La chica del Cubo

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V. Lágrimas

Al verla desplomarse de rodillas en el suelo llorando, Loy se acercó preocupado, poniéndose en cuclillas frente a ella sin saber qué hacer, o qué había ocurrido para que estuviera en tal estado. La tomó por los hombros y la sacudió para que volviera a sí, para que detuviera el llanto, pero no reaccionaba. El muchacho sintió que le invadía un miedo irracional, angustiado comenzaba a cavilar todo tipo de cosas que le podrían haber pasado en ese lapso de tiempo que la había dejado sola. Se reprendió por no haberla llevado consigo, no la debería haber dejado sola ningún momento ya que sabía que ella era como un gato chico: no conocía el peligro. No conocía nada.

Era como una niña a la que necesitaba proteger.

—¡Dana! ¡Háblame! ¿Estás bien?

Como si su voz fuese un latigazo para volver a la realidad, la muchacha se obligó a tranquilizarse poco a poco. Cuando ya no hipaba, se secó las lágrimas con la manga de su tapado. Loy se quedó inmóvil, mirándola expectante mientras esperaba una respuesta o explicación. Dana no lo quería mirar a la cara, así que dirigió los ojos hasta la bolsa de papel que el joven había dejado en el suelo a su lado.

—¿Ahí tienes a las famosas empanadas? —preguntó ella con voz llorosa mientras intentaba esbozar una media sonrisa y evitando hablar de lo que acababa de suceder.

Loy ignoró aquel intento de cambiar de tema.

—Mírame. —El muchacho acunó su mejilla en su mano y la obligó a mirarlo a los ojos—. Sé que escondes algo, no te puedo obligar a que me lo digas, pero entiende que esto se está volviendo insoportable. —Dana miró hacia un lado, evitando los ojos inquisitivos color esmeralda—. Si hay algo que pueda hacer para ayudarte…

Hubo un tiempo en que creía que la humanidad no valía la pena, que si estuviera o no lo cambiaría la esencia malvada del ser humano. Por eso había dormido, para no ver como se autodestruía, aunque ahora, ante la amabilidad de Loy, no podía sentirse más que arrepentida.

Una de las personas que había estado a su lado en todos esos siglos se había ido frente a sus ojos… Para siempre. Y todo por culpa de su falta de responsabilidad con sus obligaciones.

Y en ese momento tenía a Loy frente a ella, suplicándole un mínimo de confianza, mas ella le había fallado. A él y a toda su gente. Y también estaba Ozai. ¿De qué sería capaz de hacer? En los años que estuvo despierta, él siempre se había mostrado riguroso y exigente… Supuso entonces que, enceguecido de poder, sería aterrador.

—Perdón, Loy, pero no puedo —sollozó.

Loy sacudió la cabeza, mordió el labio inferior conteniendo la rabia y golpeó el suelo con el puño. Se levantó ágilmente, pasando una mano por el rostro.

—Vamos a casa —dijo, esbozando una sonrisa que borraba todo rastro de enojo en su expresión.

La muchacha lo contempló con los ojos abiertos de par en par, con las pestañas aún húmedas. Una calidez le llenó el pecho al oírlo incluirla en su hogar. Sonrió con los labios trémulos por el llanto, aceptó la mano extendida de Loy para ayudarla a levantarse. Lo miró a los ojos y no lo soltó.

—Estás helada —comentó Loy con torpeza al ver que ella no tenía intenciones de soltarlo—. Vamos.

Salieron del callejón; Loy llevaba la bolsa de papel en la mano, pensando que luego de lo que había pasado lo mejor sería comer en el rancho. Dieron la espalda al pub y retomaron el camino de vuelta. Cuando llegaron a la carretera, un grupo de adolescentes se acercaba en dirección contraria. Loy jaló suave de la mano a Dana para colocarla detrás de sí, frunciendo el ceño. La muchacha, sin entender, se mantuvo atrás sin replicar.

Una de las adolescentes que venía con el grupo se apartó y se dirigió a ellos con una sonrisa y paso firme, y Loy se vio obligado a detenerse cuando ella quedó frente a él. Era una muchacha de no más de dieciséis años con el cabello rubio revuelto y encrespado. A Dana le dio la impresión de estar mirando a un león territorial y posesivo por la expresión de su rostro cuando pasó los ojos de Loy hacia ella.

—¡Loy, corazón! ¿Qué haces por acá? Nunca te he visto paseando a estas horas… —Había vuelto a mirar al chico y su voz trataba de sonar casual, sin embargo había un dejo de… ¿enojo quizá?

—Hola, Vanda —respondió él con aspereza—. Estoy un poco apurado hoy, si nos disculpas…

Intentó abrirse paso, mas la leona no se lo permitió. Vanda estiró el cuello para observar mejor a Dana, pero ella, intimidada, se acercó a la espalda de Loy y evitó levantar demasiado los ojos.



Dayana Portela

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En el texto hay: dioses, romance, romance fantasia magia

Editado: 26.02.2018

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