La chica del Cubo

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IV. El ejército violeta

Dana contempló el parque eólico desde la distancia con asombro, boquiabierta. Había visto los molinos desde el Cubo, sin embargo verlos allí, tan cerca y tan imponentes, era indescriptible. El parque estaba más allá del pueblo, sobre una zona elevada que precedía el bosque que rodeaba la ciudad de Soros. Era un lugar donde corría más viento. Ella misma varias veces se había encargado de impulsar las hélices en algunos veranos, o eso creyó, mientras estaba sumida en la inconsciencia y soñaba que era parte de la naturaleza.

Por suerte no se habían dañado con el terremoto.

Sigma, por otra parte, era un caos. El pueblo era pequeño, con calles de adoquines y lleno de casas pequeñas y de aspecto pobre, la cuales contrastaban con algunos edificios y mansiones que se veían en la distancia al otro lado. El sismo no había dañado la infraestructura del pueblo, pero los habitantes estaban nerviosos y caminaban de un lado a otro preocupados y verificando que todo estuviese en orden. Incluso el cableado eléctrico estaba intacto.

Dana se ajustó la capucha del tapado de paño que Mey le había prestado para ocultar su pelo. Observó desconcertada que habían muchas personas vagabundas dormitando o pidiendo limosna en las esquinas o callejuelas. Con dolor, se dio cuenta que todos esos años ausentes habían afectado a su gente, que los Ancestros no podían mantener las cosas en equilibrio y que ella había actuado como una niña caprichosa.

Si así estaba el pequeño pueblo de Sigma, ¿cómo estaban las ciudades de Soros y Mires?

—¡Dana, cuidado! —Oyó que le decía Loy, y sintió un tirón en su brazo que la sacó del camino de un carruaje lujoso tirado por caballos de pelo brillante. Pasó por ella veloz sin apartarse ni frenar, mientras el cochero le lanzaba una sarta de insultos—. ¿Estás bien? —preguntó el muchacho al verla tan consternada.

—S... Sí… Eso creo… ¿Pero qué fue eso? —indagó un tanto asustada.

Había visto a las personas que viajaban en el interior, estaban bien vestidas, llevaban joyas y peinados extravagantes y le habían lanzado una mirada despectiva.

—El dueño del supermercado principal, su esposa e hijos. El hombre que se queda con el dinero de nuestro trabajo —soltó Loy aborrecido y Dana entendió que los humanos eran tal cual sospechaba: soberbios, avariciosos y codiciosos. O por lo menos, la mayoría de ellos—. Él me compra los peces por chirolas y luego los revende a unos 200 o 300 por ciento más. Pero bueno, así es la vida acá, o te roban o te estafan. Tendrás que acostumbrarte.

Dana no lo podía tolerar, y apretó los dientes para no decir nada.

Loy la llevó al supermercado y ella, como una niña pequeña, casi corría por los pasillos entusiasmada con todo lo nuevo que encontraba. Ver las cosas por el Cubo, saber que existen, no era lo mismo que poder tocarlo o descubrirlo con sus propios ojos. Después fueron hasta la farmacia por unos analgésicos para Mey. La muchacha percibió que cada vez que tenía que pagar, Loy se daba la vuelta para que ella no pudiera ver su billetera casi vacía. Sin embargo, estaba consciente que su familia era humilde y que vivían de lo poco que hacía Mey en el cabaret y de la pesca de Loy. Se sintió como una intrusa que estaba aprovechándose de su hospitalidad, sabiendo que ellos no podían darse el lujo de gastar por una cuarta persona.

—¿Quieres que te acompañe a la Central Armada a ver si saben de alguien que se haya perdido? —preguntó Loy sacándola de sus pensamientos mientras salían de la farmacia—. De seguro eres muy fácil de identificar.

—Sí… —dijo Dana nerviosa, y se colocó un mechón de pelo detrás de la oreja, volviendo a ajustar la capucha. Había tomado una sabia decisión ocultándolo, ya que llamaba demasiado la atención por el extraño color. Incluso si sólo los Ancestros la conocieran en persona, con tan solo decir que habían visto una muchacha de cabello y ojos violetas, la encontrarían sin dudas—. Pero no, gracias. No creo que… sepan algo.

Loy, que se había percatado de su gesto, la miró de forma inquisitiva mientras trazaban el camino de vuelta.

—¿Estás huyendo de algo?

Dana abrió los ojos y se detuvo en seco.

—¿Por qué dices eso?

—No lo sé —dijo él deteniéndose a observarla. Dana soltó la respiración, ya que la había retenido por la sorpresa, y emprendió la caminata. Loy la siguió a su lado—. Actúas como si no quisieras que te encontraran… Si te pasó algo malo, no te culpo por huir —declaró dándole una mirada compasiva. Dana le sonrió en agradecimiento.



Dayana Portela

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En el texto hay: dioses, romance, romance fantasia magia

Editado: 26.02.2018

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