La chica del Cubo

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IX. La estación de trenes

Era Ozai.

Llevaba unos pantalones de vestir impecables color violeta oscuro y una camisa blanca con una corbata morada con el nudo flojo para darle su toque personal. Tenía las mangas de la camisa perfectamente dobladas a la altura del codo.

Loy saltó de su silla como un resorte y trató de mirar al nuevo Dios con la mirada más neutra que lograba mostrar, pero no podía quitar la furia que centelleaba en sus ojos.

—Gracias, Lambda, yo me encargo a partir de ahora.

La Ancestra, a pesar de la sorpresa por su repentina aparición, asintió con un único cabeceo y se retiró con una casi imperceptible reverencia. Cerró la puerta detrás de sí y dejó a ambos muchachos frente a frente. Ozai era casi tan alto como Loy, cosa que trató de ignorar lanzándole una mirada de superioridad al joven Sturluson.

—Bueno, muchacho —comenzó sin rodeos el Dios, apoyando las manos en el respaldo de la silla que Lambda acababa de abandonar e inclinándose hacia Loy, quien no se movió ni un ápice—, ¿dónde está la fugitiva?

¿Ahora Dana había dejado de ser Diosa? ¿Era entonces fugitiva? ¿Así se refería a la muchacha que lo había considerado como un padre? Loy apretó los puños hasta que le quedaron los nudillos blancos.

—Ya he dicho que no lo sé —gruñó. Ozai, como si esperara esa respuesta, se incorporó y comenzó a caminar por la habitación.

—Bueno, verás que no me dejas muchas opciones. O me dices algo que me lleve hasta ella o tú y tu hermana tendrán que despedirse de la señora Sturluson hoy mismo para siempre.

«¡Hijo de puta!» Quiso partirle la cara en ese instante pero se contuvo, sintiendo cómo las uñas le rasgaban la piel de las palmas de las manos.

—No sé nada. Se fue, se largó sin decir nada en el momento que sentenciaste su muerte —replicó con los dientes apretados para no alzar la voz. Estaba controlando demasiado su furia que creyó que iba a estallar en cualquier momento. Su cabeza daba punzadas de dolor.

Ozai se detuvo para encararlo con una sonrisa malévola.

—Muy bien, señor Sturluson. De ahora en más será parte de nuestro ejército. El Teniente Greenwich le entregará su nuevo uniforme y parten mañana hacia Soros.

Loy lo miró con la boca abierta, incrédulo.

—¿Qué?

Antes de que el Dios pudiera responder, alguien golpeó la puerta anunciando su llegada y el mencionado Teniente entró sin miramientos. Ozai lo miró y le hizo un gesto con el mentón a la espera de explicaciones por tal interrupción.

—Se encontraron dos cuerpos, señor, en las afueras del pueblo, en una posada. Fueron asesinados brutalmente. Explotaron desde el interior hacia afuera. Sospechamos que sea obra de la fugitiva.

Ozai se puso tenso por un momento y esbozó una media sonrisa.

—Cambio de planes. Greenwich, llévate el muchacho, entrégale sus cosas y vayan a ver la situación. Ya sabe lo que tiene que hacer si encuentran a la fugitiva. —El Teniente asintió y Loy contempló al nuevo Dios con incredulidad. ¿Acaso lo estaba asignando para el grupo de captura de Dana? Ozai se giró hacia él, con la media sonrisa aún estampada en el rostro, y se acercó de manera amenazante—. La quiero muerta —susurró, y el joven Sturluson se contuvo para no estrellarle la cabeza contra la mesa.

—No, no lo haré.

—Oh, sí que lo harás. Tu madre está en el calabozo y tu hermana pasará dentro de unos días a la tutoría del Orfanato de Sigma. De mí depende si lo que les espera es bueno o malo. —Se dio media vuelta hacia la puerta—. Hasta luego —dijo como si nada y se retiró, alzando la mano en una sarcástica despedida.

Loy sintió que la sangre le llenaba la cabeza en una rabia contenida que ansiaba liberar de alguna forma. Pateó la mesa la cual se estrelló contra la pared haciéndose añicos y luego hizo lo mismo con ambas sillas. Se tiró del pelo y lanzó un grito.

Greenwich lo observaba inmóvil, con las manos anudadas a su espalda, serio. No emitió opinión pero tampoco tenía intenciones de detenerlo.

—Señor Sturluson —llamó al ver que el muchacho había terminado su arrebato—. Acompáñeme por aquí.

Loy lo miró, sus ojos aún destellaban.

—No iré a ninguna parte sin hablar con mi madre antes —exigió con decisión.



Dayana Portela

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En el texto hay: dioses, romance, romance fantasia magia

Editado: 26.02.2018

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