La chica del Cubo

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XVI. Tercera y última huida

Dana se echó la capucha de su tapado de paño por la cabeza y corrió detrás de William sin atreverse a soltarle la mano. Los gritos de los soldados violeta y de algún que otro rojo retumbaban a sus espaldas y miró hacia atrás para ver cómo la tormenta que había provocado se arremolinaba sobre sus persecutores. El rubio la condujo velozmente a través de unas calles vacías y desoladas hasta que ella pudo divisar una estación de trenes. Era mucho más grande que la de Sigma y estaba atestada de gente que quería abandonar la ciudad a prisas por causa del revuelo de la batalla. La mayoría de las personas parecía desesperada y apabullada, corriendo de un lado a otro y precipitándose al interior de los vagones. Varios eran sacados de allí a la fuerza porque no tenían los papeles necesarios para salir del Territorio.

Se acercaron en el momento que el tren pitaba anunciando su pronta partida.

«Dana.»

La muchacha se giró hacia William, pero él miraba al frente, deteniéndose cerca de los baños. Allí estaba Dylan, esperándolos junto a Lia y Violett.

—Mi señora Dana, ten. —El hombre, así que la vio, le extendió una credencial. Había urgencia en su tono de voz y movía las manos con nerviosismo.

Dana tomó lo que le entregaba Dylan y lo observó. Había un retrato suyo en la esquina superior izquierda tan fielmente dibujado que parecía real si no fuese porque allí su cabello lucía castaño oscuro y sus ojos azules. Notó entonces que ese dibujo estaba pegado sobre otro, y pasó la uña para despegarlo un poco.

Debajo, había un retrato de una muchacha de unos quince o dieciséis años, de tez morena y con el cabello rebelde recogido en una trenza que le caía sobre el hombro izquierdo. Su nombre figuraba al lado del retrato: Rosse Vicham. Dana alzó una mirada interrogativa hacia William y luego hacia Dylan y vio en él los mismos ojos y la misma nariz de la chica de la credencial.

—¿Qué...? —comenzó, pero el hombre ya le estaba entregando una igual a William, la cual tenía un retrato del rubio, aunque en el nombre figuraba Dylan Vicham. —¿Dónde conseguiste los retratos? —atinó a preguntar.

—Por si acaso, le pedí a Dylan que los hiciera. Estuve en lo cierto, como siempre —le sonrió William mientras le guiñaba un ojo a su amigo.

Dana abrió la boca con asombro.

—¿Tú los hiciste?

Las mejillas morenas de Dylan se sonrojaron levemente. William no le dio tiempo a responder y, ante el último pitido del tren, se apresuró a tomar a Dana de la mano y jalarla hacia el vagón, siguiendo a Lia que ya había pasado porque aún conservaba su credencial.

El rubio entregó la suya al guardia, el cual, con una mano temblorosa, se limitó a pasarla por una máquina que pendía de su cuello y extendió la mano para recibir la de Dana. La muchacha, sintiendo un nudo en el estómago, se la entregó, echando una última mirada hacia Dylan.

—¿Él no viene? —preguntó, alarmada. William no respondió, limitándose a llevarla por el pasillo del tren siguiendo a Lia.

—Si no fuera por él no estaríamos aquí. —Fue lo único que dijo a modo de respuesta.

Dana lamentó no haber podido despedirse de Dylan de forma adecuada, y levantó una vez más su retrato para observar a Rosse.

«Dana...»

La aludida se sobresaltó y miró hacia todos lados, pero nadie estaba viéndola o prestándole siquiera atención. Sacudió la cabeza pensando que los nervios le estaban jugando una mala pasada y tiró de la capucha para ocultar sus ojos.

Lia se ubicó en un asiento contra la ventana y colocó a Violett sobre su regazo. William y Dana ocuparon los asientos frente a ella.

—¿Hacia dónde vamos? —indagó Dana mientras sentía una sacudida que indicaba que el tren se ponía en marcha.

William esbozó una media sonrisa, tan típica de él que Dana ya había comenzado a extrañar.

—Al Territorio Verde.

—¿Estaremos mejor allí? —preguntó Lia. Su voz estaba tomada por la fatiga.

Dana se quedó mirando al rubio aún sin creérselo. ¿Se iba a ir de su Territorio? ¿Qué pasaría de ahora en más? ¿Qué diría el Dios Verde? Pensando en esa última pregunta tuvo un rayo de esperanza. Podría hablar con él y quizá conseguir ayuda, apoyo, y lo más importante: explicaciones. Qué implicaba ser un Dios, por qué había nacido Violett, como Ozai pudo convertirse en uno...



Dayana Portela

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En el texto hay: dioses, romance, romance fantasia magia

Editado: 26.02.2018

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