La chica del Cubo

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XIII.Traicionados y traicioneros

—Dana, entrégame mi bebé.

La aludida salió de su sopor y miró a la madre de la niña, quien la observaba con los brazos estirados para recibir al bebé que pedía el pecho a llanto. La muchacha se la entregó con rapidez, sintiendo cómo aquella calidez y magia que había sentido al tenerla en sus brazos se desvanecía. La mujer estrechó a su hija contra su pecho mientras la contemplaba con asombro y llegaba a la misma conclusión de Dana: era la Diosa Roja. Esbozó una mueca en un intento de sonrisa y lágrimas cayeron por sus mejillas, cosa que la chica no sabía si eran de alegría o de algún otro sentimiento inexplicable para ella en ese momento.

—¿Por qué? —indagó Dana en un susurro aterrado, totalmente confundida—. ¿Ya no existe un Dios Rojo en el Territorio Rojo? ¿Entonces por qué nació otra Diosa? —Su voz se intensificó a medida que iba intentando entender la situación, pero le era imposible. Un terror le invadió con sólo pensar en cómo ella misma había nacido.

La mujer la miró con los ojos vidriosos del llanto. No podía hablar, estaba tan atónita como ella. La anciana, al ver la situación, se acercó a Dana y, dando una leve reverencia para llamarle la atención, le miró seria.

—Ella debe descansar. Podrá venir a verla cuando esté recuperada.

Dana asintió al darse cuenta que la mujer acababa de dar a luz y lo único que debería querer en ese momento era reposar, así que se levantó observando el rostro fatigado y perlado en sudor de la desconocida. Entonces recordó que nunca llegó a preguntarle su nombre, así que no dudó en hacerlo.

—Soy Lia Byriam —le respondió con una sonrisa sin emoción—. Ven en la tarde, así podré responder a tus preguntas y tú a las mías.

Dana volvió a asentir en conformidad y se giró hacia las demás mujeres que estaban presentes.

—Por favor, no mencionen lo de la niña. Por el momento será secreto —dijo tratando que de su voz no flaqueara, consiguiéndolo a medias. Todas asintieron en acuerdo, e hicieron con una reverencia para rematar. Satisfecha, Dana salió, encontrándose con varias personas del refugio que estaban esperando por noticias. Tomó aire trémulamente—. Es una niña sana y fuerte —dijo, repitiendo las palabras de la partera. Hubo varios vítores y sonrisas, y la muchacha aprovechó para escabullirse.

¿Cómo era posible que hubiera dos Dioses Rojos a la vez? ¿Y por qué había nacido de aquella mujer...? ¿Sería porque ella era del Territorio Rojo? Recordaba con claridad a Júpiter pidiéndole perdón porque había dejado escapar la información en el Territorio enemigo, mencionando que nunca creyó que ella lo traicionaría. ¿Hablaba de ella?

Apartó ese pensamiento de la cabeza. No lo sabría hasta que le preguntara a Lia, mashabía algo que no dejaba de rondar por su mente. ¿Los Ancestros tenían hijos Dioses? Se quedó tiesa en el medio del pasillo. ¿Acaso Lambda era su madre? ¿O quizá Ozai su padre...? Se le revolvió el estómago con sólo pensar que el muchacho de ojos fríos que había ordenado cazarla y ejecutarla podría ser su progenitor. Sintió que los ácidos subían por su garganta y que los ojos le escocían por las lágrimas que amenazaban desbordar.

En el pasado, esa noticia la hubiese dejado feliz, sin embargo en ese momento era como una estocada al pecho.

Con un temblor recorriéndole todo el cuerpo, se echó a correr con la mirada nublada hasta que se topó de lleno con alguien. Alzó los ojos sin poder evitar las lágrimas que ya corrían desenfrenadas por sus mejillas.

—Mi Diosa, ¿qué...? —comenzó a decir Dylan pero Dana se abalanzó para rodearlo con sus brazos y hundir su rostro lloroso en su pecho.

Inmóvil, el hombre se limitó a acariciarle el pelo. Cuando pareció tranquilizarse un poco, Dylan la llevó con cariño hasta su dormitorio, donde Dana, soltando un suspiro, se dejó caer sentada sobre la cama.

—Gracias por todo, Dylan, de verdad. —El hombre le dedicó una media sonrisa que no le llegó a los ojos. A Dana no le pasó desapercibido—. ¿Qué pasa?

Él se limitó a tomar aire, mirando hacia el techo como si quisiera ver más allá.

—A veces me recuerdas a mi hija. Tenía como tu edad cuando la perdí. De eso hace ya unos cinco años...

Dana bajó los ojos volviendo a sentir ese dolor en el corazón que ya se estaba haciendo cada vez más familiar. ¿Es que esa guerra había sido tan devastadora y ella nunca siquiera se percató? ¿Qué había estado haciendo en ese entonces? ¿Durmiendo como un oso? ¿Hibernando? Había muerto tanta gente, había herido tantos corazones... Y sólo en ese momento, luego de tantos años el suyo estaba resquebrajando en consecuencia.



Dayana Portela

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En el texto hay: dioses, romance, romance fantasia magia

Editado: 26.02.2018

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