La chica del Cubo

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XII. Nacimiento inesperado

El olor a un delicioso desayuno la despertó de inmediato. Dana abrió los ojos y se incorporó en la cama para ver a Dylan de pie al lado de su cama con intenciones de dejar una bandeja con comida en la destartalada mesa de luz tratando de ser lo más silencioso posible. La muchacha sonrió de alegría y se abalanzó sobre la comida gustosa y famélica. Él se quedó de pie observándola con incredulidad y admiración.

—Me alegro que le guste, su divinidad —dijo Dylan sonriendo. Dana se detuvo con una tostada con jalea a medio morder y lo miró por unos instantes. Él ya la había llamado así en la noche, pero volverlo a oír le molestaba aún más. Era de verdad incómodo ya que nadie se había referido a ella de esa forma.

—No me digas así, por favor —le pidió mientras bajaba los ojos y dejaba la tostada sobre la bandeja—. No lo merezco siquiera —se sinceró más para sí que para Dylan, quien la contempló extrañado.

—¿Por qué lo dice? —preguntó y la muchacha levantó los ojos hacia él, sorprendida. El hombre se llevó una mano al pecho y se inclinó levemente como disculpándose—. Perdone, no es de mi incumbencia.

Dana asintió.

—Llámame sólo Dana. —Dylan volvió a inclinarse—. Y por favor, deje de hacer reverencias... —El hombre sonrió en respuesta.

—Necesita ropa limpia. Le traeré de inmediato así podrá ducharse... —agregó y la muchacha bajó la cabeza para mirarse: su estado era de verdad lamentable. Aún continuaba con la ropa mugrienta, su tapado de paño estaba todo manchado de barro y sus botas estaban un poco rotas por andar en el bosque con ellas. Se tanteó el pelo y continuaba igual o peor que el día anterior, cuando se miró en el espejo del baño de la estación de trenes.

Dana le sonrió leve, aunque no fue más que una mueca, para agradecerle antes de que él saliera por la puerta para buscarle la ropa. Cuando ya se encontraba sola, se dirigió hacia la ventana y la abrió. Estaba en la primera planta del edificio, y en seguida desvió los ojos hacia el suelo del otro lado, calculando unos tres o cuatro metros de caída. Si necesitaba escapar, no sería difícil saltar por allí usando magia.

Dylan volvió con la muda de ropa y la muchacha la tomó volviendo a agradecer, siguiéndolo por el pasillo hasta llegar a los baños. Luego le indicó una puerta al lado de estos, donde estaba el lavadero.

Había un par de personas quienes la miraron atónitas para luego salir de su asombro e inclinarse en una profunda reverencia que dejó a Dana más incómoda aún. Entró al baño y se encerró susurrando un apenas audible "gracias" a Dylan sin darle tiempo a responderle.

Nunca una ducha había sido tan relajante como esa. Estuvo bajo el chorro hasta que perdió la noción del tiempo, dejando que el agua se llevara el cansancio y la tristeza. Cuando salió a vestirse, notó que Dylan le había entregado ropa exactamente de su talla, incluso la interior. Se vistió con una camisa blanca y una falda del mismo color que le llegaba hasta las rodillas, ambas prendas con delicados detalles bordados en color violeta. Los zapatos eran también blancos.

Hizo un ovillo con su ropa sucia y entró en el lavadero, lanzándola al interior de uno de los lavarropas vacíos y lo encendió sin problemas, ya que era igual al que tenía Mey en el rancho. Sintió un dolor en el pecho al recordar el hogar de los Sturluson y salió de allí rápidamente hacia su habitación, pero ya había alguien apoyado en el marco de la puerta con las manos en los bolsillos de su pantalón negro y expresión confiada: William.

—¿Qué haces aquí?

Ante el tono de voz de Dana, el rubio mostró esa típica expresión de burla.

—Ver como estabas, por supuesto —respondió sonriendo y pasándose una mano por el pelo.

Dana pasó por él a lo que el muchacho se hizo a un lado para dejarla entrar. Ella lo ignoró mientras abría la puerta con brusquedad, aún impresionada en cómo a William le encantaba sacarla de quicio. Con Loy era imposible enfadarse, más que nada era él el que se enojaba con ella.

Sacudió la cabeza intentando quitar a Loy de sus pensamientos.

—No entiendo por qué te enojaste conmigo ayer, no era mi culpa si las cosas están como están. Deberías culpar a Ozai que fue el que te traicionó y...

—¡Basta! —gritó Dana girándose hacia él—. No tienes ni idea de lo que estás hablando.

—¿Y no fue eso lo que pasó? —indagó él con interés.



Dayana Portela

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En el texto hay: dioses, romance, romance fantasia magia

Editado: 26.02.2018

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