La chica del Cubo

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VII. Con todas las de la ley

¿Dónde estaba Clay?

Ese día a Loy le tocaba ir a la casa de los Humus, padres de Vanda, a ayudar con el jardín y las reformas que estaban haciendo. Luego, tenía que pasar a buscar a su hermana a las dieciséis, hora en el que terminaba la jornada escolar... En ese momento estaba inmóvil bajo la lluvia a causa del poder de la Diosa.

¿Podría estar aún esperándolo sentada en los escalones de la entrada del colegio?

Salió disparado hacia el establo en busca de Rufus, sin preocuparse en reparar la puerta de entrada del rancho. Su hermana era mucho más importante que eso, y su hogar, al estar alejado de todo, muy pocas veces pasaba alguien por allí. Así que encontró a su caballo, se montó en él a lomo pelado y lo azuzó para salir a galope en dirección al pueblo de Sigma.

¿Por qué tenía que pasarle esas cosas? ¿Es que a la maldita Diosa Violeta le encantaba fastidiarle la vida?

Tachó ese último pensamiento con una sacudida de cabeza. ¿Qué demonios estaba pensando? ¡La maldita Diosa era Dana! Trató de alejar su mente lo más que pudo de ella. Tenía que pensar en su hermana perdida y en su madre, detenida por culpa de aquella muchacha irresponsable...

Y volvía a recordarla casi sin querer.

Le llevó quince minutos llegar a la escuela, la cual estaba vacía y con sus altos portones de hierro trancados a cal y canto. Había apenas algunas luces iluminando el exterior.

—¡Clay! ¡CLAY!

Nadie respondió. Nada se movió.

Rufus soltó un relincho, parecía preocupado también.

—Vamos —murmuró Loy, guiándolo hasta la plaza que estaba cerca de allí y que a Clay le gustaba ir por las hamacas y el tobogán.

Pero también estaba vacío. Sólo un hombre ebrio estaba sentado en un banco dormitando. Miró a su alrededor y notó que el pueblo entero estaba desierto y sin vida. No había casi nadie en las calles, y eso que no llegaba ser las nueve de la noche, así que después de varias vueltas decidió ir hasta la Central Armada.

Era un edificio ubicado en la esquina más alejada de la calle principal. Alto y de tres pisos, era una estructura de líneas rectas y con un sombrío color grisáceo que no hacía nada apetecible tener que pasar por allí. Sus altas puertas de roble estaban escoltadas por dos soldados con su típico uniforme militar violeta.

Ese color le hacía pensar en Dana.

Desechando una vez más sus pensamientos sobre la muchacha, dejó a Rufus en la vereda del frente y le dio una palmadita amistosa en una de sus ancas. Se acercó a la entrada de la Central, cuyos soldados, como si estuviesen en sincronía, dieron un paso uno hacia el otro para bloquearle el camino.

—Necesito pasar —exigió Loy en un tono áspero. No estaba de humor como para tener que dar media vuelta e irse—. Mi madre está detenida y mi hermana desaparecida.

—Nombre, señor —solicitó uno de ellos, el más alto.

—Loy Sturluson.

Ambos soldados se lanzaron una mirada y asintieron, como si hubiesen esperado que él viniera. Dieron un paso en dirección opuesta y le dejaron el camino libre.

Loy empujó las puertas de roble sin hacer demasiado esfuerzo y entró en el recinto de recepción. A un lado había un mostrador y un soldado sentado del otro lado leyendo un periódico con expresión de aburrimiento. Detrás de él había una cartelera con varios retratos de buscados, entre ellos, destacado, estaba el rostro de Dana, tan fiel que hasta dolía verlo.

—Que no habías visto a nadie así, ¿eh? —dijo una voz detrás de él en tono de burla, tan conocida que despertó los peores instintos de Loy. Se dio media vuelta para mirar al Teniente Greenwich a la cara—. Tienes suerte de que tu padre haya sido quién fue y por excelente escolaridad en el Colegio, sino yo mismo jalaría la palanca de la horca por la traición y las mentiras a tu Territorio.

El muchacho apretó los puños con fuerza, dejando los nudillos blancos. Iba a replicar, mas el Teniente, al ver sus intenciones, lo interrumpió:

—No quiero tus excusas. Mañana tienes que declarar ante la Ancestra Lambda. —En su voz había un dejo de hastío, mostrando su molestia. Se inclinó hacia Loy en una postura amenazante—. Te quiero aquí a las nueve de la mañana. De no ser así, te buscaré y me encargaré de matarte.

Loy no se movió, manteniéndose impasible.

—¿Dónde está mi madre? ¿Dónde está Clay? —exigió, rechinando los dientes.



Dayana Portela

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En el texto hay: dioses, romance, romance fantasia magia

Editado: 26.02.2018

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