La chica del Cubo

Tamaño de fuente: - +

XIV. Bajo ataque (parte 1)

Aunque la fiesta era para conmemorar el nacimiento de Violett, nadie realmente esperaba que la niña fuera a asistir en realidad. Todos sabían que era demasiado pequeña para esas celebraciones, y lo que más importaba era olvidar por al menos un momento lo que estaba ocurriendo en el exterior.

Ya era noche cuando Dana se sentó en una mesa alejada del bullicio. Había accedido al pedido de Dylan de que al menos se diera una vuelta para que los demás vieran que ella también se podía integrar, aunque todos se mantenían a una distancia respetuosa. Ella lo agradeció en silencio, limitándose solo a observar cómo las personas reían, conversaban y bailaban.

En ese momento la música sonaba fuerte desde los altavoces que estaban en la pared opuesta a Dana, era una canción que le recordaba el pub de Sigma El conejo llameante. Oírla otra vez la dejaba un poco melancólica, ya que su mente no le dejaba de recordarle que lo había dejado abandonado, a él y a su familia. Vio a un par de niños de la edad de Clay corriendo mientras jugaban. Sonrió nostálgica, preguntándose cómo estaría la niña, y los contempló hasta que desaparecieron por el umbral de la entrada, por donde venía llegando William.

El rubio al verla esbozó una sonrisa amplia y sincera que Dana percibió incluso en la distancia. Lo observó mientras se acercaba, y a pesar de lo que mostraba su expresión, sus ojos tenían un dejo de tristeza rara en él.

—Hola, preciosa —saludó al llegar hasta ella. Se sentó en el asiento vacío a su lado y se inclinó sobre la mesa para tomar un bocadillo.

—Ya te he dicho que no me llames así —replicó ella, pero no había enojo en su voz. Estaba más concentrada en estudiarlo, ya que le parecía extraño la actitud tan relajada luego de su arrebato sinsentido al ver a Lia y a Violett.

—Como gustes, mi Diosa. ¿No bailas?

Le volvió a sonreír mientras lanzaba el bocadillo al interior de su boca. Dana sólo hizo una mueca.

—Sería de lo más extraño si tu Diosa bailara y festejara como si nada estuviese ocurriendo afuera —murmuró, y aunque en parte fuese cierto, ese no era el principal motivo. William la miró fijamente y sus ojos brillaron de malicia.

—¿No sabes bailar, es eso? —largó, y su voz estaba cargada de burla.

Dana sintió que sus mejillas quemaban. ¿Cómo era posible que él siempre terminara adivinando sus pensamientos? El rubio soltó una carcajada mientras echaba la cabeza hacia atrás y ella se moría de la vergüenza. Había estado siglos en el Cubo, la mayoría del tiempo durmiendo, nunca en su vida se le había ocurrido siquiera bailar.

William se levantó aun riendo y le tomó ambas manos para jalarla de la silla.

—Vamos, no quiero que pierdas esta fiesta sentada ahí. Tienes a todo un galán a tu disposición para enseñarte.

—¡No, William! —se escandalizó mientras miraba a su alrededor abochornada, pero nadie se fijaba en ellos, inmersos en su propia diversión.

El muchacho no tenía intenciones de dejar pasar esa oportunidad, así que aprovechó su altura y fuerza para tomarla por la cintura con ambos brazos para alzarla y girarla en el aire. La depositó en el suelo mientras ella lanzaba un gritito y la llevó hasta un lugar donde había pocas personas.

—Eres un tonto —murmuró ella mientras se mordía el labio para contener una sonrisa y William, satisfecho, se colocó frente a ella con su típica pose presuntuosa. Se relamió los labios mientras contemplaba a la muchacha y con una mano le indicó que tomara la suya y con la otra que la posara sobre su cintura, haciendo él lo mismo.

—Son dos pasos para un lado y dos para el otro. No es difícil, sólo trata de no pisarme —rio él mientras la miraba a los ojos. Dana apretó los labios ante aquella mirada celeste más que penetrante—. ¿Lista?

La chica asintió y trató de seguirle el ritmo, pero se perdía con mucha facilidad, ya que siempre iba hacia el lado opuesto que él tomaba. Minutos después estaban riendo y dando giros por todo la estancia al compás de la música. William la hizo girar sobre sí y Dana, ya mareada de tanto ajetreo, tropezó sobre sus propios pies y cayó sobre el rubio, quien la sostuvo con fuerza sin dejar de reír.

—Estás hecha para bailar, mi Diosa —dijo él en tono burlón. Dana, con la respiración agitada, se apartó levemente, mas la música alegre dio lugar a una más lenta y las parejas cercanas comenzaron a bailar más acaramelados. William sonrió y no desaprovechó el momento, colocando los brazos de Dana alrededor de su cuello y las suyas en la cintura de la muchacha.



Dayana Portela

#6441 en Fantasía
#1396 en Magia

En el texto hay: dioses, romance, romance fantasia magia

Editado: 26.02.2018

Añadir a la biblioteca


Reportar