La chica del Cubo

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VI. Segunda huida

Loy se despertó con los típicos sonidos del rancho por la mañana: los pasos de Mey, el crepitar del fuego de la cocina a leña, el chirrido de las tostadas, el parloteo de Clay. Entreabrió los ojos y como todos los días se encontraba en su dormitorio, pero lo más extraño era que se había quedado dormido en una posición un tanto incómoda, sentado con la espalda recargada en la cabecera de la cama y con la mejilla apoyada sobre algo que olía increíblemente bien. Algo pesaba sobre su pecho dificultándole un poco la respiración y sentía el brazo derecho apretado y entumecido. Algo respiraba sobre su esternón, llegándole el cálido aliento a través de su pijama.

Movió apenas la cabeza mientras respiraba profundo y se asustó al ver una cortina de cabello violeta. Dana dormía plácida con la mejilla apoyada sobre su hombro derecho. Nervioso, sintió que todo su cuerpo se tensaba. Aún con el sopor causado por la somnolencia, optó por quedarse inmóvil, recordando en cómo habían llegado a esa situación. Su mente remitió a la noche anterior, a la tormenta, a la muchacha llorando sobre su pecho y la promesa de protegerla.

Sentía el calor del cuerpo de Dana contra el suyo, su olor, y lo único que le venía a la cabeza eran las imágenes de cuando la había visto por primera vez: desnuda, frágil e inconsciente. Pero principalmente desnuda.

Dejó que su cabeza cayera hacia atrás golpeando contra la pared con un golpe seco y miró el techo intentando ver más allá.

—Diosa, ¿por qué me haces esto? —gesticuló sin emitir sonido alguno, mientras soltaba el aire que había estado reteniendo en los pulmones.

Dana se revolvió dormida y se aferró a su cintura con un brazo, hundiendo sus finos dedos en los pliegues de su pijama y pasando una pierna por entre las suyas. Loy volvió a quedar paralizado. Luego de varios segundos –o minutos, no supo decir con certeza– contemplándola, decidió terminar con esa tortura.

—Dana. —La muchacha se movió y levantó la cabeza con los ojos aún cerrados—. Dana, despierta.

La aludida abrió los ojos aún enrojecidos por el llanto de la noche anterior y cuando enfocó a Loy lo miró con la sorpresa llenando sus orbes violetas. Tenía el cabello aplastado y revuelto de un lado y las marcas de los pliegues de la remera del muchacho en la mejilla.

De inmediato, la muchacha dio un brinco hacia atrás y quedó sentada de frente a él, con expresión asustada y mirándolo de arriba abajo.

—Perdón. —Fue lo único que pudo gesticular al cabo de unos segundos al darse cuenta de lo que ocurría, llevándose las manos a la boca mientras un color rojizo tomaba sus mejillas.

Loy se incorporó lo más rápido que pudo y se pasó los dedos por el pelo.

—Vamos, levántate que Mey ya nos tiene el desayuno pronto —dijo, tratando de parecer que aquello era lo más normal del mundo ya que Dana parecía en estado de shock. Se levantó rápido de la cama  y se dirigió hacia el armario, dándole la espalda.

Sintió que Dana se ponía tensa en pensar que Mey sabía que había pasado la noche en su cuarto. De seguro su madre estaría más que feliz, pero en ese momento estaba más preocupado con el problema que había crecido en su entrepierna. Se apoyó con ambas manos en el armario, dándole la espalda y suspiró.

—Vete a cambiarte —murmuró Loy con voz ronca y Dana obedeció, saltando de la cama y saliendo de la habitación como el alma que lleva el diablo.

La muchacha cerró la puerta de la habitación de Loy detrás de sí y se apoyó en ella con la respiración agitada. Se llevó las manos al pecho, sintiendo su corazón golpear tan rápido que creyó que saldría disparado por su boca.

Había compartido la cama con alguien toda una noche. Y no con cualquier persona, con Loy.

Con un hombre.

Se tocó las mejillas con ambas manos y sintió que se incendiaban. No era tonta ni nada por el estilo; por más que lo quisiera esconder, Dana lo había visto antes de que él saltara de la cama y le diera la espalda.

—¡Dana, ya despertaste! ¿Quieres café?

Por el tono de voz de Mey, Dana percibió que estaba más que feliz: rebosaba alegría por todos lados. Tenía una sonrisa que mostraba todos los dientes y que dejaba su rostro pleno y radiante. Había recogido las mantas y sábanas del sofá y las había dejado dobladas con cuidado sobre su baúl de ropas.

Clay, por otro lado, desayunaba alegremente sentada al lado de la mesa, saludándola con la mano cuando la vio salir.

—Sí —aceptó Dana tratando de no pensar y agradeciendo que no haya preguntado nada más. Eligió un vestido del baúl y entró al baño a ducharse y despejarse.

Al parecer Loy estaba esperando que saliera del baño, ya que cuando abrió la puerta el muchacho salió de su habitación y pasó como un rayo por ella sin tan siquiera mirarla. Ella se giró para ver que la puerta se cerraba con un golpe y se estremeció. Se dejó caer en una silla al lado de Clay y Mey se acercó a dejarle la taza frente a sus ojos.



Dayana Portela

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En el texto hay: dioses, romance, romance fantasia magia

Editado: 26.02.2018

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