechando que Leslie había ido a cambiarse, me acerqué al tocador que tenían en el estudio. El cabello rosa me caía perfectamente liso hasta la mitad de la espalda. Llevaba los ojos azules perfilados con una línea negra muy sutil, y los labios en un rosita claro. Me alisé con las manos los pantalones grises y me coloqué bien la americana amarilla. ¿Qué sería la vida sin un toque de color?

—Ya estoy.

Subimos al uber que nos esperaba fuera. Un hombre muy simpático, vestido de traje, era quien conducía.

—Has vuelto a tocar la agenda —solté sin más.

—Te recuerdo que es mi agenda —puso un especial énfasis en el mi.

—Lo sé, pero soy yo quien la maneja, y si escribes sin decirme nada, sabes que la organización y los tiempos pueden variar. Y a todo esto, ¿quién es Armando?

—Un chico guapísimo que conocí el otro día en el gimnasio —puso la mirada perdida, o lo que para ella era la imitación de estar enamorada—. Me invitó a almorzar y acepté.

—¿Eso quiere decir que esta noche dormirás acompañada?

—Tal vez —me guiñó un ojo de manera pícara.

En parte la envidiaba. No porque quisiera dormir acompañada esa noche, o tal vez sí, pero no era eso. Sino por la facilidad que tenía para encapricharse de alguien. Pero ojo, se encaprichaba, disfrutaba del tiempo con él, y después se acababa y a otra cosa, mariposa. No malentendáis. Me gusta disfrutar de la vida, pero encontrar el amor no es una prioridad para mí. Mi tiempo libre prefiero dedicarlo a mi familia, amigos, mis hobbies y, por supuesto, a mi gatito Kiwi.

Nada más llegar a la agencia nos atendió Rachel, la misma agente que llevaba todos nuestros viajes. Eso nos ahorraba tiempo, ya sabía exactamente como gustaba viajar, horarios, equipaje... Solo debíamos darle un destino. En este caso: Marruecos.



Blair Meller

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En el texto hay: romance, influencer, youtuber

Editado: 01.11.2019

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