La chica del Cubo

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VIII. Interrogatorios

Dana despertó incómoda por la posición en la cual se había quedado. Tenía la cabeza recostada en el árbol donde se había refugiado y estaba con todo su lado derecho recargado sobre el tronco áspero. Tenía la marca de la corteza en la cara, surcándole la mejilla con pequeñas líneas rojas.

Alzó los ojos al cielo y vio la luna llena a lo alto, indicándole que ya era tarde de la noche. Se levantó tambaleándose mientras observaba que ya había dejado de llover y su ropa estaba seca. No hacía frío y tampoco soplaba viento. Alzó los brazos en un bostezo y se encontró con una pequeña resistencia sobre su cabeza, como si estuviese metida dentro de una burbuja. Extrañada, palpó el aire a su alrededor y sintió que sus dedos atravesaban el límite y se chocaban con el frío intenso de la noche, lo que hizo que retirara su mano con velocidad.

De seguro su subconsciente había ideado una forma de protegerla. Al fin y al cabo, era una Diosa. Decidió seguir por la carretera rumbo a Soros, alejándose lo máximo posible de Sigma y de los recuerdos que allí dejaba.

Estaba famélica y sus entrañas no dejaban de recordárselo. A pesar de su don divino, no podía crear cosas, y mucho menos comida, de la nada, cosa que la dejaba frustrada. Deseó al menos encontrar algún árbol frutal o quizá hongos comestibles, pero el bosque que se alzaba a ambos lados de la carretera era frondoso, oscuro y espeso.

Continuó su caminata por un tiempo indeterminado hasta que vio luz a lo lejos que al acercarse vio que era una posada de aspecto mugroso y poco amigable, aunque Dana se abalanzó casi corriendo. Un desvencijado cartel chirriaba encima de la puerta con la inscripción POSADA DEL DIABLO, un nombre que le gritaba a sus instintos más profundos que se mantuviera alejada, mas el cansancio y el hambre pudieron más que el terror.

Abrió la destartalada puerta con una mano mientras que con la otra sujetaba la capucha tapando sus ojos y cabello. Todos los presentes (hombres con aspecto de lo más temible y sospechoso) dejaron lo que estaban haciendo para observarla. El aire estaba impregnado de tufo a hombre, sudor y otras cosas que no quería ni saber.

Dana maldijo por lo bajo. Muchos de ellos, para no decir todos, miraban sus piernas descubiertas a causa del vestido con lujuria y deseo. Algunos incluso parecían salivar. Jalando el borde del tapado en un intento fútil de ocultarlas, se acercó al mostrador observando fijo al hombre detrás de las barra. Era un tipo alto y grande que llevaba una toalla ennegrecida colgada al hombro y que sonreía mostrado un hueco en los dientes frontales.

Para cuando él hizo contacto visual con sus ojos negros como la oscuridad con los suyos, dejó de sonreír de inmediato.

Lo había logrado: lo estaba persuadiendo con su poder.

—Algo de comer, por favor, y una habitación —pidió, ejerciendo aún más su magia sobre él. El hombre asintió y con los ojos inexpresivos se giró hacia parrilla que estaba detrás de él, donde estaba asando todo tipo de carne, y le sirvió un poco de res y cerdo, lo cual acompañó con ensalada. Luego le entregó la llave de la habitación sin decir palabra.

La muchacha agradeció y se dirigió hacia las escaleras que estaban a un costado de la posada bajo las miradas silenciosas de todos los presentes. Toda actividad en el lugar se había detenido hasta que Dana desapareció por el rellano.

Después de un par de escalones, la muchacha se apuró a subir de dos en dos hasta la habitación cuatro, la cual indicaba la etiqueta de la llave que le habían entregado. Estaba al final del pasillo. La abrió con la mano temblorosa y se lanzó a su interior con el corazón retumbando en los oídos.

Con las manos temblorosas, trancó la puerta y se tiró en la cama maloliente a devorar su comida. Después de llenar el estómago hasta que le doliera, se echó en la cama sin tan siquiera quitarse la ropa y se quedó dormida.

* * *

Ozai observó a través de la cara superior del Cubo a Lambda dirigirse hacia donde él la esperaba impaciente por noticias del interrogatorio de Mey Sturluson. Se sentía completamente enojado porque aquella Diosa escurridiza parecía poder usar su magia incluso fuera, cosa que él no. De alguna forma, también era imposible de rastrear y con eso, la familia Sturluson también había desaparecido de la 'base de datos'. Una y otra vez había intentado hurgar en la vida de cada uno de los integrantes, pero toda la información sobre ellos desaparecía en el momento en que se encontraban con Dana.

En el caso del hijo mayor, lo último que se veía de él era corriendo con su caballo en la carretera. En el caso de la mujer, la veía cocinando una sopa. Y por último la niña se despertaba a desayunar al día siguiente.



Dayana Portela

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En el texto hay: dioses, romance, romance fantasia magia

Editado: 26.02.2018

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