La chica del Cubo

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XI. El refugio

—Quisiera salir al menos una vez —dijo Dana en tono soñador, tenía apenas trece años y sólo observar la vida de sus habitantes le resultaba aburrido en exceso. Miró a Ozai a través de la pared del Cubo, la que le mostraba el clima, y el rostro del Ancestro se veía distorsionado. Había enojo en su expresión.

—Ya te lo he dicho, Dana, que no se te está permitido —respondió con la voz grave propia de la vejez. Leía en un pergamino alguna cosa que a Dana no le importaba, sentado sobre una alta silla de madera inclinado sobre el escritorio.

La Diosa cruzó de brazos y miró el techo, donde se veía a Lambda y a Júpiter jugando al ajedrez en una de los salones del Castillo. Oyó una vez más los murmullos a su espalda, los rezos, las plegarias, pero como siempre, lo ignoró. Había aprendido en poco tiempo a dar oídos sordos a los pedidos egocéntricos, vanidosos y codiciosos, y luego lo hizo con todos.

—Si quiero ayudar a mi gente primero debo estar junto a ellos.

Era una mentira. Lo único que quería era salir de allí, de dejar de jugar a la magia. Alzó una mano y la pasó por la pared del clima, provocando una leve brisa fresca en ese agobiante verano.

Ozai se quitó los anteojos redondos y la miró fijamente.

—Si quieres ser objetiva, no debes relacionarte con las personas. Conocerlas conlleva crear vínculos. Y los vínculos hacen que las decisiones que tomes sean subjetivas —dijo el Ancestro de forma tajante. Dana lo pensó. No podría nunca tener un vínculo—. ¿Acaso no has visto ya todo lo que un ser humano puede hacer o sufrir por un vínculo?

¿Por eso no tenía padres, hermanos...? ¿Porque era una Diosa, y una Diosa no podía tener sentimientos? Miró a Ozai, quien había vuelto a su lectura. En su interior, en lo más profundo, sabía que había creado vínculos hasta sin querer: los Ancestros eran como su familia. Su única familia...

* * *

"Por favor, mi Diosa Violeta, ¡oh, Dana! Pido por Loy y por Clay, que estén bien y protegidos. Y también pido por ti, que estés bien, que vuelvas pronto. Me tienes preocupada."

Esa fue la plegaria más dolorosa que había tenido que oír en toda su existencia. Nunca nadie había pedido por su bienestar, y eso hacía que doliera en lo más profundo de su corazón. Ozai había tenido toda la razón cuando aquella vez, siglos atrás, le había dicho que no podía crear vínculos. No era por la subjetividad, sino por el sufrimiento que podía causar.

Hubo un tiempo en que creía que su familia eran los Ancestros, pero no sabía cuán equivocada estaba hasta que conoció a los Sturluson. Mey era una madre ejemplar, que daba todo de sí para sus hijos, era amable y siempre estaba pendiente de que todos que la rodeaban estuviesen bien.

Incluso en ese momento podía considerarla como su propia madre, aunque nunca había tenido una.

Observó a su alrededor mientras acompañaba al desconocido por los suburbios de Soros. La ciudad era enorme, mucho más de lo que creyó. Cuando aún estaba despierta, no era más que un pequeño conjunto de no más de veinte casas y granjas. Hacia el centro podía ver algunos pocos edificios de unas cinco plantas como máximo, luego, a medida que se alejaban de la estación de trenes, las casas se volvían cada vez más lúgubres y decadentes. Había alguno que otro vagabundo merodeando en esa noche, pero nadie les prestaba atención en lo absoluto.

Dana había seguido a aquel muchacho sin encontrarle motivo aparente. Simplemente había sentido que podía confiar en él. La había ayudado, de cierta forma, en el vagón. O por lo menos no la había entregado al ejército cuando tuvo oportunidad. Ni la había ejecutado como habían sido las órdenes de Ozai.

—Entonces, preciosa —dijo él mientras doblaba una esquina y se encontraban, al parecer, seguros. Sentía como si ambos fueran fugitivos y esperaran el momento para poder conversar, lejos de cualquiera que pudiera atraparlos—. ¿Cómo te llamas? Porque supongo que tendrás un nombre y no te dicen por ahí "Diosa" a todo momento.

Dana sostuvo la capucha de su tapado por encima de sus ojos, mirando el suelo donde pisaba, ya que las veredas en aquella parte de la ciudad eran bastante descuidadas. Agradeció en silencio que aquel muchacho no le diera demasiada importancia al hecho de que ella era la Diosa de ese lugar, y por defecto, también su Diosa.

—Dana.

Él sonrió, con esa sonrisa de lado que mostraba sus dientes blancos, mirándola de soslayo con esos orbes color cielo.



Dayana Portela

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En el texto hay: dioses, romance, romance fantasia magia

Editado: 26.02.2018

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