La chica del Cubo

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X. Enemigos rojos

Dana esperó a que se volviera a cerrar la compuerta para dejarse caer sentada y llorar. El desconocido se sentó a su lado, sin dejar de mirarla con interés, pero sin preocuparse con consolarla, cosa que la muchacha agradeció. Luego de unos minutos en que su cuerpo era sacudido por los sollozos, tragó el llanto y miró el techo.

«¿Por qué, Loy? Me lo prometiste...»

Estaba siendo hipócrita y lo sabía. No podía exigir nada de él ya que había sido ella quién lo había abandonado.

—¿Era tu novio? —indagó el joven y Dana se giró de forma brusca para mirarlo.

—¿Qué?

—Que si era tu novio.

Dana miró el suelo.

—No —contestó de mal talante. Flexionó las piernas y abrazó sus rodillas. Ver a Loy había dolido más de lo que creyó. Percibió la mirada atenta del desconocido sobre ella, como analizándola en silencio hasta que el tren se puso en marcha al fin.

—Nunca imaginé que fueras tan hermosa. El retrato no te hace justicia. —Fue lo que dijo el muchacho luego del silencio. Dana lo miró perpleja, con las mejillas teñidas y la boca abierta—. Ahora sí me entusiasma más la idea de unirme a los que te siguen —dijo entre risas por su expresión.

Dana sacudió la cabeza y frunció el ceño.

—¿Los que me siguen?

—Sí, ¿acaso no lo sabes? ¿Acaso vuestra divinidad no debería saberlo todo? —se burló el desconocido y la muchacha se levantó de un salto con los puños apretados. El muchacho se incorporó sin quitar esa expresión de burla del rostro—. Perdona, pero es que es algo obvio —dijo con sorna—. Eres una Diosa, ¿no?

—Lo sé, no necesito que me lo recuerdes —murmuró Dana ya harta. La falta de sueño y el hambre estaban afectando su humor. Sintió que se mareaba.

—Perdón —dijo él alzando las manos a modo de disculpa—. Yo no quería...

Se interrumpió al ver que la muchacha quedaba con los ojos en blanco y la sostuvo a tiempo antes de que cayera al suelo en un desmayo. La tomó en brazos y la colocó al fondo del vagón, recostada contra el piso. Le tocó la frente y la sintió ardiendo.

Mierda—murmuró, tomando su mochila para revolver su interior frenéticamente.

* * *

A Loy se le revolvían las tripas con sólo recordar aquel par de cuerpos asesinados de forma brutal. Se suponía que había sido Dana. Si se lo pensaba en frío, no existía ninguna otra opción, ¿qué otra persona o ser tendría el poder de hacer algo así? Aunque él no lograba concebir esa idea, ella era demasiado dulce y asustadiza... Al menos que tuviese una necesidad real de hacerlo. No conocía en persona a su faceta Diosa. La había odiado por tantos años que no lograba unir esas dos caras.

Obligado por Ozai, trataba de hacer lo que el Teniente le pedía y se mantenía al margen de la investigación.

Volvieron a Sigma al atardecer y Loy ya estaba ansioso por ver a su hermana. Desde la Central fue directo a la casa de Melen, la cual estaba en su habitual jaleo con todos los miembros de la familia caminando de un lado a otro -o corriendo, como era el caso de los más chicos-. Cuando llegó al living vio a Clay sentada en una esquina, apartada y sola, con la cabeza recostada en la pared y mirando al vacío. Cuando al fin vio a su hermano, saltó como un resorte y corrió hacia él, las lágrimas no demoraron en llegar a sus ojitos esmeralda.

—¡Quiero ir a casa! ¡Quiero ir a casa! —le pidió en llanto—. ¡Quiero ver a mamá!

—Tranquila —le dijo Loy acariciándole el pelo y alzándola en brazos—. Melen, ¿puedo llevarla al parque?

—Por supuesto, cariño, pero no se tarden que ya es de noche —accedió la mujer.

La noche era clara y fresca. Clay estaba envuelta en una bufanda prestada y caminaba dando saltos al lado de su hermano. Llegaron en unos pocos minutos y ella corrió para sentarse en una de las hamacas, Loy se sentó a su lado en la otra.

—¿Por qué no puedo ver a mamá? —preguntó la niña cabizbaja, mientras balanceaba los pies tristemente.

—Es... complicado...

—Pero quiero a mamá —Su labio inferior comenzó a temblar—. En la escuela nos dijeron que tenemos un nuevo Dios, que tenemos que servir para él, y yo dije que yo no quería, que quería a la antigua Diosa. Y la maestra me llevó con la directora. Me dijeron que no puedo decir eso —dijo en un sollozo. Alzó los ojos hacia su hermano—. Pero yo quiero a Dana... Quiero a mamá...



Dayana Portela

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En el texto hay: dioses, romance, romance fantasia magia

Editado: 26.02.2018

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