La chica del Cubo

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I. La huida

Dana no conocía más que el interior del Cubo. Sin embargo no estaba incómoda allí, ya que podía recorrer kilómetros dentro de él o estar tan apretujada que sólo cabía en posición fetal. Pese a esa libertad artificial, cuando despertó de su eterno letargo, pensó que no quería seguir con lo mismo. Quería salir. Quería sentir lo que el Cubo le mostraba en imágenes estáticas y carente de emociones o sensaciones.

También se preguntó por qué el Cubo la necesitaba, si él tenía el poder suficiente como para hacer las cosas por sí solo. Si había estado dormida tanto tiempo y el mundo no colapsó, muy bien podría salir y no habría diferencia.

Así que decidió fugarse, conocer el exterior, tener contacto con las personas, con el mundo que sólo veía sobre las caras planas.

En un principio, el Cubo se negaba a dejarla ir, se estiraba, alejaba sus paredes cuando sus dedos rozaban el límite. Dana insistió y, sabiendo que él era más débil cuando usaba demasiada magia, hizo estallar una tormenta que amenazaba inundar el pueblo bajo la colina. El río creció hasta casi desbordarse. Originó una estela de rayos, truenos, relámpagos y azotó el lugar con un viento huracanado.

El Cubo insistió, a pesar del trabajo que le costaba llevar a cabo las órdenes de la Diosa, sin embargo, Dana comenzaba a atravesar las paredes. Le proporcionó una pequeña resistencia, como si pasara a través de un muro de agua y luego, medio segundo después, se encontraba fuera.

Y un sinfín de emociones la llenó, abrumándola por completo. Sintió hambre, sed, frío, cansancio, sueño… Cosas que sólo podía imaginar dentro del Cubo.

Intentó ponerse de pie, pero su cuerpo pesaba demasiado. Tomó aliento, un aire gélido le llenó los pulmones y tosió. Se recompuso e hizo un esfuerzo sobrenatural por levantarse, sintiendo las baldosas frías bajo sus pies.

Temblando, miró hacia el Cubo, inmóvil, sólido como cristal, mas al mismo tiempo vivo y palpitante como un bloque de agua.

—Lo siento —murmuró Dana con la voz ronca.

Y se echó a correr a trompicones.

 

 

No muy lejos de allí, en la biblioteca del Castillo, dos de los Ancestros estaban al lado de la chimenea. Tenían cada uno una taza de té que reposaba al lado del tablero de ajedrez donde estaban jugando una partida muy reñida. El tercero, el más anciano de ellos, estaba de pie contemplando por el gran ventanal la tormenta que se desataba en el exterior.

—Parece que Dana vuelve a tener pesadillas... —dijo con voz profunda el Ancestro Ozai girándose para mirar a sus compañeros. Estaban convencidos que, desde que la Diosa había entrado en ese estado de hibernación, sus sueños incidían en el clima. —Espero, por el bien del pueblo, que termine pronto.

Llevaba el cabello blanco y liso recogido en una media cola, y vestía una túnica violeta, color característico que representaba al Cubo y su Diosa.

Sus colegas, Lambda y Júpiter, eran más jóvenes en apariencia, no obstante, eran tan añejos como él. Lambda era una mujer esbelta y seria, siempre llevaba el pelo negro recogido en un moño apretado, mientras que Júpiter lo llevaba enmarañado y la barba de varios días, cosa que contrastaba con su impecable smoking morado que hacía juego con su corbata del mismo color.

—¿Quieres que vaya a ver si puedo controlarlo? —indagó Júpiter mientras comía un alfil de Lambda con su caballo. Se tanteó el pendiente de su oreja izquierda y se levantó—. Jaquemate. —Su torre quedó en la fila del rey. Había ganado.

Salió de la habitación y, con una sonrisa, desapareció por los pasillos. Si bien la Diosa controlaba todo el poder del Cubo, los Ancestros tenían acceso a una pequeñísima porción de magia, que la usaban para gobernar el Territorio en nombre de ella. A veces, muy de vez en cuando, podían tranquilizar a la Diosa y apaciguar el clima anormal.

Júpiter llegó al centro del Castillo, en la parte más alta de la colina. En aquel lugar había un enorme recinto de paredes altas y talladas, adornadas con los más bellos cuadros. En techo abovedado tenía una pintura de las constelaciones y la Vía Láctea. En el centro estaba el Cubo, imponente, transparente y gélido, con ese aspecto de cambio al mismo tiempo de parecer sólido como una roca.

Pero su interior se veía vacío. Dana no estaba.

El Ancestro se tensó mientras su cuerpo era recorrido por un pánico desgarrador. La Diosa había desaparecido. Los colores que el Cubo exhibía en ese momento se arremolinaban en las paredes, indicando con fiereza que estaba tratando de controlar la situación.

Pero para el Cubo era como detener la lluvia con las manos. Solo, era vulnerable.

Júpiter no dudó en volver sobre sus pasos.

 

 

Dana se había memorizado el camino hacia la salida con mirarlo apenas una vez en el Cubo. La cara superior siempre mostraba las andanzas de los Ancestros dentro del Castillo, así que lo conocía como si lo hubiese recorrido con sus propias piernas.



Dayana Portela

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En el texto hay: dioses, romance, romance fantasia magia

Editado: 26.02.2018

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